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Vistas de Panama

Chame entre Cajones y cascadas

Tal como si fuera una enciclopedia geológica, los enormes muros que componen los Cajones de Chame relatan el paso del tiempo, el compuesto de sus suelos, la acción del viento y el trabajo juicioso del agua, con su paso sigiloso, mientras labra la montaña.

Texto y fotos: Javier Pinzón

Me ubico aquí frente a Los Cajones de Chame y dejo ir mi mirada hacia el punto de fuga. Coinciden conmigo las líneas que han dejado cada una de las capas de sedimentos que se han ido posando una sobre otra, lentamente con el paso de los años, hasta formar esta escultura delicada, bellamente trazada, suavemente esculpida, delicadamente coloreada.

Desde esta galería de esculturas, nadie puede imaginarse el tormento de aguas que hay río arriba y tampoco la placidez de los meandros deslizándose entre manglares antes de caer al mar, aguas abajo. En sus escasos cuarenta kilómetros de recorrido, el río Chame reúne contrastantes paisajes, caprichosos sonidos y contradictorios momentos.

Y quizás uno de sus escenarios más especiales sean Los Cajones, en la mitad de su curso. Para llegar, es necesario tomar la autopista Panamericana desde Ciudad de Panamá hacia el oeste y al llegar a la población de Bejuco, tras una hora de recorrido (77 kilómetros), iniciar un aventurado recorrido montaña arriba que solo es posible realizar en un carro 4×4 o a pie, bajo el dosel del bosque y en un entorno de picos caprichosos.

Pronto se llega a la antesala, donde es necesario recuperar el aliento para poder rendirle al paisaje el homenaje que se merece. Sus formaciones rocosas relatan con cada una de sus vetas el tiempo pasado, el compuesto de sus suelos, la acción del viento y, sobre todo, el trabajo juicioso del agua, con su paso sigiloso, mientras labra como un cincel la montaña. Ahí el turista elige su manera de aproximarse: o da un salto directo al agua desde alguna de sus terrazas a diferentes alturas o baja suavemente por sus laderas hasta alcanzar el agua. La sensación al final será la misma: el ser humano tan pequeño, tan poca cosa, nadando en medio de esas paredes enormes.

Nuestro guía, José, es paciente. Sabe que el ritual ha de desarrollarse paso por paso y que, antes de que empiece el juego, el visitante debe aprehender el paisaje y permitir que su imponencia lo sobrecoja, hasta reconocer el inconmensurable poder de la naturaleza sobre la fragilidad del ser humano. Después del acto de contrición viene el juego, las competencias, los saltos, la carne asada que los vecinos ofrecen en sus orillas para atender a los visitantes.

Cuando llega la tarde viene el siguiente reto y es dirigirse aguas arriba bajo el denso dosel. Es la parte que incluye la otra cara del río, la tormentosa, ya que las aguas se precipitan montaña abajo, creando una sucesión de cascadas antes de llegar a Los Cajones. La primera cascada se alcanza en camioneta de doble tracción luego de veinte minutos de recorrido. Se llama La Cortina, pues el visitante puede atravesarla y quedar tras ella mientras el agua, sutilmente,  lo separa del paisaje.

El recorrido continúa montaña arriba por un camino aventurado. Cuerdas instaladas por la comunidad ayudan al visitante durante el ascenso. A unos cuantos minutos se encuentra el Salto Filipinas, bautizado así en memoria del pueblo que lleva su nombre, en Chame. En esta parada hay pozos profundos, ideales para refrescarse y estar listo para seguir el recorrido. Más arriba está El Encuentro, en donde se aprecian a cierta distancia la tercera y la cuarta cascada, asomándose entre el bosque y armonizando la caminata con el sonido del agua. La quinta cascada, conocida por los locales como El Tobogán, cae sobre una roca lisa que los paseantes utilizan para deslizarse hacia el agua; es pequeña y resulta divertida. El ascenso continúa hacia Las Gemelitas, llamadas así porque de una cascada salen dos, las mismas que confluyen montaña abajo en El Encuentro.

El premio mayor está al final del recorrido, en El Edén. Allí el agua cae, fría y estruendosa, a un pozo en medio de un pintoresco valle. Ese es el lugar ideal para un picnic, una sesión de meditación y, en todo caso, para un ritual de encuentro con la Madre Naturaleza.

Este paraíso húmedo de Panamá es cambiante a lo largo del año, tal como lo es toda su geografía tan impactada por la lluvia. Durante la temporada seca las aguas son calmas y cristalinas, mientras en la lluviosa las aguas son rápidas y turbias. El mes más seco es marzo, cuando caen aproximadamente once milímetros de agua lluvia. Por esos días el caudal del río baja a su mínima expresión, el agua es cristalina y pasa lentamente. Por el contrario, durante la temporada lluviosa —entre abril y diciembre— cuando suelen caer más de doscientos milímetros de agua lluvia al mes, la fuerza del agua despeluca las cascadas y el rápido paso del agua crea un sonido único.

En este paraíso, el río cambia, pero la diversión no cesa; si durante el verano se puede ascender fácilmente hacia las cascadas,  durante las lluvias los paseantes se deslizan en inflables, por entre esas altas paredes sedimentarias, testigos del correr del Chame.


Cómo llegar

Tomar la carretera Panamericana en dirección a Bejuco haciendo el desvío Bejuco-Sorá. A unos 16 kilómetros, indicados con un letrero que está a mano derecha, se halla la entrada a Los Cajones. A partir de allí la carretera no está asfaltada, por lo que se recomienda ir en 4×4 o dejar su carro en la entrada, donde miembros de la comunidad lo cuidarán. Si va a pie será una caminata de veinte minutos, en medio de un espléndido paisaje. En época de lluvia se recomienda ir ligero, ya que el retorno no es tarea fácil debido a la inclinación de la calle de piedra. Ya en el lugar deberá pagar una contribución a la comunidad que preserva y mantiene limpio el lugar. Para obtener más información contacte al guía José Morán (+507 6792 5511).

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