Contáctanos

Destino Chile

Chile de norte a sur

Montañas de nieve y de arena, horizontes de mar, música en la calle y una oferta gastronómica de primera. Estos son los recuerdos de un viaje a Chile que incluyó la Patagonia, el desierto de Atacama y las ciudades de Santiago y Valparaíso.

Por Ana Teresa Benjamín
Fotos: Cortesía ProChile

Si me preguntaras qué recuerdo de Chile, te diría que sus montañas. Ocres allá en el norte, en el desierto de Atacama; imponentes en el sur, por la Ruta del Fin del Mundo. En Santiago, en el cerro Santa Lucía, alcancé a mirar la Cordillera de los Andes. Ya había entrado la primavera —era finales de septiembre— y apenas quedaba un poco de nieve en la cima.

Chile era uno de esos países que tenía en mi lista de pendientes, porque allí han ocurrido hechos que marcaron la historia de América Latina. Además, es el país de “El cigarrito” y “La jardinera”, por ejemplo, del mote con huesillo y de la cueca, ese baile que tanto escuché en mi escuela primaria.

Recuerdo que en el viaje hacia Punta Arenas, el piloto anunció que había recibido autorización para desviar un poco la ruta y mostrarnos esos picos azules y blancos que se levantaban de la tierra con vigor: eran las montañas de Torres del Paine. ¿Ves? Las montañas otra vez. Y en Valparaíso lo mismo: la ciudad entera es de cerros, y sobre esos cerros transcurre la vida de sus habitantes.

Si me preguntaras ahora qué te quiero contar, sería esto.

Crucemos las calles corriendo hasta La Chascona

Me hospedé en un hotel de Lastarria, uno de esos barrios del centro de Santiago por los que da gusto caminar. Las calles son angostas, los edificios tienen dimensión humana, los cafés están en todas partes y hay una heladería cerca del Parque Forestal que es un pecado para los golosos: créeme que no hay mayor placer que disfrutar un helado de frutilla sentada bajo los árboles de ese parque.

Yo quería ir al Museo de la Memoria y los Derechos Humanos, pero el tiempo me comió los planes. En su lugar encontré una alternativa igual de buena: decidí caminar hasta La Chascona, la casa que el poeta Pablo Neruda construyó en Santiago para Matilde Urrutia. Ubicada en un barrio vecino llamado Bella Vista, apenas a unos 25 minutos del hotel, para llegar tuve que cruzar un puente sobre el río Mapocho. Alrededor había vendedores gritando y vociferando; un infiernillo citadino. Esperé en la esquina el semáforo peatonal y crucé corriendo, no porque tuviera prisa sino porque en Santiago todos cruzan las calles corriendo… Ya del otro lado consulté el mapa, tomé hacia la calle Constitución y unos minutos después estaba en La Chascona. Bella Vista, debo decirte, me pareció similar a Lastarria, por sus casas bajas y sus cafés.

La casa del poeta se conoce sola, con la ayuda de unas audioguías. La cosa me pareció impersonal aunque muy útil, porque recorrí cada cuarto a mi propio ritmo, tomándome el tiempo que quisiera para mirar, observar, absorber…

Construida en las faldas del cerro San Cristóbal, La Chascona es una sucesión de habitaciones dispuestas de forma anárquica y laberíntica; un verdadero paraíso para jugar a las escondidas. Llena de objetos de colección, de cuadros, libros y esculturas, la residencia me gustó precisamente por su construcción espontánea, los ventanales insólitos y el jardín lleno de fresco y silencio, que sirve de “distribuidor”.

La historia cuenta que Neruda murió el 23 de septiembre de 1973, y que su cuerpo fue velado allí mismo, en medio de los destrozos ocasionados por el golpe militar. Su funeral se convirtió en protesta y casi puedo asegurarte que todo eso se siente, pero de alguna forma se sale feliz, porque estar donde ocurrió la historia es incomparable.

Para una panameña no es cualquier cosa estar a la orilla del estrecho de Magallanes

No hacía demasiado frío en Punta Arenas. Nada que no pudiera soportar con un abrigo grueso, aunque de vez en cuando una corriente de aire se me colaba por la tela del yin, una prenda que resultó demasiado endeble para las temperaturas australes, así fuera en primavera.

Punta Arenas está en el extremo sur de Chile y fue, antes de la apertura del Canal de Panamá (1914), una ciudad portuaria cosmopolita y próspera que veía pasar los barcos por el estrecho de Magallanes, el paso natural de navegación entre los océanos Pacífico y Atlántico.

