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Destino Ecuador

Caminando entre las nubes

La publicación estadounidense National Geographic distinguió el Bosque Nublado de Ecuador como uno de los 21 mejores lugares del mundo para visitar en 2017, por la enorme biodiversidad que caracteriza a esta región.

Texto y fotos: Miguel Ángel Pérez

En las laderas del volcán Pululahua se elevan unas grandes mallas de tela que, literalmente, sirven para cazar las nubes. A partir del mediodía emergen desde el cráter, como si fueran almas que quisieran escapar de las entrañas de la tierra. Luego, a través de canales, recogen el agua para el abastecimiento humano. Desde el mirador turístico podemos divisar la magnitud de este coloso de casi cuatro kilómetros de diámetro, con sus tres domos (pequeñas lomas) al fondo, que albergan una vegetación tropical rebosante de orquídeas y helechos.

El Sendero de las Ventanillas nos lleva al interior de este volcán todavía activo, cuya última erupción fue hace 2.200 años. La planicie de la caldera está enmoquetada de parcelas cuarteadas con zonas de cultivos en tonalidades marrones y verdes, y pequeñas casas donde viven unas cincuenta familias que se dedican a la agricultura y la ganadería. “Aquí lo tenemos todo. Es una tierra fértil que nos da de comer. En este lugar no existe ninguno de los males de la gran ciudad”, explica Rodrigo Ortiz, uno de sus moradores.

Los paseos a caballo o las visitas a las piscinas naturales son algunos otros atractivos de esta mole de lava y piedra, a escasos veinte kilómetros de Quito. Aquí también se encuentra el Hotel El Cráter, uno de los dos alojamientos del planeta que le permiten la experiencia única de dormir dentro de un volcán. Más allá de su belleza y singularidad, el Pululahua (que significa “nube de agua” en quichua) se revela como una de las puertas de entrada al Bosque Nublado, uno de destinos imprescindibles para visitar en 2017, según la prestigiosa publicación National Geographic.

La mejor manera para descubrir este territorio es en auto. Tras esta primera parada, el recorrido continúa por la vía Calacalí-La Independencia, que nos sumerge en los dominios del Bosque Nublado. Tras pasar Calacalí aparece un desvío hacia la Reserva de Yunguilla, el primer centro de turismo comunitario del país, fundado en 1995. Allí viven unas trescientas personas que un día decidieron dejar de talar el bosque para dar paso a políticas conservacionistas. Los visitantes conviven con las familias locales, colaboran en los huertos ecológicos o realizan caminatas a largo de sus múltiples senderos. También disponen de una pequeña fábrica artesanal donde producen quesos y mermeladas.

En las 27 hectáreas de la reserva es fácil encontrarse con algunas de las 120 especies de aves que tienen catalogadas y escuchar su trino resonando entre el follaje. Con un poco de suerte podemos ver el famoso colibrí de espada, con su majestuoso plumaje verde, o el tucán andino. Más difícil es toparse con alguno de los 44 ejemplares de oso de anteojos identificados en los límites de la reserva, pero nunca hay que perder la esperanza.

Continúa el recorrido por una serpenteante carretera ribeteada por una espesa vegetación que parece abrazar al caminante. Las cascadas brotan de las laderas y es habitual la irrupción de un arcoíris luego de alguna repentina lluvia y, cómo no, las sempiternas nubes, cuya textura se transforma según la hora del día.

Para hacernos una idea global: el Bosque Nublado está dentro de la región biogeográfica del Chocó, que se extiende desde Panamá, pasa por Colombia y Ecuador hasta llegar al noroccidente de Perú, cubriendo un área total de 187.000 kilómetros cuadrados. Considerada una de los puntos calientes de biodiversidad del planeta, la gran riqueza de su naturaleza se debe a la extrema humedad del ambiente, la alta pluviosidad, las temperaturas cálidas y sus diferentes pisos climáticos. En la zona ecuatoriana habitan 542 especies de aves, 113 de mamíferos y 21.490 tipos de plantas, de las que unas cuatrocientas son orquídeas.

Seguimos avanzando por la vía Calacalí-La Independencia hasta llegar a Nanegalito, a unos setenta kilómetros de Quito; una parada obligatoria para deleitar el paladar. Aquí, aseguran los entendidos, se sirven las mejores fritadas de Ecuador, un plato típico de la región andina que demuestra el sincretismo cultural entre la tradición culinaria española e indígena. Se prepara con pequeños trozos de carne de cerdo sazonados y fritos en su propia grasa, viene acompañado de mote (variedad de maíz blanco), maduro y aguacate.

