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Destino Belice

Belice: Entre ruinas y verdes

El distrito de Cayo, en Belice, tiene paisajes naturales de gran belleza y ruinas de la antigua civilización maya, además de comunidades únicas en la región, como las menonitas de Spanish Lookout y Barton Creek.

Por Ana Teresa Benjamín
Fotos: Carlos E. Gómez, Corbis

Antes de contarles sobre ruinas mayas y bosques de pinos, quiero decirles algo sobre Belice. Viajé allá hace unos meses y, como el aeropuerto queda en la ciudad homónima, la primera tarde quisimos invertirla ―el fotógrafo y yo― en recorrer el lugar… La tarea la terminamos hora y media después, aunque ello no significa que el recorrido fuera poco interesante: Belice es una micro-ciudad con el mar al alcance de la mano, que desde el primer momento muestra su diversidad cultural y su herencia inglesa, en medio de una Centroamérica colonizada por España.

Reggae y calles estrechas, sopa de cebollas para almorzar, inglés como idioma oficial, un sistema de drenaje pensado para las mareas altas, la cerveza Belikin, el dólar con la imagen de la reina de Inglaterra… En la ciudad de Belice existe una zona comercial atiborrada llamada Orange Street, donde conviven chinos, paquistaníes y filipinos, y también la calle Albert, descrita como la Fifth Avenue del país. En el puerto de cruceros, puñados de turistas en bermudas y chanclas se suben a los autobuses, mientras alrededor hormiguean los buhoneros.

En Belice viven apenas 347.000 personas y sus 22.966 kilómetros cuadrados de territorio lo convierten en el segundo país más chico de la región, solo superado por El Salvador. Es tan pequeño que bastan dos horas de carretera para estar en el México inmenso o en la sufrida Guatemala; pero que esto no lo confunda: este pedacito de tierra posee paisajes naturales impresionantes, atractivos marinos inigualables y antiguas ciudades mayas que lo dejarán sin aliento. Aquí, una muestra.

Viajando a Cayo

La ciudad de Belice es apretada pero, una vez se toma la carretera hacia Belmopán, sorprende el espacio entre una casa y otra, la geografía absolutamente plana y los escasísimos autos que van y vienen por la carretera.

Belmopán, capital de Belice, se me antoja parecida a la Zona del Canal. Para entender la comparación, debo explicar que soy panameña y que la Zona fue una franja de territorio en Panamá gobernada por Estados Unidos desde 1903 hasta 1979, que se desarrolló con un concepto de paisajismo y orden perfecto. La Zona surgió a consecuencia de un tratado firmado con Estados Unidos que, tras el fracaso del proyecto francés, obtuvo el derecho de construir el canal luego de toda suerte de movidas y negociaciones políticas.

Bueno, Belmopán me recordó a la Zona. Los edificios de gobierno están montados sobre unas colinas suaves conectadas entre sí por callecitas serpenteantes, mientras los barrios se llenan de grandes viviendas en lotes amplios, porque en Belice no se construyen barriadas, sino que se venden lotes para que cada quien construya su casa hasta donde le alcance.

En el viaje a Belmopán abandonamos el distrito de Belice y atravesamos Cayo, el más grande del país. Luego supe que Cayo está formado por los pueblos de San Ignacio, Santa Elena y Benque Viejo del Carmen, y que en Cayo hay montañas ―la Pine Ridge Forest Reserve―, ruinas de antiguas ciudades mayas ―Xunantunich, Cahal Pech y Caracol― y dos comunidades menonitas que vale la pena visitar: Spanish Lookout y Barton Creek.

Viajando con Dora

Es miércoles y la mañana me sorprende en una cabaña anclada en una zona alta del pueblo de San Ignacio. El plan del día es ir a las montañas de Pine Ridge Forest Reserve, y para la misión han encargado a Dora Alicia Ruano: mujer de piel cobriza y cabellos largos escondidos bajo una gorra, hija de inmigrantes guatemaltecos que salieron de su país huyendo de la guerra.

Dora va al volante y, en el largo camino hacia la Thousand Foot Fall, cuenta un poco de sí misma, muestra los campos sembrados con cacahuates y explica por qué el bosque de la reserva se ve un poco desnudo. Dice que conoció aquel lugar siendo niña, cuando la escuela en la que estudiaba organizó una excursión. Como el nombre lo indica, el bosque de la reserva es de pinos, pero buena parte de los árboles tienen aún el tronco delgado y son bajos, pues hace algún tiempo una enfermedad afectó el bosque y muchos pinos sucumbieron.

Hoy, en plena recuperación aunque sufriendo los rigores del clima, el bosque sirve como preámbulo al mirador desde el que se aprecia la Thousand Foot Fall, una caída de agua que parece nacer del follaje y que se precipita al verdor de las montañas. Allí mismo hay unas cabañas que alquilan científicos interesados en el estudio de la fauna y flora de esa zona de Belice. En una de las cabañas vive el señor a cargo del lugar, junto a su esposa. Durante las noches, el viento frío sopla con fuerza, y algunas veces los despierta el rugido grave de algún felino que decide merodear entre las casas.

La siguiente parada son las Rio On Pools, una secuencia de pequeñas piscinas formadas entre las rocas; pero a la hora que llegamos se hace casi imposible disfrutarlas, porque es mediodía y las mesas de piedra arden bajo el sol. De todas formas nos quedamos allí un rato mirando el paisaje, debajo de unos arbustos raquíticos.

