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Ecología

Bosques de animales

Construyen bosques en el inmenso desierto marino, sirven de hábitat a numerosas especies tan importantes para el mar como para la alimentación humana, son tan coloridos y multiformes como las flores y, aunque no lo parezcan, son animales. Son los octocorales, los grandes desconocidos de la ciencia, cuyos aspectos básicos apenas ahora comienzan a ser investigados.

Texto y fotos: Fundación Azul-Verde-Azul

El mar es bello cuando lo vemos desde la playa: diferentes tonos de azul, a veces tranquilos como piscinas, a veces tormentosos, con olas y corrientes; no es gratuito que atraiga cada día a millones de turistas. Sin embargo, bajo esa mágica superficie que cubre el 80% de la superficie terrestre y otorga la base de su alimento a casi un tercio de la población mundial yace un mundo prácticamente desconocido para la ciencia, territorios totalmente inexplorados y seres vivos cuya historia natural aún está por descubrir.

Algunos de los ecosistemas marinos más interesantes y que llama la atención de los científicos son los conformados por los corales, animales que con su propia estructura forman arrecifes o bosques submarinos, creando el hogar para muchas otras especies: allí se pasean las tortugas, se congregan miles de peces de colores y se esconde una multitud de crustaceos y moluscos. Son los ecosistemas en donde nacen y pasan su primera etapa gran parte de los seres vivos que habitan el mar.

No todos los corales son iguales: algunos son duros y otros suaves. Los duros son los formadores de arrecifes; también se les llama hexacorales, porque cada uno de sus pólipos tiene seis tentáculos. Aunque estos tentáculos les sirven para atrapar su alimento (pequeños organismos en el plancton), la mayor parte de su alimentación proviene de una simbiosis con una pequeña alga llamada zooxantela, que vive dentro de cada pólipo. El alga hace la fotosíntesis y comparte los nutrientes con el coral; a cambio el coral le provee un lugar donde vivir. Sin embargo, para vivir, el alga requiere de aguas calmas, someras y cristalinas con un delicado equilibrio de temperatura. Es la razón por la cual esta estrecha relación está en peligro: las elevadas emisiones de carbono que liberamos todos los días a la atmósfera están haciendo que la temperatura del agua aumente, lo cual mata a las algas y, por ende, a los corales. Este fenómeno ha sido de gran interés para el mundo científico y la mayoría de las investigaciones se han dedicado a estudiar este tipo de coral.

Sin embargo, están también los grandes desconocidos: los corales suaves, también llamados octocorales (porque tienen ocho tentáculos en cada uno de sus pólipos), de los cuales existen más de cien especies. Estos corales viven en el Pacífico este tropical (región biogeográfica entre Baja California y el norte de Perú), donde las aguas son muy activas debido a fuertes corrientes marinas. Para llegar a algunas de sus colonias es necesario practicar lo que se conoce como “buceo bandera” donde el científico baja agarrado del ancla mientras su cuerpo se bate, literalmente, como una bandera. No es de extrañar por ello que exista poco conocimiento de su naturaleza, y apenas sea ahora, en pleno siglo XXI, que se estén investigando sus aspectos básicos.

La razón para que puedan crecer en lugares tan inhóspitos es que, a diferencia de los duros, los corales suaves no dependen del alga, ya que emplean sus tentáculos para atrapar su alimento. Los octocorales, además, no forman arrecifes; sus colonias se adhieren a las rocas y así pueden conquistar espacio desde el borde de la superficie hasta profundidades mayores a los cien metros en donde  crecen en forma de árbol, con un tallo y muchas ramas, cumpliendo así un papel fundamental: permitir la vida en áreas que de otra forma serían verdaderos desiertos. En las ramas de estos corales viven cangrejos microscópicos, estrellas quebradizas y moluscos, bajo el dosel se refugian pequeños peces y muchos invertebrados, y por encima se congregan los peces grandes, que suelen conformar la fuente de alimento para el humano, como el pargo. Sus colonias se conocen como los “bosques de animales”, constituyen verdaderos oasis en medio de la inmensidad oceánica y son valiosos guardianes de una información aún no leída por el ser humano.

El trabajo de conocer más acerca de estas especies, identificarlas y ponerle nombre a las que aún no habían sido descritas fue activado hace cerca de diez años por los científicos Héctor Guzmán, del Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales (STRI), y Odalisca Breedy, del Centro de Investigación en Ciencias del Mar y Limnología (CIMAR), de la Universidad de Costa Rica. En este lapso, ellos han descrito 34 nuevas especies, la mayoría de ellas provenientes del Pacífico de Panamá y Costa Rica.

Una vez descritas las especies, empezaron los estudios para entender la biología y ecología básica de estos corales. Tras un minucioso trabajo de campo en el Pacífico panameño liderado por Catalina Gómez durante sus estudios doctorales en la Universidad McGill, ahora sabemos cómo se reproducen, qué limita su reclutamiento (proceso mediante el cual nuevos seres se unen a la comunidad) y cómo se vincula esto a los cambios anuales de temperatura y a la competencia por espacio con otros organismos sésiles (los que crecen adheridos a un sustrato).

Por ejemplo, cada pólipo de Leptogorgia alba, de ramas delgadas y blancas, produce apenas unos tres o cuatro huevos una vez al año y tiene altos índices de reclutamiento y mortalidad. En cambio, el Muricea austera, de ramas gruesas y color crema, produce unos treinta huevos mensuales durante todo el año. Gómez también cuantificó las probabilidades que tienen las especies más comunes de reclutarse, sobrevivir o morir, y calculó mediante un modelo matemático que una especie es reemplazada por otra cada uno a cinco años, y que tardaría unos 21 a 34 años en volver a su estado original después de algún disturbio, dependiendo del ambiente en que se encuentre.

Estudiar la biología básica de estas especies es solo el comienzo para entender un ecosistema complejo y desconocido. En los octocorales vive una gran cantidad de invertebrados y sus ciclos de vida son dependientes uno del otro. Es allí donde se congregan muchas de las especies que alimentan al ser humano y, además, albergan bacterias resistentes a enfermedades como el cáncer y la malaria, según comprobó un grupo de investigadores liderado por Marcelino Gutiérrez, del Centro de Biodiversidad y Descubrimiento de Drogas del Instituto de Investigaciones Científicas y Servicios de Alta Tecnología (INDICASAT).

En conclusión, las investigaciones de Guzmán, Breedy, Gómez y Gutiérrez son apenas el comienzo de una historia que empieza a tomar forma. Ya conocemos los aspectos básicos de estos animales, pero todavía falta mucho por investigar. No sabemos, por ejemplo, cómo reaccionarán estas especies al calentamiento y acidificación de los océanos. Todo parece indicar que son más resistentes que los corales duros, pero falta realizar experimentos para demostrarlo. El caso de los octocorales es solo un ejemplo de lo poco que sabemos de los océanos y de ese mundo fascinante que vive bajo la superficie del agua.