Contáctanos

Reportaje

De vuelta al campo

Cada 16 de octubre se celebra el Día Mundial de la Alimentación, y este año la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura destaca que los Objetivos de Desarrollo Sostenible no se pueden alcanzar si antes no se logra el “hambre cero”.

Por: Redacción Panorama de las Américas
Fotos: Javier Pinzón

 

A tres horas de camino al este de Ciudad de Panamá se encuentra Arimae, comunidad indígena cuyos habitantes están apostándole al cultivo de tres productos tradicionales en su dieta: ñame, plátano y ñampí.

La apuesta ha llegado de la mano de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por su sigla en inglés) que, en el marco del Plan de Desarrollo Integral de los Pueblos Indígenas, liderado por el Ministerio de Gobierno de Panamá, asesora a varias familias sobre cómo cultivar de mejor forma mediante la utilización de técnicas sencillas que aseguran plantas más sanas y una producción mayor. El programa, en el que también participa el Ministerio de Desarrollo Agropecuario, forma parte a su vez de la estrategia que apoya la FAO para procurar la seguridad alimentaria allí donde los estudios indican que hay más pobreza y, sin duda, más hambre: las comunidades rurales e indígenas y, específicamente, entre mujeres y niños.

Tal como dice Tito Díaz, coordinador subregional de la FAO para Mesoamérica y representante en Panamá, el problema de la inseguridad alimentaria en América Latina no es un tema de falta de producción, sino de disponibilidad y acceso: “Cuando se mira a América Latina como un todo, vemos que se producen muchos más alimentos de los que se necesitarían para satisfacer los requerimientos de la población”, pero aun así hay 42 millones de personas subalimentadas.

¿Por qué ocurre esto?

El tema de seguridad alimentaria tiene cuatro dimensiones: disponibilidad, acceso, estabilidad o acceso permanente y utilización de esos nutrientes. En América Latina todavía tenemos 42 millones de personas que no tienen los ingresos suficientes para adquirir el mínimo de 2.600 calorías por día que se necesitan. Por eso el concepto de acceso guarda una relación tan grande con el tema de la pobreza; de manera que es crítico cuando una persona se queda sin empleo, porque no tiene posibilidad de generar ingresos y lo primero que se afecta es la alimentación.

Por otra parte, la disponibilidad se afecta con eventos como las sequías, las inundaciones o la violencia. Y, finalmente, hay gente que consume alimento suficiente, pero vive en condiciones donde se desarrollan enfermedades y, por tanto, no aprovecha los nutrientes. También estamos viendo que puede haber hambre oculta, porque no se ingieren algunas microvitaminas o minerales, y de igual forma está ocurriendo el fenómeno de la obesidad y el sobrepeso entre las poblaciones pobres, porque tienen acceso a alimentos ricos en carbohidratos y azúcares, alimentos más fáciles de adquirir y más baratos que los de mayor calidad. Aquí otra vez hay relación entre ingreso y calidad, ingreso y nutrición, pero también con los hábitos de consumo y de vida.

¿Cuáles son los países de la región que producen más alimentos y en cuáles hay mayor grado de pobreza y malnutrición?

Ningún país es completamente autosuficiente. Siempre va a haber necesidad de importar. La mayoría de los países de América Latina son importadores de los granos básicos que consume su población, así como de aceites y productos cárnicos.

Por otra parte, la desnutrición crónica infantil es muy alta en países como Honduras, Nicaragua y El Salvador, con índices de desnutrición que superan el 40%. Además, los indicadores de inseguridad alimentaria y de pobreza son mayores en algunos territorios, especialmente en zonas rurales; y focalizados en mujeres, niños y pueblos indígenas. Por eso, una de las recomendaciones de la FAO es fortalecer las políticas públicas de desarrollo rural y territorial; volver a mirar el campo. Aquí estamos hablando de políticas que tengan en cuenta la agricultura familiar, que es muy diferente a la agricultura de subsistencia; con asistencia técnica, servicios de extensión y acceso a mercados.

