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Vistas de Panama

Domingo de rafting

El descenso de ríos (river rafting) es una actividad deportiva y recreativa ideal para almas dispuestas a experimentar aventuras extremas. Panamá, un país en el que caen unos 3.000 milímetros de lluvia al año y en donde la temporada lluviosa se extiende de mayo a diciembre, es un lugar perfecto para la experiencia.

Por: Ana Teresa Benjamín
Fotos: Carlos E. Gómez

 

El reloj sonó a las 3:15 de la madrugada. Hora de salida de casa: 4:22. Hora de llegada al hotel Sheraton del Centro de Convenciones Atlapa: 4:56. Planes del día: un rafting por el río Chagres, partiendo desde algún punto en las montañas de Cerro Azul, al este de Ciudad de Panamá.

Tomando el Corredor Sur salimos por la carretera que conduce hacia la 24 de Diciembre, hasta que la camioneta 4×4 volteó hacia la izquierda, a la altura de un Super Xtra. Es el camino a Cerro Azul, una zona montañosa de la ciudad todavía impregnada de bosques nubosos.

Poco antes de las seis de la mañana habíamos llegado a una fonda. El sol aún no aparecía. Olía a frito. Las luces de la cocina ya estaban encendidas. El desayuno fue hojaldre con pollo, seguramente producido en las cercanías, pues en la zona hay varias fincas de pollo.

Saciado el apetito, de vuelta a la 4×4. Hasta entonces el camino había sido de asfalto, pero en adelante se pondría más accidentado. Cada vez más lejos del “desarrollo” citadino, aparece primero la carretera de piedrecillas y luego el camino de tierra: húmedo, resbaladizo, caprichoso y angosto. El auto brinca, tropieza, sufre varios rayones y, aunque el trayecto se torna un poco incómodo —”¡la aventura!”, vociferaban los compañeros— a mí me da por pensar en la “carretera” a Peñas Blancas, en la comarca Ngäbe Buglé: apenas una trocha desnuda y expuesta a los aguaceros de invierno, transitable solo para los conductores más diestros que, sin embargo, no podían evitar patinadas de vértigo y violentos remezones.

Por fin, la comunidad de San Cristóbal. Un señor chiricano, dos caballos y un niño. De la 4×4 bajan el bote, infladores, chalecos salvavidas, cascos, cuerdas, agua, comida… Empieza la caminata de hora y media, mientras la carga es acomodada en los animales.

Pienso que, casi con 41 años, el ímpetu de las largas caminatas ya me ha abandonado. Que no se malentienda: me gusta caminar. Pero es que cada ascenso duele y, tras varios de ellos, pierdo aire y fuerzas. En uno de ellos el guía me espera arriba —con tres de los cuatro compañeros de aventura— y me dice (como si no lo sintiera en el pecho, en los ojos, en los muslos): “Ana Teresa, estás rojita…”.

En la última loma —¿y acaso la más empinada?— casi desfallezco. Afortunadamente todo tiene su fin y acá termina a orillas del río Piedras. Los caballos tardan y hay tiempo para tomar aire. Cuarenta minutos después sabríamos que uno de ellos resbaló y cayó, con el bote desinflado a cuestas. Con un poco de ayuda, el caballo se había puesto en pie otra vez pero el dueño tuvo que regresar a casa a buscar otro, porque el animal había quedado demasiado nervioso. Tras acomodar nuevamente la carga, empezarían su camino hacia el río Piedras.

Alguien empieza a inflar el bote. Es como con los globos, solo que con una bomba más grande. Chalecos, casco, indicaciones de seguridad. Uno de los guías explica los comandos. “¡Forward!”, remar hacia adelante. “¡Back!”, remar hacia atrás. Tres silbidos: atención, algo pasa. Un toque de cabeza: todo está bien. Cómo nadar si se cae al agua. No soltar nunca el remo. ¿Preguntas, dudas? Un comentario: todas las indicaciones son hechas bajo el supuesto de que una logrará mantener el control en medio del pánico… Por respuesta, unas sonrisas condescendientes… ¿Les comenté que no sé nadar?

La travesía empezó a las once menos cuarto. Remo y remo. Forward, back. Más remo y remo. El río Piedras, seco. La lucha por desatascar el bote. “¡Salten, salten!”, pide uno. Pero la mayoría de las veces los guías (son tres) se bajan del bote y comienzan a halarlo, a empujarlo, a forzarlo… Cuando el Piedras se encuentra con el Chagres el nivel del río sube un poquito. Y no solo crece el camino de agua sino las paredes de verde. De uno y otro lado, peñascos inmensos cubiertos de árboles, palmas y helechos. Aparece algún martín pescador, cormoranes, águilas, gallinazos cabecirrojos y garzas morenas. De entre el bosque, surge el sonido de un tucán…

La aventura transcurre entre rápidos tímidos y remansos de agua. De un rafting de nivel tres a cuatro, un guía admite que con suerte experimentaremos rápidos nivel dos. Poco después de las doce y media, el almuerzo, en medio de la “nada”. Alrededor no hay comunidades, solo selva. Hay emparedado, frutas, chocolate. La mesa es un banco de arena y piedras.

