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Reportaje

Carnaval en Flor

La pintora colombiana más salvaje, atrevida y erótica es Flor María Bouhot (1949). El lugar de esta fauve tropical es el borde, el abismo. Su estrategia: la explosión volcánica del color. Si pinta un pimentón o una calabaza, inevitablemente se transformarán en carne fresca y deseable; si su pincel se entretiene en un jarrón o un mantel, sus irresistibles texturas embrujarán con la sensualidad táctil de lo cotidiano.

Por: Sol Astrid Giraldo E.

 

Cronista del deseo y del éxtasis, en cualquiera de sus manifestaciones, llegó natural e inevitablemente al reino de las carnestolendas, al carnaval, especialmente al de Barranquilla. Desde 1990 ha sido su observadora. Lo ha vivido, bailado, bebido, sudado… Se ha embriagado de su sol y feroz libertad. Ha atravesado las noches palpitantes que lo preparan, las semillas lujuriosas que lo engendran. Se ha perdido en ese desorden cósmico que arroja a las calles, año tras año, a sus díscolos hijos: el hombre caimán, los toritos, los congos, los diablos-espejo, las farotas… Seres de los lindes, subversivos.

En el centro del caos carnavalesco, se ha plantado firme con una cámara fría. Sus fotos congelan entonces el instante irrepetible e inatrapable. Lo caza durante el fragor de la cumbia o el mapalé, bajo la tormenta de color de las comparsas, del huracán iridiscente de las plumas, los vuelos dionisíacos de las faldas, las batallas locas de las flores. Un rayo de quietud sobre la fiebre de ritmos y sensaciones.

El botín de las imágenes atrapadas guardará entonces algún reposo. A través de los años, en sus sucesivos estudios de Medellín, Bogotá o Guadalajara, las ha ido revisando en el mayor silencio. En esta exploración, la huella de las fotos es guía, nunca camisa de fuerza. Le permiten que aflore una vez más el recuerdo, que la impresión sensorial emerja de nuevo desde su inconsciente. Entonces es el momento de la alquimia, que no tiene nada que ver con el registro documental.

Frente a sus capturas visuales, Flor es libre. Desecha. Sintetiza. Rearma. Compone sinfonías estridentes y armónicas con su paleta salvaje que desprecia la tiranía de la realidad. Y persigue con una línea flexible y dinámica la expresión pagana de los cuerpos, la subversión de los gestos descontrolados, la victoria de los instintos, el reinado de la piel. Son sus pinturas especies de anti-Guernicas que homenajean la victoria constante de la vida a pesar de sus mortales pies de barro.

Persigue en ellas la imagen mestiza y barroca. Aquella que de un solo golpe conecte con el tiempo mítico del carnaval. Allí donde nada es lo que debía ser, donde los tambores de África y las chirimías de América se chupan la blancura europea de la Colonia, donde los hombres derriban las murallas de acero de su masculinidad con el vuelo liberador de las plumas, donde las mujeres se recuperan a sí mismas abriendo descaradamente las piernas, donde los humanos desdoblados tienen cachos o cabeza de reptil. Imágenes donde la piel es lo más profundo; el artificio, lo más real; la máscara, lo más desnudo; el maquillaje, lo más transparente; la mezcla, lo más puro. Es el carnaval americano en toda su expresión. Y ella, la Flor-fiera, sandunguera, diabla, farota, la más atrevida testigo.