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Reportaje

Bogotá, capital mundial del teatro

Desde el principio, el Festival Iberoamericano de Teatro de Bogotá ha sido mucho más que un encuentro de artes escénicas; se asemeja más a un bastión de libertad, una fiesta colosal en la que millones de personas celebran que el arte es uno de los grandes pilares de la vida.

Texto y fotos: Roberto Quintero

Hace unos diez años, cuando escuché decir por primera vez que el Festival Iberoamericano de Teatro de Bogotá (FITB) era “el más grande del mundo”, el escéptico que vive en mí pensó que se trataba de una exageración. Sin embargo, confieso que el comentario despertó mi curiosidad y decidí investigar. Y era cierto: por la dimensión del evento, la cantidad de artistas de gran trayectoria que allí se dan cita, el número de espectáculos y la altísima participación del público, es el festival más importante de América y uno de los más relevantes del mundo. Sorprendido, y con el “rabo entre las piernas”, como diría mi madre, me prometí que algún día iría para constatarlo.

Quiso el azar que este año se cumpliera esa promesa. Y yo también puse de mi parte, claro. Con una determinación inusual, me preparé para vivir la experiencia: decidí que me iría por tres semanas a Bogotá, compré una cantidad absurda de entradas (más de veinte espectáculos) con meses de anticipación, me inscribí en cinco talleres e hice una selección de los conversatorios gratuitos a los que quería asistir. Intenté programar más actividades, pero ya no me quedaba ni un huequito en la agenda. Y luego de semejante organización, arribé a la capital colombiana confiando, ilusamente, que sabía en lo que me metía.

Pronto descubrí que la grandeza del FITB va más allá de sus increíbles cifras. El sábado 12 de marzo, una multitud entusiasta se apostó a ambos lados del tramo peatonal de la carrera Séptima, avenida principal de Bogotá, para disfrutar del tradicional desfile inaugural. La marejada de gente que asistió al evento era tan impresionante como el júbilo con el que vitoreaban a las más de 25 delegaciones de payasos, saltimbanquis, bailarines y actores que desfilaron durante dos horas. El fervor era casi religioso, lo juro. La alegría con la que los colombianos celebraban el teatro aquella tarde lindaba con la locura. En todos los años que llevo dedicado a las artes escénicas, jamás vi algo igual.

Para entender el amor y el sentido de pertenencia que los colombianos han desarrollado por el Festival Iberoamericano de Teatro de Bogotá, hay que indagar un poco en su historia y en la de su creadora, Fanny Mikey (1930-2008). En 1988, en medio de una de las épocas de mayor violencia en Colombia, esta actriz argentina (junto al gestor colombiano Ramiro Osorio) realizó la primera edición del encuentro, una corta muestra teatral que invadió la cotidianidad de los bogotanos. Pero al quinto día, grupos extremistas intentaron detener el evento, perpetrando un atentado que destruyó parte de la sede del festival, ubicada en el Teatro Nacional. Pese a las amenazas, Fanny decidió seguir adelante con el festival, y el pueblo la apoyó, generando una especie de movimiento insurgente contra el horror de la violencia de aquellos años. Así se convirtió en un espacio de libertad que llegó para quedarse y ser el “festival de la gente y para la gente”, como ella le decía; un lema que, en su honor y pese a su ausencia, aún se escucha en las calles de Bogotá.

Lluvia de estrellas

Más allá de la emotividad y la pasión con la que se vive, esta fiesta de las artes escénicas sabe deslumbrar cuando quiere. Para protagonizar el evento, llegó una constelación de grandes estrellas de las tablas para participar en la edición número quince del Festival Iberoamericano de Teatro de Bogotá, realizado del 11 al 27 de marzo. Aunque no sean tan famosas como Brad Pitt, sin duda, para la comunidad teatral son casi dioses del Olimpo.

Uno de ellos fue el alemán Peter Stein, uno de los mejores directores de teatro del mundo, quien presentó una puesta en escena monumental de Boris Godunov, de Alexander Pushkin, la gran obra trágica del Siglo de Oro ruso. Otro que dejó al público boquiabierto fue el legendario dramaturgo y director mexicano Luis de Tavira, quien presentó El círculo de cal (adaptación de El círculo de tiza caucasiano, de Bertolt Brecht), obra representada por la Compañía Nacional de Teatro de México. A pesar de sus cuatro horas de duración, ¡no le sobra nada!

Sin duda, entre lo más sublime que se presentó estaba la obra del genio vanguardista Toma≈æ Pandur, de Eslovenia, invitado recurrente del festival que esta vez arribó a Colombia con una versión de Fausto (el de Goethe, adaptado por Livija Pandur) cargada de tecnología y una belleza gótica. Y cerrando el festival, apareció Thomas Ostermeier, el eterno rebelde e incendiario de Alemania, con su montaje de El enemigo del pueblo, de Henrik Ibsen, que puso a la audiencia a debatir acaloradamente sobre política y ecología, y a cuestionar cuál es el mundo que queremos construir.

Entre las propuestas orientadas al entretenimiento, una de las más populares fue la obra musical Arrabal, creada a partir del trabajo del compositor argentino Gustavo Santaolalla y su grupo de tango electrónico Bajofondo. El montaje estuvo dirigido por el laureado bailarín y coreógrafo caleño Sergio Trujillo, radicado en Nueva York, quien por primera vez mostraba un trabajo suyo en Colombia. Otra que se presentó siempre a sala llena fue la divertidísima comedia Hotel Paradiso, de la compañía alemana de teatro de máscaras Familie Flöz. Y por último, pero no menos importante, es vital destacar la visita del famoso payaso ruso Slava Polunin, aclamado por la crítica como el mejor payaso del mundo, con su Slava’s Snowshow. Este espectáculo hermoso y mágico, además de ser muy gracioso, fue el gran hit del festival. Tras realizar 16 funciones consecutivas con boletería agotada, los organizadores abrieron dos funciones adicionales para satisfacer la gran demanda de público.

Y hablando de los representantes de Colombia, el gran suceso del evento fue Labio de liebre, escrita y dirigida por Fabio Rubiano. Esta comedia negra ofrece una mirada cáustica sobre el difuso límite que hay entre víctimas y victimarios, para provocar una reflexión sobre el proceso de paz en Colombia. La crítica especializada la ha catalogado como el “mayor acontecimiento de la reciente escena teatral colombiana”, y el fenómeno del “boca a boca” la convirtió en “¡la obra que tienes que ver!”. Las entradas se agotaron apenas fueron anunciadas.

Las cifras de la alegría

Esto es sólo una pequeña muestra de lo que fue el FITB, pues abarcarlo todo es imposible. Durante 18 días, se presentaron 4.370 artistas de 32 países de cuatro continentes, 44 grupos internacionales y noventa colombianos. Fueron 914 funciones, incluyendo las realizadas entre salas, calles, parques, centros comerciales y espacios no convencionales, logrando una gran audiencia de 2,2 millones de personas. ¡Increíble! Esto representa una ocupación del 82%, cifra que pocos festivales de teatro del mundo alcanzan.

Ahora, totalmente convencido de que el Festival Iberoamericano de Teatro de Bogotá es el más grande del mundo, la pregunta obligada es cómo lograrán superar el éxito alcanzado en esta edición. La próxima cita ya tiene fecha: del 16 de marzo al 1 de abril de 2018. Ahí estaré para averiguarlo.

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