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Destino Brasil

Canoa Quebrada: Crónica de un cobardón aventurero

Canoa Quebrada, en la costa brasileña de Ceará, está llena de sitios con playas de arenas caprichosas, aguas prístinas y ecosistemas únicos que los convierten en parques de juegos para los aventureros.

Por: Gaspar Victoria
Fotos: Javier Pinzón

Todo iba bien en nuestro paseo en buggy por las dunas de Canoa Quebrada; habíamos escalado una inmensa, para mirar el paisaje. De un lado, las interminables formaciones arenosas que pueden internarse hasta seis kilómetros tierra adentro y que le dan a la región su nombre: Porto das Dunas; del otro, las colonizaciones de verdor que los humanos oponen al desierto. A lo lejos, un par de kitesurfers aparecen y desaparecen tras las crestas arenosas que dividen las dunas propiamente dichas de la playa y el azulísimo océano Atlántico.

Nuestro buggy avanzaba hacia otra parte del risco. Suponía que era para disfrutar de otra vista, hasta que el vehículo que nos precedía desapareció súbitamente. Tuve pocos segundos para adivinar lo que estaba por suceder, pero no los suficientes para conservar el decoro mientras mi propio transporte se zambullía por la empinada cuesta de arena. Grité como no lo había hecho antes en mi vida, como quien sabe que no puede hacer un maní para evitar lo que se avecinaba. Entonces, superado el trance inicial, el recorrido me dio tiempo suficiente para recomponerme antes del próximo tobogán, solo que esta vez los gritos fueron modulados por las expresiones más floridas y excelsas de mi lenguaje.

La costa de Ceará, estado brasileño en el que se ubica Canoa Quebrada, está llena de un rosario de estos sitios: playas de arenas caprichosas, aguas prístinas y ecosistemas únicos que los convierten en parques de juegos para los aventureros, amantes de la adrenalina. O, como en mi caso, no tan aventureros, pero no importa, pues la naturaleza ha dotado a la región de retos de distinta intensidad para variados estados físicos y anímicos.

Porto das Dunas es uno de los más cercanos a Fortaleza, la capital del estado, a unos veinte kilómetros del centro metropolitano. Antiguo pueblo compartido por pescadores e indígenas, devino en refugio hippie durante los años 60 y 70 del siglo pasado. El caserío, de calles adoquinadas y casas tejadas, con paredes de colores sufridos, ha experimentado un cambio debido a la construcción de condominios de fin de semana, y su ambiente, sobre todo nocturno, ha pasado de la paz absoluta a una especie de laxitud aderezada por los frutos de mar, la cerveza y la música cadenciosa y pegajosa que ofrecen algunos bares y hostales. Aquí siempre es fin de semana y el código de vestimenta es bermuda, camiseta y chanclas.

Pero volvamos a nuestro recorrido en buggy: luego de la segunda caída en picada, la carga de adrenalina se metamorfosea en una dosis obscena de endorfinas en la sangre. Ya para el tercer y cuarto trance, me río como Vincent Price en el video Thriller, de Michael Jackson. Quizá por eso, los organizadores del paseo hacen una pequeña parada en la Barraca Oasis. Aquí podemos descansar, tomarnos una rica cerveza fría y refrescarnos en una laguna rodeada de palmas que surge, tal cual su nombre lo indica, como un oasis en medio de las dunas. Las aguas de la región presumen de una particularidad: siempre están entre los 22 y 25 grados Celsius, así que no se preocupe por un shock térmico si decide zambullirse en la laguna.

La misma particularidad tienen las aguas de las playas cercanas, por lo que nos sentimos casi en un jacuzzi, pues los pequeños peces que habitan la laguna a veces pueden agitar las aguas.