Un tema muy fuerte en temas de políticas públicas en las zonas rurales son las mujeres. Hoy se reconoce que en América Latina más del 50% de los predios rurales están en cabeza de mujeres y muchas de ellas no tienen acceso a los títulos de la tierra ni al crédito… En este sentido, las políticas diferenciadas orientadas a las mujeres tienen un impacto muy fuerte en la seguridad alimentaria, porque las madres pueden influir mucho en los hábitos de consumo de los niños.

Es un poco contradictorio que se plantee la necesidad de implementar políticas públicas para volver al campo, pero se incentive la importación; una elección enmarcada en la globalización y en la idea de que el mercado se regula solo. ¿Cómo combatir la pobreza y el hambre en el campo si el sistema decide con fundamentos diferentes?

Panamá es un país de ingreso medio alto que, en realidad, no debería tener inseguridad alimentaria, porque tiene una economía sólida. Lo que pasa es que esa fortaleza ha venido dada fundamentalmente por un sector de servicios muy fuerte, de logística, financiero…

Tal vez haya que darle una mayor prioridad al sector agropecuario y eso implica tener claridad sobre su oferta de recurso natural, producción según sus suelos, disponibilidad de agua y una política pública que oriente esos mercados internos y externos. Una política de estímulo para la producción nacional, y una política que regule, de alguna manera, la entrada o importación de alimentos, para mantener un balance. Es un tema de planificación del desarrollo y de política pública porque, como dije, ningún país es autosuficiente.

¿Piensa usted que los países de la región están estableciendo políticas públicas hacia esta dirección?

Nosotros vemos que en la mayoría de los países que tienen una unidad de planificación agropecuaria muy fuerte y hacen análisis prospectivos están disminuyendo los riesgos de sufrir inseguridad alimentaria, tales como Colombia y Chile.

En el tema del desarrollo del campo y las comunidades, ¿qué tipo de proyectos está apoyando la FAO y qué resultados se están logrando?

Panamá tiene un 9,5% de inseguridad alimentaria… Son 400.000 personas que sufren hambre.

Cuando uno mira dónde están, una gran mayoría son pueblos indígenas y comunidades rurales. Por eso nosotros decimos que es bueno tener una política pública definida para esas poblaciones, porque ahí Panamá podría, rápidamente, antes del 2030, ser un país libre de hambre.

¿Cuáles son los programas de asistencia y de apoyo técnico que han mostrado más impacto en este tema? 

En el caso de los pueblos indígenas hay una agenda muy fuerte, porque hay un Plan de Desarrollo Integral de los Pueblos Indígenas que fue negociado con las propias comunidades indígenas y el Gobierno, y ese es un marco orientador. Ahí hay unos componentes que tienen que ver con infraestructura, servicios básicos, seguridad alimentaria y desarrollo económico. Y en este último estamos apoyando con la restauración de los sistemas productivos. Los pueblos indígenas tienen unos cultivos cuyos niveles de producción son muy bajos y eso se relaciona con el uso de la tecnología y de algunas prácticas.

Lo que estamos haciendo son escuelas de campo donde ellos mismos, con la ayuda de un asistente técnico, van encontrando los elementos que les pueden ayudar a mejorar su producción: acceso a semillas, prácticas sostenibles e información nutricional, para que aprendan a consumir alimentos de mejor manera. El ñampí, por ejemplo, con un valor nutricional muy importante, no solamente podría beneficiar a los indígenas sino que podría ser interesante para el resto de la población.

Todo esto debe ir acompañado de la educación, porque si estos pueblos indígenas tienen un mayor ingreso pero lo utilizan para comprar gaseosas o procesados, va a seguir habiendo malnutrición y obesidad. Por eso la educación es fundamental en el tema de saber adquirir alimentos más sanos.