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Personajes

Bernard Sumner: un hombre bizarro

Bernard Sumner cambió el curso del pop en Inglaterra con su agrupación New Order. Tras una década de silencio, un libro autobiográfico y un álbum memorable, publicado a finales de 2015, lo sacaron del olvido. Uno de los artistas más creativos e innovadores en los géneros contemporáneos comparte con Panorama de las Américas anécdotas y memorias de cuarenta años de buena música y mucho rock and roll.

Por  Jacobo Celnik
Fotos : Cortesía

Pocos músicos pueden darse el lujo de asociar su nombre a dos grandes bandas de la historia de la música popular. Le pasó a Eric Clapton con Cream y los Yardbirds, y a Charly García con Sui Generis y Serú Girán. Al inglés Bernard Sumner la vida también le ha dado ese privilegio y su historia parece una novela con final feliz. Hoy tiene sesenta años y mira el paso del tiempo con la sabiduría de un hombre que ha sorteado las duras etapas para conquistar la felicidad. Primero junto a Joy Division cambió el curso del punk, luego con New Order, la historia del pop. Sus orígenes se remontan a uno de los barrios más pobres de Mánchester. En Salford conoció la escasez y las angustias económicas en un hogar disfuncional a cargo de una madre enferma, que dependía del apoyo incondicional de sus padres para no terminar viviendo debajo de un puente. Sobrellevó esa cruda realidad con buen humor, cerveza y música.

Sumner creció escuchando los programas de radio de la BBC y viendo a las estrellas británicas en el programa Old Grey Whistle Test. A varios los admiraba y soñaba algún día con llegar ser como ellos. El camino por recorrer era complicado y él comprendió a tiempo que la solución estaba en sus manos. Siendo adolescente recibió un regalo que le cambió la vida: una guitarra. En su cuarto apilaba sencillos y casetes que obtenía de sus compañeros de colegio, con quienes intercambiaba opiniones sobre los gustos musicales. Años más tarde, cuando escribió sus memorias, Sumner encontraría en la música un poder sanador para ser el hombre que es hoy en día. New Order, Joy Division y yo (Sexto Piso, 2015) es el testimonio sincero de un hombre que debió terminar trabajando en una oficina, pero cuyo destino quiso hacerle tocar las puertas del éxito gracias a la música.

“Para escribir el libro recurrí a mucha música que me marcó en mi adolescencia, desde los Stones, Hendrix y Led Zeppelin hasta la música de Ennio Morricone. La música tiene la capacidad de llevarnos en el tiempo a momentos y situaciones concretas”, recuerda Sumner desde su casa en Mánchester. La primera banda en la que participó junto a viejos amigos de la escuela secundaria plasmó todas las influencias recibidas. Warsaw evolucionó en Joy Division y, sin quererlo, estos cuatro jóvenes de Mánchester cambiaron el rumbo del punk en 1977. Pero más que la notable influencia de la crudeza y rudeza del punk, Sumner, junto a Peter Hook, Ian Curtis y Stephen Morris crearon un proyecto único para la época, que le abrió la mente a toda una generación de jóvenes que soñaban con vivir de la música. Fueron pioneros en el concepto indie de adaptar letras profundas con la frialdad de su ciudad. Su música era el reflejo de su entorno.

Pero el 18 de mayo de 1980, tras dos exitosos álbumes con Joy Division, la suerte cambió tras el suicidio del cantante Ian Curtis, que acabó con la posibilidad de viajar a Estados Unidos a promocionar el grupo; un paso esencial para pasar de ser un fenómeno local a uno global. Sumner no lo podía creer: pensó que se trataba de un mal chiste y que su destino estaría en manos de un jefe, que su vida dependería de un salario como oficinista y que pronto volvería a vivir en su casa materna como cualquier ciudadano del común; pero eso no iba a suceder. Bernard Sumner, el hombre que no debió ser estrella de la música, se burló del destino en su cara y lo retó. Tomó las riendas del grupo y decidió viajar a Estados Unidos, en un viaje lleno de dificultades y sorpresas desagradables, pero necesarias para mantenerse en la música.

