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Destino Brasil

Brasilia: cuando un sueño se hace realidad

Durante el mandato de Juscelino Kubitschek se creó la compañía urbanizadora que realizó la proeza de construir Brasilia, en el asombroso plazo de cinco años, con la participación del urbanista Lúcio Costa, el arquitecto Oscar Niemeyer y el paisajista Roberto Burle Marx.

Por Julia Henríquez
Fotos Demian Colman

Juscelino Kubitschek fue un presidente sui generis en Brasil. Gobernó entre 1956 y 1961, tiempo durante el cual logró cosas extraordinarias como la industrialización y el desarrollo económico y social luego de una época políticamente difícil. Sin embargo, su más notorio legado fue Brasilia, la nueva capital, levantada en medio de la nada en el asombroso plazo de cinco años.

En 1954 se dieron los primeros pasos para crear la compañía urbanizadora NOVACAP (Nova Capital do Brasil), para que realizara la importante misión de construir esta utópica capital. Pero quizás el mayor logro de Kubitschek fue haber conformado un excepcional equipo de creativos: el urbanista Lúcio Costa como capitán del barco, el arquitecto Oscar Niemeyer y el paisajista Roberto Burle Marx. La fórmula prometía éxito, y eso fue lo que lograron.

Ante una meseta sin ningún tipo de hito geográfico, Costa concibió los espacios para los órganos administrativos del gobierno como eje central y dividió el espacio en ala norte y ala sur, para separar áreas residenciales y áreas comerciales. Por su parte, Niemeyer se concentró en cada edificio e imprimió en ellos las formas curvas y monumentales que tanto lo caracterizaron. A su vez, Burle Marx trazó lagos, jardines y caminos que darían un nuevo aire al árido desierto que se desplegaba frente a él. Trabajando por un salario mínimo, el equipo originó una ciudad que dejó con la boca abierta a legos y entendidos.

Brasilia fue inaugurada el 21 de abril de 1960 y la mudanza de los órganos del gobierno dio inicio a una nueva era. Los tres creativos reconfirmaron su consagración frente al mundo entero y su obra, que fue declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad por la UNESCO en 1987, aún conserva su línea de diseño. La urbanización exitosa, el orden y la belleza arquitectónica se respiran día a día en esta inigualable ciudad capitalina.

Para entender el orden de la ciudad, muchos describen a Brasilia como un avión. El pasillo central vendría siendo el Eje Monumental, esa avenida que ha competido con la 9 de Julio de Buenos Aires por la carrera de los Guinness. El Eje Monumental alberga oficinas de ministros y congresistas. A lado y lado de la vía destacan las obras de Niemeyer, curvas y juguetonas, acompañadas ahora por intervenciones más recientes como el Estadio Nacional.

Una de las obras más impactantes —y digo obras y no edificios, para darle el sentido que merece— es la Catedral Metropolitana Nossa Senhora Aparecida. Esta monumental iglesia invita a creyentes, ateos y turistas del mundo de diferentes creencias a dejar todo afuera y disfrutar de su inigualable belleza. Un verdadero lugar de reunión en donde la luz y el color cortan el aliento, causando la admiración de cuantos la visitan.

Junto a ella está el Complejo Cultural de la República, principal centro cultural del país. Compuesto por el Museo Nacional, con 14.500 metros cuadrados rematados con una cúpula fácilmente confundible con una nave espacial, y la Biblioteca Nacional, con una colección de unos 30.000 ejemplares, es además casa de eventos culturales y exhibiciones del cineclub BNB.

La vocación con la que fue concebida, ser la capital del gobierno, ocupó un papel fundamental en los planes de urbanización. Y sin duda la Plaza de los Tres Poderes reúne toda esa monumentalidad necesaria para albergar los poderes legislativo, ejecutivo y judicial en un espacio de obras de arte, esculturas y esparcimiento.

El Supremo Tribunal Federal cumple como sede de la Corte Suprema y el Tribunal Constitucional. El Palacio do Planalto es sede del poder ejecutivo y el Palacio Nereu Ramos alberga al Congreso Nacional de Brasil en dos semicúpulas y dos torres de control. Luego, una plaza plana que permite destacar las olas de Niemeyer, amante de lo curvo, rompe con la estructura de cemento cuadrado. Esta plaza fue pensada por Costa como su pequeño Versalles, pero dedicada al pueblo.

A lo lejos resalta el Panteón de la Patria y la Libertad Tancredo Neves, monumento en forma de paloma que rinde homenaje a los héroes nacionales, en especial a Neves, que fue el primer presidente electo en democracia luego de la dictadura sufrida en el país.

En un rápido recorrido por la ciudad es casi imposible perderse el Memorial JK y la torre de TV resulta perfecta para tener una vista panorámica inigualable de esta obra maestra. El memorial es un tributo a Juscelino Kubitschek, padre de la capital brasileña. Allí se exhiben, entre otras cosas, objetos personales del presidente y su esposa, Sarah. El exterior está decorado por una escultura de 4,5 metros de altura, creación del artista Honório Peçanha.

El Puente Juscelino Kubitschek, diseñado por Alexandre Chan, es una de las obras más recientes de la ciudad, lo cual no la hace menos impactante. Esta atracción turística, compuesta por tres olas colgantes, ha recibido premios internacionales y atrae a quienes cruzan el lago Paranoá en carro o caminando.

Pero la ciudad no solo está compuesta de concreto y avenidas. El lago Paranoá (con cuarenta kilómetros cuadrados y 48 de profundidad) fue creado para darle un respiro al ambiente y por eso no deja espacio al desperdicio. El lago funciona como un centro de recreación y turismo, donde se reúnen cientos de personas para practicar deportes acuáticos o cenar contemplando un atardecer deslumbrante.

El final perfecto puede ser dar un recorrido de arte, cultura e historia resumida en las paredes blancas, que parecen ondear junto a ordenadas avenidas y ventanas de vidrio que reflejan las luces, resaltando algunos colores que no sabías que existían.