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Cuento

El contador de nubes

Por  Dorelia Barahona Riera
Ilustraciones  Henry González 
Selección y compilación: Carolina Fonseca

Cuando su papá lo vio tirado en el suelo con un brazo en alto y el dedo índice rígido, señalando al cielo, no le quedó más remedio que reconocer que el hijo, al igual que su tío abuelo, sería un contador de nubes.

Resignado, reconoció en silencio que, a pesar de haber tratado de educarlo en lo que consideraba eran los tres pilares fundamentales para que el éxito lo acompañara siempre, que se recitaban en el siguiente orden: excelencia en las matemáticas, perfección en la escritura y negociación óptima entre los humanos, el hijo, sencillamente, solo obedecía a misteriosos mandatos genéticos que lo tiraban contra el suelo a cualquier hora del día con la única misión de ordenar la cúpula celeste y contar todas las nubes que aparecieran en ese momento en el cielo y que, por supuesto, eran muchas, muchísimas las que cabían en aquel cielo inmenso de la pampa, despejado como un gran mantel para bautizo, sin arboledas ni cerros que interrumpieran la posibilidad de contar por horas, de panza al universo, las nubes que bailaban entre cúmulos gaseosos y chorros propulsores de lluvia en la lejana meseta.

El padre no podía entender qué mal había hecho y por qué razón su hijo no daba una en las matemáticas, ni le gustaba leer y mucho menos escribir y ni qué decir de las negociaciones con los humanos, ya que en ese campo más bien estaba a un paso de convertirse en autista.

A pesar de sus 17 años, de las invitaciones y los campamentos juveniles —ya llevaba dos en el exterior—, la vida social del hijo se limitaba a cortos diálogos con sus padres y unas cuantas órdenes y gestos cariñosos dados a los tres perros cazadores que había criado con la intención, más que de cazar, de que lo acompañaran a estar igual que él, patas arriba, echados con la lengua de fuera, esperando que su amado amo dejara de jugar con el brazo en alto y la mirada perdida en el límpido cielo de la inmensa llanura, cielo reflejado a pedazos en el agua mansa del río Bebedero conforme se acercaba al golfo de Nicoya, adonde liberaba su contenido incluidas las nubes que portaba en su espejo luminoso.

Al igual que Julio, el tío abuelo, quien fuera famoso sabanero, cazador insigne de venado en la zona cercana a Aranjuez, la primera villa de Costa Rica construida entre Villa Bruselas y el cacicazgo de Chomes, el muchacho terminaría contando nubes en algún aparato ganadero de la hacienda, antigua curtiembre desde la colonia, donde no había más ruido que el viento entre las ramas del malinche y más gente que lo que tenga de gente el toro, separado de la novillada.

Pero la mujer le había dicho y ahora ya no tenía dudas. El hijo estaba pagando los pecados de su juventud, cuando dejó la hacienda y huyó para Hojancha con aquella cubana hija de un hijo ilegítimo que dejara Martí en su destierro de Esparza y que luego abandonó preñada y a su suerte, después de cortarla en la cara varias veces, ebrio y celoso como el mismo demonio.

La mano, la que fuera del demonio por un instante y no suya, no se la llegó a cortar porque no lo dejaron. Aunque perdió tres dedos, al padre, en el pecho nunca se le había cerrado esa herida. Y por más que tratara en adelante de cumplir con todos los pilares de una buena vida cristiana, el veneno de la boca y los ojos de la cubana más de una noche de luna perlada sobre su porción de llanura, le hacían cerrar los puños con furia y en vez de guaro, peinar las cuerdas de la guitarra como si llorara.

—Con el padre que tiene vaya a saber qué haría el hijo si no estuviera contando nubes —le dijo la mujer—, y seguro que tenía razón. Así que decidió dejar de insistir en que el hijo fuera otro, como un gran abogado, un responsable farmacéutico o emprendedor agrónomo.

Si quería arrear el ganado, cuidar de los caballos después de la jornada y luego tirarse de panza con sus perros a contar nubes, pues que lo hiciera, tal vez algún día en la mente del hijo sucederían libremente cambios.

El río se desbordó y anegó la llanura. Hubo que sacar a los animales del corral y llevarlos en arreo a la loma más cercana hacia donde empiezan a despuntar los cerros de Montes de Oro y más allá de Miramar.

La madre se preocupó. El hijo nunca había estado lejos de la hacienda.

Con las crecidas que atravesaron el cañaveral y llegaron hasta las salinas, la mayoría de los cerdos y las gallinas se ahogaron.

Tres días pasaron antes de que pudieran volver con el ganado.

—Viera madre cómo se ve el mar de bonito desde allá. Sabe, conté doce barcos y trece islotes.

La madre se tranquilizó porque el hijo seguía contando.

Pero el hijo a los días dejó de contar nubes. Ahora le gustaba salir a montar por las tardes bordeando los ríos camino de los cerros y las minas del norte.

Y el padre sabía muy bien lo que había en las minas además del oro. Un día el hijo no volvió.

—¡Que va ser igualito a su tío abuelo! —dijo la madre, viéndolo a los ojos con furia por primera vez. ¡Si salió igualito a usted, juemialma!

El padre no dijo nada. Al rato, después de bañarse, se sentó descalzo en una de las gradas del corredor. Frente a él la sabana descansaba del polvo de los caminos, dejando en el aire olor a estiércol y a cuajada.

Esa noche, en vez de peinar las cuerdas de la guitarra como si llorara, el padre, sin querer, empezó a contar las nubes que la ilimitada oscuridad de la pampa le dejaba ver.

 

La autora

Dorelia Barahona. Escritora y filósofa costarricense,  es docente e investigadora de la Universidad Nacional de Costa Rica. Ha escrito las novelas De qué manera te olvido (galardonada con el Premio Juan Rulfo en 1989), Retrato de mujer en terraza, Los deseos del mundo, La ruta de las esferas (ganadora del Premio Aportes de la Florida Ice and Farm), Milagros sueltos (novela colectiva), Ver Barcelona, Zona azul y  Cartografías de la belleza (2019). En cuento ha publicado Noche de bodas (1991), La señorita Florencia (2003) y Hotel Alegría (2011). Ha ganado un premio de poesía y también ha escrito teatro y ensayo.