“Fue un momento complicado, pues debíamos replantear el futuro sin Ian. Sabíamos qué música nos gustaba y nos inspiraba, y queríamos mantener esa línea. Teníamos potencial y creíamos en nuestro talento. No tenía sentido salir a repetir lo que otras bandas tocaban, porque desde el momento en que decidimos vivir de la música, nos tomamos este asunto muy en serio. Gradualmente nos dimos cuenta de que lográbamos avances al crear nuestras propias melodías y que funcionaban bien en los ensayos. Era un modo interesante de observar, de aprender, de adaptar y de escuchar. Ese viaje nos abrió los ojos”.

Muy pronto Joy Division se convirtió en New Order. Elegir un nuevo nombre era esencial y debían evitar a toda costa la polémica que se generó en su momento con Joy Division, cuyo nombre aludía a un lugar de diversión de los soldados nazis en la Segunda Guerra Mundial. Sumner, que nunca antes había cantado, decidió hacerlo y con eso evitó un proceso complicado para conseguir un cantante. Incluyeron a la teclista Gillian Gilbert, novia del baterista Stephen Morris, y como cuarteto tenían todo un camino por explorar. Fueron testigos privilegiados de una movida dance y new wave con componentes muy interesantes que podían adaptar a su música, principalmente en el beat y la melodía.

Una de las canciones más interesantes de la etapa de transición de New Order fue “Everything’s Gone Green”, que fue lanzada como sencillo y no se incluyó en el álbum debut de la banda. En esa canción, Morris y Sumner experimentaron con algunos de los aparatos disponibles en los estudios de grabación. En la manipulación del sonido encontraron la voz que por tanto tiempo habían buscado. “Fue un periodo muy interesante. El viaje a Estados Unidos y la influencia de algunas bandas como Kraftwerk, además de Bowie e Iggy Pop, nos mostraron nuevas posibilidades sonoras a la hora de componer. Fue nuestro primer intento de poner un pie en la música electrónica; nuestra aproximación al futuro. Era el sonido del futuro y tenía un componente agresivo que la hacía especial”.

A partir de 1983, con el álbum Power, Corruption & Lies y la canción “Blue Monday”, su primer éxito masivo, New Order se convirtió en una banda híbrida de culto que mezcló la música electrónica y el rock experimental. Posteriormente, los álbumes Low Life (1985), Brotherhood (1986) y Technique (1989) consolidaron el techno dance a escala mundial y se convirtieron en piezas de culto gracias al poder del beat, la simplicidad de sus sonidos y a buenas canciones como “Bizarre Love Triangle”, “Round & Round” y “The Perfect Kiss”. Crearon una audiencia y un legado que fue seguido por agrupaciones como Depeche Mode, Erasure y Orchestral Manoeuvres in the Dark. Los repitieron y se repitieron. Encontraron una fórmula y sacaron el mejor provecho posible para mantener una audiencia. “No me preocupa que la música se repita y que otras bandas repitan nuestra música. Además, ¿cuántas notas crees que hay en la escala musical como para no caer en repeticiones? En cada disco recuperamos nuestras raíces, proponemos, experimentamos. Parte del secreto de nuestra identidad”.

En 2015, tras diez años sin lanzar nuevo material en estudio, New Order presentó Music Complete, uno de los mejores trabajos editados en toda su carrera, que rompió con un par de trabajos más orientados al rock y retomó su esencia electro-pop, clave a lo largo de su carrera. Parte del éxito del disco —catalogado por varios medios, incluyendo a Mojo y NME, como el álbum más importante del año en el Reino Unido— tuvo que ver con la autobiografía de Sumner y la posibilidad de saldar cuentas pendientes con el pasado. También fue un disco que revivió parte de la alineación clásica del grupo. “Cuando escribes un libro no solo estás pensando en el impacto que puede tener en tu vida; debes pensar en los lectores y como tal debes centrarte en contar una historia sincera. Para mí, decir la verdad es fácil y emocionante. Si has tenido una vida interesante, ¿por qué no compartir las cosas como son? Mi libro no es pop elaborado, es la verdad tal como pasó”. Hoy Sumner disfruta de su hogar en Mánchester con la tranquilidad de hacer lo que más le gusta. Sale de gira, promociona el libro y el álbum, atiende múltiples invitaciones a presentarse en festivales en todo el mundo y piensa en nuevos retos junto a la banda. Mirar atrás solo sirve para tomar referencias útiles en la música. Su consigna es mirar hacia adelante, proponer y ser feliz. Es la historia de un artista que nunca debió ser una estrella del rock, pero que hoy brilla gracias a la paz que encontró en su interior.