Luego de la breve visita a Rio On Pools vamos rumbo a las Big Rock Falls, y aquí puedo asegurarles que el lugar está como para quedarse a esperar los duendes. Para llegar hay que descender por unas escaleras rústicas desde las que, poco a poco, se va adivinando la cascada. Cuando por fin el bosque se abre, aparece el río y, hacia la izquierda, una corriente de agua que se despeña por una pared de roca que termina en un charco brumoso. Más abajo se forma un espejo limpio y amplio y, como el sol ha descendido un poco, se convierte en el momento ideal para dejarse embrujar por el rumor del agua.

Refrescada el alma, el turno es ahora para las Cuevas de Río Frío. Las antiguas creencias mayas cuentan que las cuevas eran la puerta de entrada al inframundo, y algo de cierto ha de haber porque la entrada a Río Frío es ancha y seductora, muy diferente al ojo de la aguja que la Biblia promete para los justos. Ya adentro, un río que discurre le otorga al ámbito un aire especial. Dice Dora que a veces pueden verse peces en las pozas, pero aquel día el agua solo era una insondable mancha negra. Ya afuera otra vez, un sonido agudo y abrazador nos envuelve: es el canto de miles de cocorrones que, escondidos entre las ramas de los pinos, nos regalan su melodía de amor y vida.

Viajando al pasado

El plan del jueves en Belice es conocer algunas de las ruinas mayas del país. Una de ellas es Xunantunich, que significa dama de piedra en yucateca. Para llegar al sitio hay que cruzar el río Mopán en un viaje en ferry de tres minutos.

Las primeras exploraciones en Xunantunich las realizó el médico británico Thomas Gann, en el siglo XIX. La primera fotografía del lugar de la que se tiene constancia fue tomada en 1904 y se exhibió en el Museo Peabody de Arqueología y Etnología, en Cambridge, Massachusetts. Las actividades se mantuvieron paralizadas hasta 1924, cuando Gann regresó y encontró muchos tesoros mayas, de los cuales no se tiene noticia.

A partir de 1990, la Universidad de California ―bajo la dirección de Richard Leventhal― empezó un trabajo de excavación y restauración que se mantiene hasta hoy. Entre lo que se ha podido determinar es que una de las épocas más florecientes de la cultura maya en esta región se produjo entre los años 670 y 780 a.C., cuando Xunantunich se consolidó como uno de los centros más importantes del área del río de Belice. Durante este periodo se erigió uno de los edificios más emblemáticos del complejo, denominado “El Castillo”, de unos cuarenta metros de altura; no apto para quienes sufren de vértigo. El complejo también cuenta con un centro de visitantes en donde hay una maqueta explicativa del lugar, fotografías, mapas, objetos y la historia de este antiguo centro ceremonial y político maya.

Por su parte, en las faldas del pueblo de San Ignacio se encuentra Cahal Pech, otro centro de ruinas mayas con unas 34 estructuras, incluyendo templos, palacios y áreas para el famoso juego de la pelota, que se jugaba en medio de rituales agrarios, religiosos, políticos y sociales.

Cahal Pech no tiene grandes edificios como Xunantunich, pero allí es posible imaginar con más claridad cómo era la vida cotidiana de la antigua civilización, porque se conservan espacios de viviendas (con sus cuartos, pasillos y pasadizos) y varios jardines interiores conectados entre sí. Las investigaciones realizadas indican que el lugar fue habitado hasta, más o menos, el año 900 a.C., lo que lo convierte en uno de los conjuntos mayas más antiguos de Belice occidental.

El recorrido del día termina de la mejor manera: alegrando el corazón con un ceviche servido en el Guava Limb Café, un restaurante localizado en Morra Town, San Ignacio, en una casita del mejor estilo tradicional beliceño. Al siguiente día, el periplo sería en las playas…

Cómo llegar

Copa Airlines ofrece dos vuelos semanales a la ciudad de Belice. Para trasladarse al distrito de Cayo, conviene alquilar un automóvil. Para obtener información más detallada ingrese al sitio www.travelbelize.org

Dónde hospedarse

Cahal Pech Village Resort, en el pueblo de San Ignacio. Tiene cuartos y cabañas con vista al pueblo, además de tres piscinas, bar y restaurante. El personal del hotel lo ayuda a organizar sus giras y paseos.

Dónde comer

Guava Limb Café, restaurante situado en una casa de madera sobre pilotes, restaurada, en Morra Town, San Ignacio. La carta es generosa y los ceviches, espectaculares.

Benny’s Kitchen, en Benque Viejo del Carmen, es un comedor popular que ofrece platos típicos beliceños y aquellos con influencia maya, guatemalteca y mexicana.

Curiosidades

En Benque Viejo del Carmen está el puesto fronterizo entre Belice y Guatemala. Es una frontera que parece tranquila y alrededor no hay nada, aunque se proyecta la construcción de una zona libre de impuestos.

Mientras en la ciudad de Belice se escucha con fuerza el reggae, en los pueblos de San Ignacio y Santa Elena se captan emisoras que transmiten corridos ―y narcocorridos― mexicanos. Póngale atención a las letras; son toda una experiencia sociológica.