Podría pasarme aquí el resto de la tarde, bajo la sombra del rancho que refresca la brisa, con una bebida en la mano, arrullado por la música y el suave acento nordestino con el que se habla aquí, pero faltan otras aventuras por vivir. Descubro que, luego de la terapia de choque de la mañana, no le tengo reparos a nada. De vuelta a nuestros buggies y de aquí pasamos a otra laguna más grande, en la que nos aguarda una de las tirolesas más largas del estado, con un recorrido de trescientos metros.

La tirolesa tiene varias cuerdas, cuya diferencia radica en el destino al que se dirigen. En la tarima contigua, un grupo de muchachones irlandeses se hacen bromas antes de ir a dar, cada uno a su turno, al centro de la laguna que está al pie de la duna. Mi recorrido, por el contrario, termina en la orilla opuesta. Tengo una mente proclive al drama cinematográfico y, mientras desciendo, me imagino a Luke Skywalker en El retorno del jedi, pendiendo del esquife de arena y luchando para no ser consumido por el sarlacc, la malvada bestia que demora mil años digiriendo a sus presas. Al final, y de vuelta a la realidad, no me reciben los filosos dientes del sarlacc, sino los brazos de un guía que me desata el arnés y me manda de vuelta a la cima de la duna.

Ensayo un descenso más. Luego, mientras espero que mis compañeros de excursión hagan lo mismo, me entretengo mirando los bocadillos y bebidas que ofrecen los vendedores estacionados cerca de las tirolesas. Junto a los paquetitos de chips salados y gaseosas más comunes se muestran, además, una bebida a base de cachaza (espirituoso tradicional del Brasil), que promete ser un afrodisíaco natural para hombres y mujeres, aguas de coco tomadas directamente del fruto y un dulce de semillas de cajú (anacardo o marañón, en otras latitudes), producto muy común acá.

Ya atardece y nuestro guía ha guardado la cerecita para el final del día: el vuelo en parapente. La mayoría de los vuelos salen del final de una calle en Porto das Dunas, que ostenta el auspicioso nombre de Broadway, quizá porque reúne la mayoría de restaurantes y bares que animan la noche pueblerina. Aunque los despegues comienzan luego del mediodía, hacerlos al atardecer garantiza vistas espectaculares y un sol clemente. No hay broche más precioso para cerrar un día lleno de aventuras que la visión de las dunas rojas de Canoa Quebrada, inflamadas por la luz del atardecer.

Cuando abordamos nuestra van para regresar a Fortaleza, las llamas rojas del atardecer se han tornado en destellos de púrpura y gris plomo. La noche va cayendo mientras nos conducen de vuelta a nuestro hotel, y el pico de emociones que nos mantuvo al borde de la euforia todo el día va cediendo lugar a un grato sopor. A duras penas me quedan fuerzas para reunirme con mis amigos, en el restaurante del hotel, a cenar. Hablamos de nuestra experiencia y recordamos que, durante el día, vimos a otros turistas haciendo otras actividades. Algunos quedaron con ganas de tomar clases de kitesurfing, otros quieren probar con el sandboard, uno incluso vio a unos chicos practicando capoeira… Al final de la cena, lo teníamos decidido: había que ir de nuevo a Canoa Quebrada.

 


Cómo llegar

Desde Norte, Centro, Suramérica y el Caribe, Copa Airlines le ofrece dos vuelos semanales a Fortaleza, capital del estado de Ceará, en Brasil, a través del Hub de las Américas en Ciudad de Panamá. Más información disponible en www.copaair.com

Recomendación importante

Es más seguro contratar este tipo de excursiones con la Asociación de Bugueiros de Canoa Quebrada (ABCQ, por sus siglas en portugués). Puede que le ofrezcan excursiones a precios más módicos, pero no tienen las medidas de seguridad pertinentes a este tipo de actividades. Dirección: Rua Dragão do Mar, s/nº, Centro 60060-390. Tel. (88) 3421 7175. Más información disponible en www.portalcanoaquebrada.com.br y en www.setur.ce.gov.br