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Personajes

El maravilloso mundo de Francisco Brennand

Uno de los atractivos turísticos más relevantes de la ciudad de Recife es la Oficina de Cerámica Francisco Brennand: un complejo monumental de quince kilómetros cuadrados, creado por el mayor ceramista de Brasil, donde se exhiben más de 2.000 piezas de su autoría, entre bustos, monumentos y esculturas.

Texto y fotos: Winnie T. Sittón

Luego de varios días de intensa lluvia en la ciudad de Recife, aquella mañana amaneció soleada. El guía decidió que lo mejor era salir cuanto antes del hotel y aprovechar la dicha del buen clima para visitar la Oficina de Cerámica Francisco Brennand. Aquel era mi primer día de visita en el estado de Pernambuco, en la región nordeste de Brasil. Acababa de aterrizar hacía apenas unas horas en la madrugada, me sentía aún algo aturdido por el viaje y, honestamente, no entendía muy bien qué era lo que me proponían ir a conocer; pero acepté la idea del conductor, dejándome llevar por su promesa de que nos dirigíamos hacía uno de los sitios turísticos más importantes de la capital.

Viajamos unos cuarenta minutos en carro, sorteando el pesado tráfico de la metrópoli que recién despertaba. Así llegamos al barrio de Várzea: una zona muy arborizada y fértil, donde se establecieron los primeros ingenios bajo el dominio de los colonos portugueses, hace cuatrocientos años. Bajamos del auto, pasamos por la boletería y flanqueamos la puerta de acceso. Cuando entré, tuve la impresión de que me habían llevado a una suerte de santuario o monasterio, motivado quizá por la tranquilidad que se sentía en el lugar y el verdor de la naturaleza que dominaba el entorno. Pero apenas avancé unos cuantos pasos y descubrí las primeras esculturas del camino, tan particulares como exóticas, supe que no se trataba de un templo religioso; aunque, sin duda alguna, me encontraba en un lugar místico y digno de veneración.

Oficina de Cerámica Francisco Brennand 

Al poco tiempo me interceptó una joven dama que dominaba el idioma español y el inglés; y se encargaría de guiarme en el recorrido, ante mi total desconocimiento del portugués. Gracias a ella comprendí finalmente que me encontraba en el recinto sagrado del pintor y escultor Francisco Brennand: uno de los artistas plásticos más importantes de Pernambuco, considerado el mayor ceramista de Brasil. Oriundo de Recife, nació el 11 de junio de 1927 en las vastas tierras del antiguo y famoso Ingenio São João, donde hoy se encuentra este complejo monumental de quince kilómetros cuadrados de extensión.

El sitio fue una antigua fábrica de tejas fundada en 1917 por su padre, don Ricardo de Almeida Brennand, donde Francisco se inició en el arte de la cerámica a los quince años de edad, de la mano del renombrado escultor Abelardo da Hora. A partir de ese momento, comenzó su educación artística con los maestros más destacados de la escena pernambucana, como los pintores Álvaro Amorim y Murillo La Greca. Su temprano andar por la senda del arte dio muy pronto sus buenos frutos, pues a los veinte años recibió su primer premio de pintura, otorgado por el Salón de Arte del Museo del Estado de Pernambuco, con la obra Segunda visión de la Tierra, un paisaje inspirado en las tierras del Ingenio São João.

A medida que avanzábamos por el jardín central hacia la parte interior del lugar, mi cicerone me fue adentrando en la vida de Francisco Brennand. Me contó que el artista emigró a Europa siendo muy joven aún, motivado por los consejos de su amigo, el pintor pernambucano Cícero Dias, quien por entonces vivía en París. Gravitó durante algunos años por Francia y España, estudiando con importantes pintores.

Luego se mudó a Italia para profundizar en las técnicas de la cerámica, tomando un curso en la provincia de Perugia e iniciando así su experiencia con esmalte cerámico y quema en temperaturas variadas. Y así, gracias a este periplo europeo, volvió a su natal Recife más preparado y con una nueva visión del arte y el mundo, para consagrarse durante los años 50 y 60 como el gran artista de talla mundial que hoy es.

La Oficina de Cerámica Francisco Brennand fue inaugurada en 1971. La antigua fábrica que allí funcionaba cerró sus puertas en 1945 y el terreno estuvo abandonado por más de dos décadas. Hasta que Brennand decidió restaurar el sitio y convertirlo en este enorme espacio de exhibición de su trabajo, con más de 2.000 piezas hechas de cerámica, además de las esculturas y los monumentos que se exhiben a cielo abierto.

Las obras que componen la muestra son un reflejo del mundo interior de Francisco Brennand y sus inquietudes artísticas frente a los grandes temas de la humanidad: la creación del Universo, el origen de la vida, el amor, el sexo y la reproducción, la muerte y la eternidad.

También está presente en sus piezas la intermediación de la fe en lo divino, para resolver los enigmas de la existencia, como bien se puede constatar en los monumentos, esculturas y fuentes de agua que componen el Templo Central, exhibición al aire libre ubicada a un costado de la galería principal. Muchos de sus bustos muestran su fascinación por los personajes de la mitología griega y romana, y su influencia en los seres humanos.

Este centro cultural cuenta con diversos espacios de exhibición, además de un anfiteatro y una sala de eventos.

También se pueden recorrer los hermosos jardines, diseñados por el afamado Roberto Burle Marx (1909-1994), uno de los arquitectos paisajistas más importantes de Brasil. Además, Brennand también instaló allí su taller de trabajo. Obviamente, el público visitante no tiene acceso a esa área, pero a veces es posible encontrarse al gran maestro de 91 años dando un paseo entre los jardines, cuando no está trabajando y se encuentra de buen ánimo para saludar a la gente.

Y puedo dar fe de que es así, pues poco antes de que terminara mi recorrido, el escultor apareció para compartir brevemente con los que allí nos encontrábamos esa mañana. Aunque fue un encuentro fugaz, resultó muy significativo conocer en persona a uno de los grandes artistas brasileños, justo después de repasar los aspectos más relevantes de su vida y obra. Nada más y nada menos que en su propio templo.