Contáctanos

Personajes

Daniel Samper Pizano: asedio a un clásico

El 1o de mayo de 1964 Daniel Samper llegó al diario El Tiempo, de Bogotá, en calidad de reportero y columnista. Medio siglo después anuncia su retiro definitivo y su intención de consagrarse a la escritura de ensayos y novelas. Se trata de una tremenda noticia si se tiene en cuenta el significado de su obra y su aporte al periodismo en lengua española. La aparición en las librerías de la novela Jota, caballo y rey, recreación de la Bogotá de los años 50, con sus carreras de caballos, sus ritos sociales, su picaresca, y la sombra de una dictadura disfrazada de esperanza, confirma su decisión. Periodista, cultor del humor, investigador pertinaz, apasionado del fútbol y el vallenato y ahora labrador de minuciosas ficciones, esta es la primera exclusiva que concede en su nueva etapa.

Por: Iván Beltrán Castillo
Fotos: Julieta Solincée

Hubo un tiempo en el que todos los periodistas principiantes, además de tener diez y ocho años, queríamos ser como Daniel Samper Pizano. Pichones de reporteros en manos de la cruel realidad de las salas de redacción de revistas y periódicos, donde existía un verdadero tropel de enterradores de esperanzas y sepultureros de sueños juveniles, veíamos en este rubio de ojos azules de vikingo, perpetuamente vestido como poeta beatnik o diletante de los campus universitarios, la senda ejemplar, el modelo a la medida de nuestras pretensiones.

Daniel era, desde muy joven, una auténtica luminaria de la prensa latinoamericana: niño genio en la redacción del periódico El Tiempo al lado de Luis Carlos Galán y Enrique Santos Calderón; autor de “Reloj”, una de las columnas más memorables y leídas de todos los tiempos; cabeza visible de la primera unidad investigativa criolla (que emulaba al filme Todos los hombres del presidente), deleitoso cultor de la comedia televisiva y el café concierto, cronista inolvidable y alguien que ofrendaba a sus seguidores con un amable libro antológico casi todos los fines de año, portaba la licencia para el humor, la libertad expresiva, la ironía y todos esos aditamentos hechizantes que a nosotros, los recién advenidos, nos estaban vedados.

Pero, como suele ocurrir en nuestros países, no todos los años de Daniel fueron tan agradables y líricos. Testigo de muchas décadas, algunas duras y dramáticas, en las que intentó ser una consciencia intranquila, la historia le ha pasado factura en varias ocasiones, en forma de amenazas, injurias y oscuras enemistades. Este quizás haya sido el primer motivo que le hizo recalar en España hace ya más de una década. La risa y el drama, la farsa y el idilio de la gran tragicomedia hispanoamericana han sido los nutrientes de su escritura.

Hablar de sus muchos premios y reconocimientos, de las amistades deliciosas que lo acompañaron siempre (Joan Manuel Serrat, Gabo, Klim, Fontanarrosa, Les Luthiers y Fanny Mickey, entre muchas otras), de sus viajes y hasta de su exilio español es retratar a alguien que parece siempre presente y siempre necesario: un clásico en el sentido estricto de la venerable palabra.

Tanto en Impávido coloso como en Jota, caballo y rey podemos rastrear la huella de una corrupción y un envilecimiento que, como deportes macabros, han permeado la vida social, profesional y política de América Latina. ¿Podría decirse que estas novelas son una prolongación metafórica de tu incesante contacto con la realidad?

Al escribir estas dos novelas no me hice el propósito de denunciar nada. Simplemente quise contar historias enmarcadas en realidades sociales, económicas y políticas, pero también en realidades emotivas y de sentimientos. Sospecho que hay en las dos una mezcla de mis inquietudes de ciudadano y mis temores y dichas más personales.

Periodista tempranero y novelista tardío, ¿cómo dialogan estos dos oficios en la consciencia de Daniel Samper Pizano? ¿Por qué un periodista sin discusión asume tan temerario reto?

Siempre me llamó la atención escribir ficciones. En mis primeros años como periodista ya publiqué en ECO y la revista de Colcultura algunos cuentos. No son muchos, pero deben rondar la veintena. Lo que ocurre es que me faltaban tiempo, voluntad, talento, o todo lo anterior junto, para lanzarme al agua profunda de la novela. Ya lo he hecho dos veces y media, pues con Pilar Tafur publiqué una biografía novelada de Agustín Lara titulada María del alma. Por otra parte, me parece normal que quien escribe intente hacerlo en diversas formas de expresión. Escribir es un delicioso privilegio, y resulta comprensible que uno quiera probar en todos los géneros.

Pertenezco a una generación que vio en ti un símbolo de la fecundidad periodística y del honor inherente al oficio más bello del mundo. ¿Crees que los jóvenes siguen avivando estos sueños?

Cada generación lleva a cuestas su angustia y su ilusión. La nuestra tenía una alta carga ética, incluso cuando se equivocaba. Me temo que algunas de las generaciones que siguieron a la nuestra cayeron en el vértigo de la prosperidad rápida, la exhibición y la riqueza. Quizá las generaciones actuales están más angustiadas e ilusionadas por no rezagarse ante el veloz avance de la tecnología.

