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Destino Brasil

El dulce sacrificio de descubrir Pelourinho

Panorama de las Américas le propone un recorrido por sus calles flanqueadas de casas, templos y palacios aristocráticos, en una celebración de los sentidos tan intensa, que querrá quedarse para siempre.

Por: Gaspar Victoria
Fotos: Javier Pinzón

 

Caminar por el barrio de Pelourinho, en la ciudad brasileña de Salvador, es muy difícil. Te retiene la brisa, que pretende abrazarte cada vez que te paras bajo la sombra de una fachada o un árbol; te encanta la voz de sus habitantes, que pareciera una canción llena de requiebros; el ritmo del birimbao quisiera sujetarte y moverte de las caderas, en sensual condena, por el resto de tus días; el color de sus fachadas te asalta y deslumbra, el aroma que sale de sus cocinas te aferra por la nariz y te quiere llevar de la barbilla hasta las viandas de las que emana. Sí, es muy difícil caminar por las calles de Pelourinho, pero hace años que mi trabajo me impone semejantes retos, así que estoy acostumbrado a sacrificarme.

Mi “viacrucis” comienza desde el sitio mismo en el que me hospedo: el Hotel Fera Palace. Construido en la década de los 30 y restaurado hace poco, te evoca al glamour del art déco, actualizado por supuesto. Me tomo un coctel mientras espero al resto de mi grupo y admiro su lobby. Quisiera mimetizarme con el ambiente, buscarme un sombrero panamá y vestir un terno de pana clara, no vaya ser que me tope con el fantasma de Orson Welles, Pablo Neruda, Carmen Miranda o algún otro de los huéspedes ilustres que se alojaron aquí.

Ya afuera, nos encaminamos por la calle Chile, antaño la vía comercial más elegante de la ciudad, que comunicaba su centro histórico con los sectores comerciales más cercanos al puerto. La Chile hace un recodo para desembocar en la Praça de Sé y de ahí se avanza un par de cuadras hasta el Largo Terreiro de Jesús. Incluso antes de doblar la última esquina y salir a este gran espacio, se siente la hipnotizante cadencia del birimbao que acompaña a un grupo practicante de la capoeira. Suave al principio, la danza va subiendo de intensidad hasta que los cuerpos se enlazan en una discusión de gestos borrosos, al ritmo del pandeiro, el caxixi y el reco-reco, entre otros instrumentos de percusión.

El rápido devenir de torsos y piernas de la capoeira puede retenerte por un tiempo, pero tarde o temprano alzas la vista, giras la cabeza y te vas encontrando con los edificios públicos y religiosos que caracterizan al que fue el centro neurálgico de la población durante buena parte de su esplendor colonial y más allá. Al noroeste se yergue la Catedral Basílica de Salvador, levantada en 1933 sobre los restos de un templo jesuita. Sobre cada una de sus tres puertas preside uno de los santos titulares de dicha orden religiosa: San Ignacio de Loyola, San Francisco Javier y San Francisco de Borja.

A la iglesia y al convento de San Francisco en Orden Tercera, al sur de la plaza, se llega tras atravesar una extensión llena de cafés, hotelitos y tiendas artesanales, donde los turistas deambulan y los lugareños juegan dominó o se sientan en los quicios a conversar y ver pasar el tiempo. La sobriedad de San Francisco es un espejismo, pues no hago más que atravesar las puertas de su sacristía para encontrarme con una abigarrada saga sobre madera y témpera, que cuenta los sueños proféticos de San Francisco en combinación con escenas bíblicas. Ya en el templo, sigo los caracoleos del oro mientras sube por paredes y techos, en un testimonio clásico del barroco portugués. Se dice que si se raspara todo el pan de oro que recubre las tallas se obtendrían 900 kilos del preciado metal.

Otros edificios importantes en el Terreiro son las iglesias de São Pedro dos Clérigos y São Domingos de Gusmão, así como la antigua Escuela de Medicina, donde funciona el Museo Afrobrasileño, que exhibe una rica colección de arte, vestuario, máscaras rituales, instrumentos musicales y objetos cerámicos. Naturalmente, la impronta afrodescendiente es pilar fundamental de la historia y el patrimonio cultural de Salvador.

Tanto es así que, desde hace décadas, el Terreiro cedió preminencia a otro espacio público que fue escenario de escarnio y terror para quienes fueron traídos de África, pero que hoy es casi un epicentro cultural de la ciudad. Se trata de la ladera del Pelourinho, unos trescientos metros al noreste, siguiendo la calle Alfredo Brito. Pelourinho en portugués significa “picota”: un tronco grueso al que se clavaban anillas para encadenar a los esclavos. Sospecho que ubicarlo en una ladera tenía fines de intimidación: los hombres y mujeres eran torturados, muchos hasta la muerte, en un espacio alto que podía ser visto por la concurrencia.

Afortunadamente ya no alzaremos la vista para encontrarnos con tan macabro espectáculo, sino con las fachadas de la Fundación Jorge Amado y el Museo da Cidade, instituciones dedicadas al enaltecimiento humanista; la primera preservando el legado del escritor bahiano, así como estimulando el quehacer literario del estado; mientras la segunda guarda un acervo cultural que muestra el perfil de la urbe, incluyendo su historia, religiosidad, cocina y arte, entre otros elementos culturales. Pero estos no son los únicos centros culturales de los que presume el noble barrio de Pelourinho. Cerca de la ladera siempre es posible escuchar los tambores y cantos que salen del recinto donde practica el Ballet Folclórico de Bahía y entre las calles aledañas se pueden encontrar los museos Eugenio Teixeira Leal, Tempostal, Abelardo Rodrigues, del Objeto Imaginario y de la Gastronomía Bahiana. A este último nos acercamos para conocer un poco sobre los ingredientes que hacen de Salvador un destino gastronómico.

