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Brasilia una experiencia del genio creativo humano

El pasado mes de abril, Brasilia celebró sus sesenta años de existencia. La ciudad, proyectada por el urbanista Lúcio Costa y ornamentada por las sorprendentes joyas arquitectónicas del genial Oscar Niemeyer, es una experiencia urbana vanguardista y arrolladora, que conquistó la admiración internacional.

Por Marcio Coutinho
Fotos: David Mesa, Javier A. Pinzón, Demian Colman

El pasado mes de abril, Brasilia celebró sus sesenta años de existencia. La ciudad, proyectada por el urbanista Lúcio Costa y ornamentada por las sorprendentes joyas arquitectónicas del genial Oscar Niemeyer, es una experiencia urbana vanguardista y arrolladora, que conquistó la admiración internacional. Construida en un territorio desértico en el interior del país, Brasilia supo combinar obras monumentales con el ideal de privilegiar la convivencia entre los residentes, que habitan en un verdadero parque residencial. Ese concepto arquitectónico y urbanístico obtuvo el título de Patrimonio Cultural de la Humanidad, otorgado por la UNESCO en 1987; distinción que ninguna otra ciudad moderna ha logrado.

El Plan Piloto, considerado el centro histórico de Brasilia, donde viven poco más de 220.000 personas, ahora está rodeado por 33 ciudades, llamadas regiones administrativas, construidas en las últimas décadas para dar cabida a la creciente población del Distrito Federal, que supera los tres millones de habitantes. Sin embargo, gracias a una ley de preservación, en el proyecto original se mantiene intacto el modelo innovador de “urbs y civitas” (ciudades y personas) para las próximas generaciones. Son 112 km² de extensión que reúne uno de los mayores acervos arquitectónicos y urbanísticos protegidos del mundo.

La epopeya de la interiorización de la capital, una propuesta que apareció por primera vez en el siglo XVIII, durante el Imperio colonial, estuvo marcada por muchos desafíos y curiosidades. Una de ellas fue la decisión de construirla, tomada en 1954 por Juscelino Kubitschek, entonces candidato a presidente, en un discurso de campaña electoral. Tan pronto asumió el cargo, JK, como era conocido, determinó el inicio de la construcción, enfrentando el escepticismo de la mayoría de los brasileños, especialmente de los que residían en la capital federal de Río de Janeiro.

Como el territorio a ser ocupado por el futuro Distrito Federal ya había sido demarcado por una expedición de científicos, a principios del siglo XIX, JK lanzó, en septiembre de 1956, un concurso nacional para elegir el proyecto urbano para la nueva capital. El aviso de licitación ya preveía la ubicación de algunos edificios, así como la construcción de un lago artificial, para aliviar la baja humedad del aire. Todo lo demás podría ser propuesto por los competidores.

Bautizado el Plan Piloto de Nueva Capital de Brasil, el concurso recibió 26 propuestas y eligió el proyecto de Lúcio Costa, miembro del movimiento modernista brasileño. Lo curioso es que su propuesta se redujo a un informe de 23 ítems, con bocetos hechos a mano y una carta del autor explicando que en realidad no estaba compitiendo: “Simplemente es el bosquejo de una posible solución, que no busqué, sino que surgió, por así decirlo, ya lista”.

Ciudad de alas


En el documento enviado al Comité de Jueces, Lúcio Costa dice que su proyecto nació del gesto primario de alguien que marca un lugar o del cual toma posesión: “Dos ejes que se cruzan en ángulo recto; es decir, la señal de la cruz”. A partir de estas dos líneas, Costa concibió la ciudad, en forma de mariposa para unos, avión para otros, distribuyendo los sectores y servicios a lo largo de los ejes. El eje principal, que llamó Monumental, recibió los principales edificios públicos, que culminaron en la Plaza de los Tres Poderes, la cual alberga el Congreso Nacional, el Palacio de Gobierno y el Tribunal Federal Supremo. El otro eje, que estaba ligeramente arqueado para adaptarse a la topografía y al flujo natural de las aguas, determinó la parte residencial, con la construcción, en ambas alas, de una secuencia de cuadras arborizadas, dotadas de todos los servicios y comercios, para hacer que el lugar fuera agradable, favoreciendo así la comodidad, convivencia, recreación y cultura.

Además del contexto histórico que exigía una ubicación más segura para la capital, Brasilia también fue una respuesta al desafío de llevar el desarrollo y la modernización al interior del país. Una misión que JK supo realizar con maestría, “trabajando muy bien las simbologías”, según recuerda Thiago Perpétuo, historiador del Instituto de Patrimonio Histórico y Artístico Nacional (IPHAN). “Lanzó una serie de discursos, entre ellos el sueño del santo italiano Don Bosco, quien habría señalado en una de sus visiones, en 1887, que entre los paralelos 20 y 15 surgiría una tierra prometida de la cual fluirían leche y miel. No se sabe si la profecía se refería a Brasilia, sobre todo porque no mencionaba los meridianos, pero con ella, JK sensibilizó al público que quería atraer, principalmente sectores de la Iglesia”.

La propuesta urbana de Lúcio Costa combina funcionalidad, lirismo y poesía, al proponer una vida bucólica en la futura metrópoli, integrando el poder público con la calidad de vida de los residentes. También sembró la idea de que las ciudades se deberían construir para la conveniencia y el crecimiento intelectual de sus habitantes, sin distinción de clase.