“Es hora de recoger mis pasos”, parece ser la divisa secreta de tus vigorosas ficciones. ¿Llega la hora de cederle el turno a la memoria, la vivencia intimista, el exorcismo de tus ángeles y demonios?

En las dos novelas citadas la memoria tiene mucha importancia. Me siento más seguro afincado en los recuerdos y retorciéndolos luego al servicio de la historia que me propongo narrar. No me imagino, por ejemplo, escribiendo una obra futurista de ciencia ficción.

Por diversas contingencias, has estado cerca de la historia colombiana y has sido testigo de excepción de sus vibrantes episodios. ¿Qué sabor te dejan destinos como el de Luis Carlos Galán o el de Guillermo Cano?

Esta respuesta tiene que ver con alguna de las anteriores. Tanto Cano como Galán tenían una honda convicción ética acerca de sus responsabilidades, hasta el punto de que sacrificaron la vida en el ejercicio de esta coherencia.

¿Estás de acuerdo en ver al periodismo como la prehistoria de la literatura y, como creyó Heine, su servicio militar?

Más que la prehistoria de la literatura, veo al periodismo como la pre-literatura de la historia. Quiero decir que el periodismo es una primera aproximación en bruto a la historia. La materia prima de ambas es el idioma, pero no siempre se lo venera: a menudo ni siquiera se lo estudia.

Chaplin dijo en alguna ocasión que un día sin reír es un día perdido ¿Qué papel le asignas al humor en la vida y la cultura contemporáneas?

En mi vida, un papel fundamental. De hecho, desconfío de las personas incapaces de reír. Bien sabemos que dictaduras y religiones son los mayores enemigos de la risa. En todas las épocas, incluyendo la actual, suele haber un lugar para mirar la vida con ojos escépticos y risueños. Y si falta, es cuando se necesita con mayor urgencia el humor.

¿A quiénes lees, a quiénes relees y a quiénes no quisieras volver a leer?

Leo de todo: poesía, novela, ensayo, prosa, periodismo, humor, fútbol, problemas contemporáneos… Releo más autores de novelas, poesía y humor que de otros temas. Entre los primeros está Cortázar; entre los segundos, Quevedo; entre los terceros, Guareschi y Fontanarrosa.

Tú, que lo amas tanto, ¿no estás preocupado por el futuro del vallenato? ¿Cómo recuperar su hálito de leyenda, su capacidad narrativa y esa dulce memoria que inoculaban en él los grandes maestros?

El presente del vallenato es ya hondamente lamentable: carretas líricas sin alma y músicas lloronas. Yo confío en que el péndulo caiga y lleguen compositores que rescaten ese vallenato que llamas “de los grandes maestros”.

¿Perdió el periodismo de opinión el gran calado intelectual que tuvo en otros tiempos? Pareciera que, pese a existir un ejército de columnistas, estos no alcanzan a leer la realidad con la majestad y la hondura con que lo hicieran Calibán, Enrique Santos Calderón, Klim, Alfonso Castillo, Antonio Caballero o tú mismo.

Creo que era una ventaja la modalidad, ya abandonada, de los columnistas que escribían todos los días, como Calibán, Alfonso Castillo, Pangloss y el autor de “Reloj”. Esta frecuencia los hacía más cercanos a los lectores y los obligaba a variar en sus temas. Pero ahora veo varios columnistas del nivel de los que nombras, como Héctor Abad, Cecilia Orozco, Ramiro Bejarano, Juan Esteban Constaín y Jorge Orlando Melo, por mencionar solo unos pocos ejemplos.

En un mundo donde la corrupción, la indolencia y la trampa parecen protagonistas, ¿podrá el periodismo investigativo estar a la altura de las nuevas exigencias y necesidades?

Rara vez el periodismo de investigación está a la altura de las necesidades, pero no hay duda de que la actual corrupción viaja en cohete espacial y el periodismo investigativo en tren. Aun así, hay escándalos que se conocen gracias a la prensa, como los falsos positivos y las grabaciones de los militares corruptos.

¿Cómo es tu relación con Daniel Samper Ospina, el inquieto columnista y director de la traviesa revista SoHo de Colombia? ¿Un diálogo padre-hijo, maestro-alumno, maestro-maestro, lector-lector?

Es un diálogo padre-hijo y maestro-alumno: él es el padre y yo el hijo, él es el maestro y yo el alumno.

¿Qué detestas del periodismo actual? ¿Qué echas de menos del de antes?

Me aterra la ignorancia sobre nuestra historia y el poco amor por nuestra lengua, aunque, por supuesto, hay excepciones notables. Casi agrego que también veía antes más aprecio por nuestro oficio, pero a lo mejor este último reproche no es más que un reproche de viejo.

¿Hasta cuándo insistirás en depositar toda tu esperanza futbolera en el Santafecito lindo?

Hasta que sea campeón del mundo de clubes. Creo que no pasarán más de tres o cuatro años antes de que esto ocurra, pues estamos armando un gran equipo…

En Jota, caballo y rey, ¿hay retazos de Daniel Samper en el muchachito burgués que iba al hipódromo?

Muchos: la afición por las películas para mayores, las visitas sabatinas a comer tamal al Ley con amigos, la pasión por el fútbol, el sentido de la amistad…