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Cultura

El calipso de Limón: la gran sorpresa de Manuel Monestel

El músico costarricense Manuel Monestel estuvo en Panamá a finales de mayo pasado, para participar en un foro sobre negritud organizado por el municipio capitalino. Entre ponencias y mesas redondas, contó sobre su interés por el calipso, el futuro de esta música y los aportes que Cantoamérica (el grupo que dirige) ha hecho por el reconocimiento de las identidades afrocaribeñas en la región.

Por Ana Teresa Benjamín
Fotos: Cristian Pinzón

Lo de Manuel Monestel fue curiosidad. Como un niño que busca respuesta a sus por qué, Monestel decidió un día irse a la provincia de Limón, en el extremo oriental de su país, para comprobar que Costa Rica era mucho más que aquella nación blanca, católica e hispana en la que había crecido.

Sociólogo, músico, compositor e investigador, Monestel es conocido por el trabajo que realiza desde hace más de treinta años con Cantoamérica, grupo que fundó en 1980 para divulgar la riqueza musical afrocaribeña que encontró en aquella provincia a la que empezó a llegar gente de Honduras, Curazao, Panamá y Belice en 1870, para la construcción del ferrocarril que uniría San José y Limón, migración a la que luego se uniría un mayoritario contingente de trabajadores provenientes de Jamaica.

Monestel nació en San José, en el valle central del país, y creció en una familia de músicos, aficionados y profesionales. Se levantó entre los boleros y los sones de su papá, y al llegar a la adolescencia se decantó por el rock americano. El músico habla en medio de un receso robado al primer Foro Internacional sobre Negritud Panameña: Resistencia, resiliencia y reconocimiento, que se realizó a finales de mayo en Ciudad de Panamá.

De la vida en casa de sus padres, Monestel recuerda algunas cosas que quizás expliquen cómo y por qué llegó a Limón. En la escuela primaria, por ejemplo, tuvo un compañero negro que hablaba el inglés criollo y el español, y “yo admiraba eso: que hablaba dos lenguas, mientras yo solo hablaba español”. También era frecuente la visita de amigos afrolimonenses los domingos, para almorzar; hecho inusual en aquellos años en los que los habitantes de Limón salían muy poco de su provincia.

Cantando el rock americano terminó la secundaria, y en la universidad se matriculó en Sociología. “Durante muchos años tenía una identidad bifurcada: por un lado era sociólogo y, por el otro, era músico… Y eso me molestaba porque tenía dos profesiones, dos oficios”. Mientras esto ocurría se unió al grupo Teyacán, dirigido por el nicaragüense Luis Enrique Mejía Godoy, y allí no sólo cantó contra las dictaduras, sino que conoció el “océano musical” del continente: Violeta Parra, Mercedes Sosa, Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Caetano Veloso, Chico Buarque… “[Entonces] me di cuenta de que estaba tocando música que estaba fuera de mi identidad”.

Cuando Teyacán se desintegró por la ausencia de Mejía Godoy —quien regresó a Nicaragua tras la caída de Anastasio Somoza—, Monestel decidió viajar a Limón y descubrió una cultura caribe y una música, el calipso, que hasta entonces solo había escuchado en voces como la de Harry Belafonte. “Yo no sabía que en mi país había calipso”, recalca, todavía sorprendido.

La historia cuenta que, al principio, los obreros jamaicanos que llegaron para la construcción del ferrocarril pensaban quedarse solamente mientras duraran los trabajos, pero la crisis financiera que enfrentó el proyecto obligó a muchos a dedicarse a la agricultura de subsistencia en las tierras adyacentes a la línea ferroviaria. El proyecto lo sacó a flote el estadounidense Minor Keith, quien a cambio logró la concesión de territorios y el arrendamiento del ferrocarril por un período de 99 años, para la explotación bananera. Así, mientras Keith expandía su emporio bananero a Panamá y Colombia, lo temporal se convertía en permanente para muchos jamaicanos. Y aunque su situación legal se aclaró solo hasta finales de los años 40, cuando el gobierno costarricense les otorgó la nacionalidad, a estas alturas su cultura afrocaribeña ya había echado raíces en Costa Rica, con sus ritmos y costumbres.

En San José, dice, se sabía muy poco de Limón. “Me fui primero por la libre, en un carrito que yo tenía y me metí a los pueblitos de la provincia. Trataba de ir conociendo… Leí un libro de una antropóloga que escribió sobre la cultura oral de la parte sur de Limón, Salamanca, y ahí mencionaban al calipsonian [Walter] Ferguson… A través de la autora conecté a Ferguson… ¡Y encontré al más grande calipsonian de Costa Rica! De ahí empecé a conocer a otros grandes calipsonians y a descubrir que había un gran mundo llamado calipso”.

El hallazgo fue particularmente importante porque, en Costa Rica, solo los negros de Limón se asumen como negros, aunque hay poblaciones descendientes de negros coloniales en el Pacífico norte. En ese momento, Monestel también confirmó que, a pesar de que Limón queda a escasas dos horas y media de San José, muy poco se conocía en la capital sobre su gente y su cultura.