Según el arquitecto Robson Antonio de Almeida, presidente interino del IPHAN, “quien vive en Brasilia sabe de su excepcionalidad, sabe que la ciudad es algo único en el mundo, donde las relaciones entre arquitectura y personas son diferentes e innovadoras”. Él destaca la calidad de una ciudad parque, con docenas de enormes áreas verdes, y dice que Brasilia es la prueba viviente de que las ciudades protegidas son mejores para vivir. Sin embargo, la progresiva exclusión social de los más pobres a regiones distantes, empujados por la especulación inmobiliaria, solo confirmó que la utopía de Brasilia no ha logrado eliminar la injusticia social que siempre ha predominado en el país.

Candangos en acción


La aprobación del proyecto fue seguida por cuatro años frenéticos para construir una ciudad en medio de la nada. Decenas de miles de trabajadores, venidos más que todo de las regiones menos desarrolladas del norte y noreste, rasgaron la meseta central de Brasil día y noche para entregar, al final del mandato de JK, la nueva capital razonablemente construida, con la mayoría de los edificios públicos listos y varios bloques residenciales en funcionamiento. La intensa arborización que ocurrió en los años siguientes transformó a Brasilia en una de las áreas verdes urbanas más grandes del mundo. Son cientos de plazas, jardines, bosques, parques e incluso una selva que comparte el territorio. Se destaca la Plaza de los Cristales, que combina jardines, agua y concreto con gran armonía, y el Parque Nacional Agua Mineral, enorme área de preservación formada por grandes piscinas de agua corriente, a pocos kilómetros de la región central, que encanta a los brasilienses o candangos (gentilicios de los nacidos en Brasilia). Otro lugar agradable es el Pontão, a orillas del lago Paranoá, el hermoso espejo de agua de 48 km de área, llamado cariñosamente el mar de Brasilia, con playas, jardines, senderos, deportes acuáticos y numerosos bares, heladerías, restaurantes y opciones de viajes en lancha.

Viviendo en los superbloques

Aquellos que viven en uno de los 120 superbloques en las dos alas del Plano Piloto sin duda tienen una mejor calidad de vida, gracias al concepto de Lúcio Costa de privilegiar la vida bucólica y funcional en áreas residenciales. Cada cuadra tiene unos 280 metros cuadrados, donde se construyeron once edificios separados, con tres o seis pisos, sobre pilotes, lo que hace que todo el terreno sea un área pública única, permitiendo el libre movimiento de personas y eliminando obstáculos para la visión. No hay rejas ni muros. Y hay verde, mucho verde. Los residentes disfrutan de una gran área común, con una amplia variedad de árboles, incluidos árboles frutales, disponibles para todos. Otra precaución fue separar el tráfico de vehículos del espacio peatonal, garantizando la seguridad, en especial para los niños.

Cada conjunto de cuatro cuadras forma la denominada Unidad de Vecindad, que suma todos los servicios y la estructura necesarios para una buena vida. Las unidades de vecindad completas tienen escuelas, bibliotecas, cines, clubes, canchas deportivas, iglesias, estaciones de policía, centros de salud y otros servicios públicos, distribuidos de tal manera que los residentes puedan acceder a todo a pie, incluidas las calles comerciales cercanas, creando un espacio autosuficiente y lúdico.

Brasilia es el cuarto destino turístico en Brasil, atrayendo a personas de todas partes interesadas en conocer los edificios públicos y palacios que se curvan con delicadeza en todos los sentidos, gracias al uso innovador del hormigón armado, una marca de la arquitectura brasileña de la época, que tiene en Brasilia su laboratorio más grande. La Catedral Metropolitana, el Museo Nacional de la República y los palacios de Alvorada, Planalto e Itamaraty son algunos de los símbolos de las infinitas posibilidades que ofrece esta técnica constructiva.

Los amantes del arte se deleitan con la gran colección de obras de diversas épocas y artistas, exhibidas en museos y edificios oficiales, enriquecidas por numerosas instalaciones en espacios públicos de artistas como Burle Marx, Athos Bulcão, Alfredo Volpi, Marianne Peretti, Alfredo Cheschiatti y tantos otros que agregaron sus visiones a la ciudad, que siempre ha privilegiado la libertad creativa.

Coincidencia o no, Brasilia es la tierra de músicos inolvidables como Renato Russo y Cássia Eller y el granero de innumerables experiencias artísticas y cinematográficas. Aquí floreció la economía creativa, lo que llevó a la UNESCO a reconocer de nuevo la capital brasileña en 2017, esta vez con el título de Ciudad Creativa de Diseño. Otra característica sorprendente de este gran logro del genio creativo humano, que merece ser conocido por todos.

Nueva normalidad


Brasilia fue una de las primeras ciudades de Brasil en adoptar medidas radicales contra el coronavirus, y ya en septiembre comenzaron a registrar una baja significativa en los números de afectados. Gracias a ello, gradualmente los puntos turísticos y comerciales han ido abriendo junto con un intenso trabajo de fiscalización de uso de mascarillas, distanciamiento social, disponibilidad de alcohol en gel y control de la temperatura en bares, restaurantes y otros establecimientos públicos. La ciudad se preparara con entusiasmo para recibir de nuevo a los visitantes deseosos de conocer la ciudad más moderna y original de Brasil.

Copa Airlines reiniciará sus vuelos a Brasilia el 2 de noviembre con dos frecuencias a la semana, lunes y jueves. Mayor información en copa.com