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Destinos

De mis viajes por América

Viajar es, sin lugar a dudas, una de las experiencias más sabrosas de la vida. No se trata solamente de romper la rutina y buscar rumbos nuevos, sino de tener la oportunidad de maravillarse ante los paisajes y con las personas que se encuentran en el camino.

Por Ana Teresa Benjamín – Fotos: Carlos Gómez y cortesía ProChile

¿Qué por qué me gusta viajar? Por lugares como Polk County, en Florida Central, y sus pantanos repletos de nenúfares. Por los trillos bordeados de rosas y caléndulas de Bok Tower Gardens y la música de carillón que esa tarde inundó mis sentidos. Por los cisnes negros de la ciudad de Lakeland y las costillitas de cerdo gigantes que comí en un restaurante con olor a madera. Por el bar que vendía ostiones, lleno de hombres vestidos con camisas de cuadros, sombreros y botas con espuelas. Por la oportunidad de ser niña en Legoland y cobijarme bajo la sombra de su ficus centenario. Por las playas de Space Coast, abiertas para todo el mundo, y ese día en el Kennedy Space Center en el que aprendí más del universo que durante toda mi vida escolar.

Una vez fui a Belice y descubrí el enigma de su existencia. Quiero decir: cuando viajé a Belice descubrí por fin ese país de América Central que pasa casi desapercibido, pero que adentro es, como toda tierra, música, vida, historia y belleza. Por ejemplo: la fonda aquella donde tronaba la música, cerca de la frontera con Guatemala. Abraham y Deborah, la pareja menonita que me recibió en el portal de su casa, ubicada en Barton Creek. Seine Bight y sus tendederos de ropa frente al mar. El tambor de la música garífuna. Placencia y su increíble mar turquesa.

Placencia fue toda una experiencia: allí conocí los colores de la vida bajo el mar, el vértigo del fondo del océano y el miedo de una noche de tormenta que parecía el preludio de un huracán. Pero hay otro recuerdo, diminuto y cálido, que varios años después sigue provocándome una sonrisa: el balcón de la cabaña que me sirvió de aposento en Cayo. Les confieso: tengo una debilidad por los cuartos de hotel. No hay viaje del que no haga un registro mental minucioso del lugar en el que duermo. La cabaña en Cayo era de madera oscura y estaba sobre una ladera, y desde su balcón se veía todo el pueblo. En el balcón había una hamaca, y esa hamaca se convirtió en el mejor lugar para alcanzar los sueños.

¿Qué por qué me gusta viajar? Por el frío de Bogotá, que me penetró los huesos. Porque llevé poco abrigo y padecí hasta tiritar. Por el funicular del Monserrate. Por los ojotes transparentes de mi hijo menor, cuando vio una llama de carne y hueso. Por las visitas a Luvina, La Valija de Fuego, San Librario, Casa Tomada y la Lerner. ¡Qué manera de haber librerías en esta ciudad, cada una más buena que la otra! ¡Qué tremenda la del Fondo de Cultura Económica, en el barrio histórico de La Candelaria!

Otra vez fui a Cuba… Aterricé en La Habana y visité Santa Clara, Cienfuegos, Remedios, Trinidad… Cuba fue malecón gris y soleado, y un cuarto de hotel cuya ventana lamían las olas del mar. Fue una noche de música en vivo en Trinidad, una caminata deliciosa por las montañas de Topes de Collantes, la visita consabida a la Plaza de la Revolución. También el Mausoleo al Che; la Historia. Pero Cuba fue sobre todo música: son, guaracha, boleros, trova. Óleo de una mujer con sombrero en medio de un jardín botánico. Los viajes de horas por carretera, en el que la vida de los cubanos pasaba fugaz por las ventanillas: las filas con la libreta en mano, las carretas y los camiones militares como transporte público, la expresión de antología de un chofer: “Los mecánicos cubanos no son solo mecánicos, chico, ¡son artistas!”.

¿Qué por qué me gusta viajar? Por lugares como Punta Arenas, en el extremo sur de Chile. Por el estrecho de Magallanes de mañanita, todo niebla. Por los fiordos de Puerto Natales. Por la carretera sin fin del Fin del Mundo, en medio de la pampa patagónica. Por esos picos de Torres del Paine, iluminados por la luz naranja del amanecer. Por el almuerzo de papines y choclos asados, cordero y ensaladas que nos brindó la familia de Luis Ovando, en la comuna de San Gregorio.

En el desierto de Atacama, el viento suena como una caravana de camiones, pero, una vez resuelto el remolino, se convierte en canto de sirenas. Los jardines son de cactus. Las casas de San Pedro, del color de la tierra. El Valle de la Muerte es eso. El cielo es grande, como debería ser en todas partes.

Me gusta viajar porque esa vez en Chile estuve sobre el río Mapocho y frente a la Casa de la Moneda. Porque conocí los mercados llenos de frutos secos, fresas, aguacates, mangos, albaricoques, uvas, ciruelas… Porque allá en Atacama, una noche, miré el cielo y lo vi tal cual fue creado: lleno de estrellas. Como el de Jurutungo, en las montañas de Panamá, que me regaló la visión espléndida de la Vía Láctea.

¿Qué por qué me gusta viajar? Porque de los viajes me gusta hasta el olor de los aeropuertos y los acentos de mil gentes que se vuelven melodía. Porque viajando una se da cuenta de que el planeta es hermoso, que en todas partes somos hueso y piel, y que los sueños de casi todo el mundo son más bien sencillos: una buena comida, un buen abrigo para el frío, una casa en la que entre el calor del sol.

Porque viajar es, dicho sencillo, una forma de conocer al otro.

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