Limón es una provincia costera, con una conexión lingüística compartida con los afrocaribeños que viven en toda la costa pacífica de Centroamérica, desde Bluefields, en Nicaragua, hasta Bocas del Toro, en Panamá. “La conexión de herencia africana sí se va hasta Uruguay, que es una costa afrodescendiente, que hablan distintas lenguas según su experiencia colonial”, explica.

Ya en Limón, Monestel se fue integrando a la comunidad, aunque al principio le hacían notar la diferencia. “Me llamaban ‘pañaman’”… hombre de España”, recuerda. Cuando empezó a cantar calipso, le preguntaban qué hacía un pañaman cantando ese ritmo caribeño, nacido en Trinidad y Tobago. Con los años, dice, se ha vuelto “parte del paisaje”, y aunque todavía hace el viaje de San José a Limón, y viceversa, está pensando en comprarse un lote, “después de tantos años”.

La carrera de Cantoamérica ha sido larga: 37 años. Del grupo original solo queda Monestel, pero la entrada constante de nuevos integrantes lo ha convertido en una especie de escuela a la que se asoman músicos jóvenes que quieren aprender algo diferente. Aunque la base del grupo es la música calipso de Limón, Monestel ha sido claro al decir que su música no es como la de los calipsonians de Limón ni su intención es sustituirlos. “La instrumentación de Cantoamérica no es la típica del calipso limonense, pero sí respetamos los patrones rítmicos y las letras de los autores de allá”, dijo en una entrevista de septiembre de 2015 al diario La Nación, de Costa Rica. “Tenemos claro que Cantoamérica es un proyecto para reforzar nuestras identidades afrodescendientes, y creo que esa es una de las explicaciones para habernos sostenido tantos años”, añadió.

En total, Cantoamérica ha grabado trece discos: el primero en 1981, La nueva canción costarricense; y el último en 2015, Vuela el amor. El grupo también ha recibido reconocimientos por su promoción de la música afrocostarricense, y el mismo Monestel fue galardonado con el Premio Nacional de Cultura Popular 2010 y el Premio Viva 2010, entre otros.

Sobre el futuro del calipso, Monestel es optimista. Cuando pisó tierras limonenses por primera vez y escuchó a los viejos calipsonians, lo primero que pensó fue que aquello acabaría pronto. Luego entró con fuerza el reggae, poniéndole más sombras a sus malos augurios. Pero resultó que “el reggae entró, pero no echó raíces”, y luego el calipso comenzó a resurgir.

Lo mismo está ocurriendo en otras partes: “En Panamá se murió Lord Cobra, Lord Panamá está muy enfermo… Parecía como que el calipso también iba a desaparecer, pero también hay un repunte en Panamá: están haciendo documentales, se habla de la cultura afropanameña… De repente, creo que en la región se empieza a visualizar el calipso como algo que debe continuar. También está ocurriendo en Nicaragua, donde se le llama palo de mayo”.

En lo que sí hay dudas, al menos en Limón, es sobre el relevo en cuanto a composición. Hay intérpretes jóvenes y existe un taller permanente de calipso en la provincia. “Aunque no podría decir que el calipso va a seguir como hoy porque la música es dinámica, las identidades culturales y musicales no permanecen como piezas de museo, sin variación”. Walter Ferguson, además, tiene ya 98 años, “y aunque yo espero que dure diez años más, es dudoso”, señala.

En Trinidad y Tobago, sin embargo, la realidad es otra. Allí el calipso sigue fuerte, con un estrecho lazo de identidad. “El año pasado vino [a Limón] el monarca del calipso, Devon Seale, un muchacho que tiene 35 años y es un artista del carajo. En Trinidad no va a morir el calipso, porque allí es una institución. En Jamaica tampoco va a morir. La pregunta es qué va a pasar en estos países: Nicaragua, Costa Rica y Panamá, pero yo creo que se está dando un renacimiento”.

El Festival de Cahuita 

Del 13 al 16 de julio se realizará en Cahuita, Limón, la quinta versión del Festival Internacional Walter Ferguson, con la presencia de los grandes calipsonians del patio y grupos internacionales como Caribbean New Style y Elkin Robinson, de Colombia; Los Isleños de Bocas del Toro, de Panamá; y Raymond Myers Band, de Nicaragua, entre otros.

El festival lleva el nombre del más grande calipsonian costarricense: Walter Ferguson, y en él participa cada año el “monarca del calipso” de Trinidad y Tobago. Manuel Monestel, con su grupo Cantoamérica, es uno de los organizadores del evento.

Para llegar desde San José hasta Cahuita puede tomar un bus directo en la Terminal Atlántico Norte, en la avenida 9 y calle 12 del barrio México. El trayecto dura unas cuatro horas y media. Otra opción es tomar el bus hacia Limón, que sale cada media hora, para luego hacer trasbordo en Limón hacia Cahuita. Los buses que van hacia Cahuita están a unas calles de la terminal de los buses que viajan desde San José.

Desde Ciudad de Panamá, puede abordar un avión que lo lleva hasta Changuinola, en Bocas del Toro, y de ahí tomar el autobús hacia Cahuita.

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