De vuelta al bote. Ya con algunas horas navegando el río, comienzan a resentirse las nalgas. Tanto jaleo no pasa en vano. De todas formas la adrenalina puede más y se olvida aquello. Alguno señala al agua y dice: “¡Un sábalo!”. En un recodo presenciamos una escena mágica: cientos de maripositas amarillas revolotean, con el follaje de fondo. ¿Un nido de mariposas? Hay poco tiempo para apreciarlo porque el guía manda a remar…

Esto de navegar por rápidos tiene su gente. Los compañeros del bote gritan y brindan con los remos cuando más difícil resulta remontar la corriente o cuanto más cerca esté el bote de las piedras o de un tronco y logran superarlo. Es el pensamiento de la conquista, supongo; del dominio sobre la naturaleza. Así que cuando notan que se acerca esa caída de agua que se estrella contra una roca haciendo un espumero violento, primero se bajan para analizar bien el movimiento y, otra vez encima del bote, recuerdan a los primerizos las indicaciones iniciales. “Por nada del mundo sueltes el remo. Si te caes al agua, colócate así. Sigue los comandos del guía. Nunca entres en pánico; alguien te va a auxiliar”.

El bote celeste empieza a llenarse otra vez. Viene la caída. El guía repite: “Forward, forward, ¡forward!”. El agua ruge, estalla, aprieto las piernas… Fuerza y más fuerza. Remo y remo. Recuerdo bien clarita una de las advertencias: cuando el guía grite “¡down!”, túmbate dentro del bote rapidito —el trayecto se hace sentado en el borde—, para así evitar caer al agua.

Ya con el rápido en las pestañas, el guía sigue gritando con energía que hay que ¡remar, remar, remar! Y llega el “¡down, down!”, me tumbo dentro del bote inflable y me agarro con fuerza a una cuerda que aseguraba la bolsa del almuerzo…

Me acuerdo entonces de cuando era niña. Cuando el miedo me invadía, conscientemente me mandaba a cerrar los ojos porque pensaba que, si no veía lo que ocurría a mí alrededor, me daría menos pavor. Cerré los ojos. El agua comenzó a pasarme por la cabeza. Una vez, dos, tres. Escuchaba el sonido del agua, sentía su temperatura fresca. Mantuve la boca bien cerrada. Vueltas y vueltas. Cuando sentí que ya llevaba demasiado tiempo así me obligué a abrir los ojos: el guía me hacía alguna señal —¿que me quedara quieta?— y, segundos después, me pedía disculpas por haber entrado mal al rápido. Adelante estaban dos compañeros, en el agua, agarrados a un remo. Yo no había soltado la cuerda que aseguraba la carga…

Varias horas después, el dolor en las nalgas es insoportable. Aunque inflable, el borde del bote es duro. Son las 4:40 de la tarde pero, como el río Piedras estaba seco, el tiempo en el Chagres se prolonga…

Finalmente se ve humo en una orilla. Juegan unos niños en el río. Su madre, en la ribera. Es la comunidad Emberá Drua y allí termina el paseo en remo. Más adelante, una piragua que esperaba desde hacía una hora. Desinflado el bote y colocada toda la carga en el nuevo transporte, comenzó la última parte del trayecto, a motor. El destino: el puerto Corotú, en el área de Las Cumbres.

Para llegar hay que pasar las comunidades de Parará Purú y Emberá Tusípono. Desde el río, apenas se alcanzaban a ver algunos tambos, el césped cortado, algún fogón ardiendo… Son las seis de la tarde y empieza a oscurecer. Hemos salido por La Cabima, el área norte de Ciudad de Panamá. Tranques, música alta. Una fábrica de cemento se levanta como mole gris, en el horizonte. En menos de media hora estamos en la Transístmica: la carretera que une a Ciudad de Panamá con Colón. Suenan las bocinas de los autos, chilla una ambulancia. Son dos carriles, pero alguno siempre quiere el tercero.

Cierro los ojos otra vez, pero ahora no es por miedo sino por cansancio. No se trata, sin embargo, de cansancio físico… Es que me he puesto a pensar que hace dos horas estaba en medio del paraíso terrenal y ahora, todavía húmeda la ropa, me toca vivir el infierno humano.