Recuerdo que esa tarde estaban a la orilla del estrecho tres muchachos vestidos con saco oscuro y pantalón caqui, conversando mientras pateaban conchitas, con las manos guardadas en los bolsillos. Los miré y pensé en la paz que transmitía la escena y también en lo ¿increíble? que me parecía que en esas zonas tan frías y lejanas viviera gente, amara gente, cantara gente… Y que yo, llegada desde la cintura del continente, estuviera ahí contemplando el lugar por donde transitaron tantos barcos antes de que se abriera la zanja del país en el que vivo.

De Punta Arenas nos fuimos a Puerto Natales, por una carretera llamada la Ruta del Fin del Mundo. ¡Qué cosa tan extraordinaria! ¡El fin del mundo! ¿Te imaginas? De lado y lado había una desolación aparente, hasta que de pronto te sorprendía una manada de guanacos, unos ñandúes corriendo por la pampa o una casita allá a la distancia, con una chimenea humeante. Mirando por la ventana de la camioneta recordé la escena que describió Truman Capote en A sangre fría, de ese pueblo vasto y solitario en donde asesinaron a la familia Clutter, en Estados Unidos.

A Puerto Natales llegamos casi a las seis de la tarde, aunque todavía había sol de tres. Salí a caminar un rato, a contemplar las aguas del fiordo, a conocer a los cisnes de cuello negro. Desde las Torres del Paine bajaba una brisa helada que se metía hasta en los huesos… Yo miraba con curiosidad las casas a orillas de la calle: pequeñas, de madera, con ventanas grandes para aprovechar las pocas horas de luz en invierno.

Con las últimas luces del día regresé al hotel, entumecida por el frío. Allá a lo lejos, sobre las nieves del Paine, se reflejaban los naranjas y rojos de la tarde.

En Atacama duele el silencio

El cambio del paisaje fue radical cuando viajamos hacia el norte del país. Del azul y blanco de la Patagonia pasé al ocre del desierto de Atacama, y a un pueblo, San Pedro, repleto de turistas, tiendas, quioscos, bares y puestecitos de artesanías. Fachadas de colores, muros de paja y barro. De pronto una mujer que cruza con un rebaño de ovejas. Una iglesia de otro tiempo. En todas partes venden ponchos, gorros para el frío, guantes y abrigos, y vale la pena comprarlos si se vive en países fríos: son de lana de oveja o de alpaca, y los tejidos son muy llamativos.

El desierto es tierra solo para conocedores. En medio de aquel paraje solitario y seco, las calles parecen caminos de arrieras que se pierden entre la arena. Aquí y allá hay grupos de turistas peleándose el mejor lugar para mirar la gran duna, el mejor sitio para ver caer el sol y hasta la fila más corta para ir al único baño en varios kilómetros a la redonda. Pero nada de eso importa, debo decirte. Nada. Porque no todos los días se camina sobre el desierto más árido del mundo, ni todos los días se tiene un cielo lleno de tantas estrellas, ni todos los días se puede gozar ese silencio profundo, inabarcable, imposible en una ciudad.

La colección de sombreros del bar Liberty

En Valparaíso estuve un par de horas, y casi al final de un recorrido entre callecitas, escaleras y caminos impredecibles llegué al bar Liberty, en la parte más vieja de la ciudad. El bar existe desde 1897 y está en la Plaza Echaurren, y lo que más llamó mi atención fueron los al menos doscientos sombreros y gorros que cuelgan en perfecto orden en la parte alta del local. “Son sombreros que la gente ha olvidado en las mesas”, me dijo Felipe Muñoz, el guía. “Dejaban tantos que los dueños decidieron hacer una colección”, agregó.

Es curioso observar aquellas prendas y darse cuenta de que cada una cabe en una cabeza específica. Por ejemplo: aquel sombrero de copa rígida seguro vistió a algún hombre de cabello engominado, mientras el sombrero de fibra y ala ancha lo usó una mujer en sus treinta, que llegó a Valparaíso un día de verano y quiso con él protegerse del sol. Hay otros que cuentan historias más recientes: las gorras de béisbol casi nuevas o el gorrito de lana tejido para la cabecita de un bebé.

Dicen que los jueves en la noche son un buen día para ir al Liberty, porque se forma un baile sabroso al ritmo de la “cueca brava”. Yo anduve por ahí un lunes, así que me perdí la experiencia, pero tengo la esperanza de regresar, algún día, a ese país lleno de montañas.