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Cuento

Caligrafía (Ejercicio narrativo)

“…esas islas del delta que sin duda contribuyen a la inmovilidad de sus aguas”.
Juan José Saer

Por José Balza
Ilustraciones: Henry González
Selección y compilación: Carolina Fonseca

Ahora la dejo en su esplendor. Hace muchos años que hice construir esta habitación con su amplia terraza solo para contemplarla. Y quiero mirarla hasta el final.

Mi primer contacto con ella está próximo al terror: prácticamente nací dentro de una embarcación, ya que el trabajo de mi padre consistía en recoger productos en muchos lados y llevarlos a la pequeña ciudad central.

La casa —esta misma donde ahora descanso, pero distinta, claro— nos recibía por las noches y durante los domingos; las horas restantes se iban en distribuir la mercancía. Estuve familiarizado con las aguas desde niño. Por eso mismo supe tempranamente que la presencia de un remolino tenía significados diversos y especiales: dirección de las aguas, poder absorbente, lanzamientos de la nave en sentido inesperado.

Así, de repente, cuando yo tenía seis años surgió un mínimo punto, ágil y giratorio, en medio del río. El vasto líquido parecía incapaz de frenar allí, pero lo hacía: algo se alteraba en su fondo y provocaba aquella delicada ondulación. Estaba asistiendo a su nacimiento y no lo sabía.

Cuando las grandes tempestades, cuando la lluvia interminable y cerrada hacían oscurecer todo, mi padre y sus ayudantes gritaban tratando de esquivar aquel punto. Podrían encallar o perder la propela. Yo percibía un alerta desconcierto y sentía asomar en ellos un raro miedo.

Miedo que se convirtió en terror una tarde cuando, en efecto, la curiara chocó contra algo que permanecía en el fondo. Los marineros venían confundidos y mi padre no supo maniobrar a tiempo. La embarcación se volteó, todas las cosas fueron arrastradas por la corriente y yo quedé, al nadar un poco, colocado suavemente sobre una superficie de arena.

Apreté los pies contra aquella cubierta nueva, tersa y extrañamente sólida, mientras alrededor el agua corría con fuerza agitando mi cuerpo. Los tres ayudantes y mi padre gritaban que me quedara quieto. Iban devolviendo la nave a su posición correcta y trataban de rescatar algunas cosas. La tormenta arreciaba y ya el sol no volvería.

Al susto siguió una sensación de bienestar: sumergido hasta el pecho, el inmenso río me envolvía con calidez, en contraste con el viento helado que cortaba la cara. Movía los brazos como si nadara, inmóvil, porque la corriente parecía desplazarme. Y en los pies, aquella fugitiva seguridad de la arena. Pero pasadas algunas horas la dirección de la corriente cambió: el río comenzaba la llenante.

Primero de manera lenta y luego rápidamente la arena comenzó a escapar de mis pies. Todos trabajaban con prisa en medio de la penumbra y la lluvia. Y entonces comprendí que las aguas me taparían, me llevarían sin que nadie lo advirtiera: el río crecía, la corriente me empujaba, quedaba sin piso. Con agua en la boca, creí llamar y fue inútil. De repente una linterna alumbró, con esfuerzo levanté la mano y fui alzado hacia la embarcación que, por azar, nos auxiliaba.

Al final de la infancia y durante toda la juventud volví a ese lugar y a esa sensación de la arena escapando. Fui al comienzo con mis hermanos, después con amigos. Más tarde con mi mujer y mis hijos.

Pero aquel primer contacto de la mirada: el remolino anunciando, en vez de un abismo, tierra que crecía, y el de mis pies con la arena, me confirmó lo que escuché decir a todos: en medio del vasto río, justo frente a la casa de mi padre, estaba saliendo una isla.

En efecto, las arenas que aparecían brillando bajo el sol y que desaparecían cuando subía la marea, terminaron por quedar al descubierto: superficies doradas que se levantaban como suaves lomas o que se hundían como pozos internos: hondonadas y elevaciones rodeadas de peces. Un día se quedó varado el tronco de un árbol, otro aparecieron hierbas delgadas. De repente un brote de hojas en la parte más oscura del suelo, que ya parecía tierra.

Cuando concluía mi pubertad, un pequeño bosque bordeaba la extensión de la playa. Tal vez fue en esos meses cuando realmente comenzaron a llamarla isla y cuando dentro de su vegetación confirmé, con exuberancia, el poder viril de mi joven cuerpo. Al arrojar el semen sobre sus grietas, antes de que una muchacha también lo recibiera, acostada en ese musgo, sentí que un vínculo definitivo nos unía.

Fui a trabajar a otras regiones. Me ausenté por algunos años hasta que también pude volver y establecer un pequeño negocio de informática, en la ciudad próxima. Desde mi casa de siempre (muertos ya mis padres, idos a la capital mis hermanos), nunca omití mi regreso a aquellas playas, que ahora parecían pequeñas, una leve cinta entre el agua y la tierra, porque la isla se levantaba, poderosa y visible.

El paisaje y la zona cambiaron. Prueba de eso ha sido mi productivo trabajo. En las largas riberas han aparecido otras poblaciones. Autos y gente desconocida transita por cada rincón. La selva parece haberse alejado. Y sin embargo, la isla sigue en medio del río vastísimo como una señal desafiante. Quizá la proteja la desmesura del río. Me pregunto a veces cómo pudo elegir el lugar donde iba a formarse, aunque sé que en el delta siempre está creciendo una isla.

Tal vez no sea yo todavía un hombre completamente viejo. Mi mujer murió y nuestros hijos abandonaron la región. Aparte del encanto con que me envuelve este clima cálido, un misterio secreto me une a la isla. ¿Cuántos hombres han visto nacer alguna? ¿Están conscientes de ese hecho quienes lo han vivido? Creo que mi destino era ser fiel a su presencia: verla, conocerla, explorarla, guardarla en la memoria como una fantasía más extraordinaria que la realidad.

Ignoro cuándo comprendí que había nacido para eso. Y me quedé aquí. Reformé mi vieja casa para tenerla siempre enfrente. Adivino sus matices, su zoología, sus cambios de vegetación. Es una esposa cambiante, inmóvil y enigmática. Nada suyo me pertenece, pero nada es ajeno. En ocasiones he creído sentir que ella reconoce mi existencia.

Hace un año, visitándola, encontré que el río había horadado algunos de sus bordes. Nada extraño en barrancos deltaicos. Excepto que en esos días había soñado por primera vez con mi muerte, con mi ausencia. Soñé que alguna vez el delta moverá sus aguas y sus tierras. Que esta isla desaparecerá en el tiempo inmenso.

Ahora, cuando sé que me iré, cuando me adelanto a morir, la dejo en su esplendor. Esta tarde la veo entregarse al crepúsculo y todo refulge en mi corazón.