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Cuento

Caldo de gallo

Por: Rafael Ángel Herra
Texto incluido en el libro inédito El sexo fuerte (en prensa en Uruk Ed.)
Ilustraciones: Henry González
Selección y compilación: Carolina Fonseca

Aquella tarde, poco antes de morir, la abuela decidió preparar el mejor caldo del mundo. Desde hacía varios días había adivinado, pues estaba casi ciega, un gallo blanco que rondaba la casa y dormía junto al arbusto de reina de la noche. Caminando a pasitos irregulares hacia la galera donde se echaban las gallinas, tropezó con él y lo agarró de un ala antes de que huyese. Era su día de suerte. Siempre le había gustado el misterio de los atardeceres.

La abuela vislumbró el brillo más allá de su ceguera. El gallo irradiaba una extraña claridad en la calma del lunes. Cuando sintió que lo tomaban del ala, no opuso resistencia y se dejó arrastrar. Las gallinas cacarearon en la galera y luego se tranquilizaron.

En el fogón ardía el rescoldo. No hay gallo, por viejo y duro que sea, al que no ablande un buen remojón de agua calentada con leña de aguacate.

Antes le ayudaba el abuelo. El abuelo amarraba primero al ave por las patas. Después, cuando le había retorcido el cuello, resonaban los aletazos de loco por toda la casa. La abuela le echaba agua caliente a chorros, le arrancaba las plumas y, ya desplumado, lo pasaba sobre las llamas del fogón, para quemarle las últimas plumillas. Después, sobre el moledero, le abría el vientre con el cuchillo de la cocina y le sacaba cuanta cosa encontraba adentro: los intestinos, el corazón, el buche lleno de piedrecillas, el hígado. Le extirpaba la hiel con cuidado para evitar que se derramara un líquido repugnante por todas partes y se echara a perder la cena. Al final, también la cabeza cortada de un tajo iba a parar a la olla.

Pero el abuelo ya había muerto y la abuela no podía recurrir a nadie en su soledad de los lunes para que le ayudara a retorcer pescuezos y levantar la olla; entonces, sin ánimo de usar el agua que ya humeaba sobre el rescoldo, pues no tenía fuerzas en el cuerpo, se puso a desplumarlo vivo, despacio, refunfuñando contra el bicho más duro de pelar que había conocido en su vida. Mientras lo sostenía con una mano y con la otra le daba tirones a las plumas, se imaginaba que el gallinero revoloteaba cacareando y que a su lado se divertían otras jóvenes, como hacía mucho, mucho tiempo, mientras ella, sentada sobre una piedra, desplumaba los pollos de la fiesta y alfombraba la tierra de colores. En su memoria bulló el gusto del caldo preparado en la casa de sus padres aquellos sábados felices, muchos, muchos años antes, cuando aún no conocía al abuelo y soñaba con las fragancias de flores blancas que la acompañarían hasta el día de su muerte. Iba arrancando plumas a tirones y rebuscando en el pasado las razones de su tranquilidad.

Había sufrido en la vida y, sin embargo, estaba en paz consigo misma, porque echó las tortillas al comal cada mañana, compartió los frijoles, las toronjas, y sembró semillas por todas partes. Le alegraba mimar a las visitas con el caldo de gallo.

Mi abuela era tan buena que vino un ángel a ayudarle a morir; pero como estaba casi ciega, lo confundió con un gallo y le arrancó las plumas. Sin duda fue una mujer bienaventurada y llena de inocencia, pues voló al Cielo en compañía de un ángel pelón, oloroso a flores de reina de la noche, creyendo que había preparado el mejor caldo de su vida.

El autor

Rafael Ángel Herra nació en Alajuela (Costa Rica). Doctorado en la Universidad Johannes Gutenberg de Maguncia (Alemania), es miembro de número de la Academia Costarricense de la Lengua, ha sido catedrático de filosofía en la Universidad de Costa Rica y fue embajador de Costa Rica en Alemania y en la UNESCO. Autor de una veintena de libros de literatura y ensayo, algunos de los cuales han sido traducidos al francés, italiano y alemán. Recibió el premio Áncora que otorga el diario La Nación, por D. Juan de los manjares.