Luego de rebasar esta pequeña localidad aparece la señalización hacia el Centro Ceremonial de Tulipe, donde se encuentran restos arqueológicos de los yumbos, una civilización que habitó estas tierras desde el año 600 d.C. hasta finales del siglo XVI. El espacio cuenta con siete piscinas cavadas en la tierra, seis con la forma de la luna en sus diferentes fases y una con la silueta de un jaguar. Están cubiertas de piedras ensambladas sin argamasa. Un depósito con un complejo sistema de canalización permitía el control del agua que, según explica la guía, apenas cubría unos cuarenta o cincuenta centímetros de altura. Los yumbos las empleaban como espejo de agua para la observación astronómica y con una finalidad ceremonial en los procesos de iniciación, purificación y fertilidad.

La carretera de Tulipe continúa bordeando colinas, tolas precolombinas, zonas de cultivo de caña de azúcar y bosques tropicales; claro indicio de que nos acercamos a la región de Mashpi, la zona más pura y con mayor biodiversidad del Bosque Nublado. A pesar de que se halla a 110 kilómetros de Quito, la sensación es la de estar en medio de la selva. Allí se encuentra Mashpi Lodge, un auténtico santuario natural distinguido también por National Geographic como uno de los 24 Unique Lodges of the World.

Las enormes puertas de madera de entrada recuerdan a la película Parque Jurásico. Luego de recorrer unos veinte minutos a lo largo de un pequeño camino de tierra, atravesado por ríos y helechos con hojas de más de un metro, aparece el edificio principal sitiado por una frondosa vegetación. Se trata de un exquisito hotel boutique gestionado bajo principios ecológicos. Entre sus materiales predominan el metal y el vidrio, para que el visitante esté en todo momento en contacto visual con el salvaje entorno, creando una sensación de estar en el interior de una burbuja de cristal en medio del Bosque Nublado.

Detrás de este proyecto se encuentra el ambientalista y empresario Roque Sevilla, quien fue director de la Fundación Charles Darwin de Galápagos y del Fondo Mundial de la Naturaleza: “En el año 2001 compré, junto a otros inversionistas, unas 1.200 hectáreas con el fin de protegerlas. Durante muchos años venía con mi familia y amigos a acampar, con las incomodidades propias de dormir en la selva. Allí mismo se me ocurrió la idea de construir un hotel con todas las comodidades, pero sin renunciar al entorno natural”.

El lodge también es un centro de investigación. Cuenta con un laboratorio con biólogo residente adonde acuden estudiantes de universidades internacionales para realizar sus pesquisas. En sus 1.200 hectáreas han identificado a más de quinientas especies de aves, 34 de ellas endémicas, y un gran número de mamíferos, entre los que destacan monos, venados, osos perezosos y pumas. Recientemente descubrieron una nueva especie de rana, magnolia y orquídea.

En sus alrededores hay mucho que hacer: explorar la zona por senderos que conducen a cascadas y ríos edénicos, visitar el mariposario o el área de colibríes, pedalear junto a las copas de los árboles a cuarenta metros de altura en el Sky Bike o subirse a un teleférico de dos kilómetros de longitud y 160 metros de elevación para dar un paseo entre las nubes.

Ahora toca desandar lo recorrido. De vuelta a la ya familiar vía Calacalí-La Independencia, la carretera sigue unos cuarenta kilómetros al norte hasta llegar a Mindo, un destino para los amantes de la adrenalina. Aunque posee una amplia infraestructura hotelera, el pueblo mantiene una atmósfera hippie, con grafitis de la Pachamama en los muros, tiendas de comida vegana y artesanos con rastas que venden pulseras y collares.

En la calle principal de este pueblo de unos 2.500 habitantes abundan los restaurantes, bares, tiendas de souvenir y empresas especializadas en deportes de aventura. Las actividades más solicitadas son el canopy: lanzarse por los aires entre frondosas quebradas a través de un cable de acero sujeto por un arnés; el tubbing, que no es otra cosa que dejarse llevar por la corriente del río sobre un grupo de llantas neumáticas amarradas, el ciclismo de montaña y el rafting. Para las personas de alma más sosegada hay excursiones de cacao, concierto de ranas nocturno o una visita al Santuario de las Cascadas, con numerosas caídas de agua donde tomar un refrescante baño.

Parece que nuestro viaje finaliza aquí, pero no es así; en realidad aquí comienza otro. En tan solo dos horas más llegamos a la costa del Pacífico ecuatoriano, para despedirnos del día comiendo un cebiche y contemplando el atardecer desde alguna de sus playas. A la misma distancia y en dirección opuesta es posible tomar un chocolate caliente a los pies de un glaciar. Esta es una de las maravillas de recorrer Ecuador: un país pequeño, pero que es el más diverso por kilómetro cuadrado del mundo.