 

La cocina nordestina en general y la bahiana, en particular, es tan vasta, compleja, sofisticada y rica, que se ha impuesto como elemento de identidad culinaria al resto del Brasil. En el museo descubrimos alimentos como el aceite de dendé (palma), la fariña (a base de mandioca), indispensables en platillos como la moqueca, la tapioca y el indispensable acarajé. Complementamos la visita con una parada para almorzar en el Restaurante Escuela Senac de Pelourinho, distante pocos metros. Como estoy de paso y quiero llevarme la mayor cantidad de experiencias gustativas sin que se me revienten los botones de la camisa, convierto mi plato en una paleta de pintor en la que pongo una porción pequeña de cada manjar posible.

Luego del opíparo almuerzo y de una sabrosa sobremesa, aderezada por el delicioso y aromático café de la zona, nos levantamos para acometer la última fase de la jornada: caminar hasta el Largo do Santo Antônio Além do Carmo. Usualmente, los turistas hacen este camino en ómnibus, pero la pecaminosa ingesta calórica que nos acabamos de dar nos pesa en la conciencia (y en la barriga) y nos imponemos la “penitencia” de caminar el poco más de kilómetro y medio que separa ambos espacios.

La romería la hacemos a lo largo de la Ladera do Carmo y la Rua Direita de Santo Antônio, a nuestro ritmo, gozando de fachadas de vivo color y deteniéndonos ante las estructuras más importantes: la Igreja do Santíssimo Sacramento, por ejemplo, y la Igreja do Carmo, que da nombre a este barrio.

Junto a la última se halla el Convento do Carmo, que ahora es uno de los hoteles más exclusivos de Bahía. La caminata nos aleja también del bullicio del Pelourinho y del Terreiro, más frecuentados por el turismo, y nos deja entrever, tras puertas y contraventanas entornadas, cómo transcurre la cotidianidad de sus habitantes.

Cuando arribamos a Santo Antônio Além do Carmo (“más allá del Carmen”, en español), la modorra que nos acosaba tras el almuerzo se ha disipado por completo. Este barrio, alejado durante muchos años del estrellato turístico del centro de Pelourinho, acoge talleres de artistas y artesanos. En su plaza se levanta la parroquia de Santo Antônio, una de las más antiguas de la ciudad, cuyo diseño acusa estilos arquitectónicos que van desde el barroco hasta el neoclásico. A su lado la Fortaleza do Santo Antônio marca el límite norteño del distrito histórico.

Durante la segunda invasión holandesa, en 1638, la fortaleza fue uno de los principales focos de resistencia de la población. Actualmente es conocida como Fortaleza de Capoeira, pues diversas escuelas de esta danza marcial ubican aquí sus sedes de práctica desde la década de 1980.

La tarde avanza y nos encaminamos a la última parada de nuestra peregrinación; mejor dicho, la penúltima: el Monumento a Tomé de Souza, fundador de la ciudad y primer gobernador del Brasil. Un paneo a la plaza produce una sensación de poder público y evolución histórica, al mismo tiempo, pues agrupa a su alrededor la Cámara Municipal de Salvador, levantada muy poco después de fundada la ciudad, en 1549; el Palacio de Rio Branco, que alberga al gobernador federal de Bahía y que fue reformado en 1859, siguiendo un estilo republicano; la Prefectura de Salvador, construida en 1973, con estilo modernista por João da Gama Filgueiras Lima, arquitecto que se inició en el proyecto de construcción de Brasilia.

Solo nos falta nombrar el Ascensor Lacerda, cuya versión actual data de 1930, que comunica la parte alta de la ciudad con el puerto. No se asuste si siente que baja demasiado rápido: está diseñado para ello y tiene que ser así, pues presta servicio diariamente a miles de soteropolitanos (sí, ese es el gentilicio de quienes nacieron en Salvador). Si se asusta lo olvidará pronto, pues el final de la jornada lo espera en el Mercado Modelo. Aunque no es parte de la zona colonial propiamente dicha, sí es histórico, pues existe desde 1912 y aloja ventas de artesanías y algunos restaurantes en la segunda planta. Es aquí, bajo las sombrillas de la terraza y con unas buenas cervezas frente a nosotros, acomodados para esperar el atardecer, donde Pelourinho me impone su última y más difícil prueba: ya no me quiero ir.

 


Cómo llegar

Desde Norte, Centro y Suramérica, al igual que el Caribe, Copa Airlines ofrece dos vuelos semanales a Salvador de Bahía (Brasil) a través del Hub de las Américas, en Ciudad de Panamá. El vuelo de ida (474) sale martes y viernes a las 3:15 p.m. desde Panamá, arribando a Salvador a las 00:30 a.m. del día siguiente. El vuelo de regreso (475) parte de Salvador a la 1:30 a.m. los miércoles y sábados, para aterrizar en Panamá a las 6:50 a.m. Más información en www.copaair.com