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Reportaje

Barro Colorado: la isla de los científicos

La isla de Barro Colorado, enclave científico del Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales en Panamá, es uno de los lugares más estudiados del mundo. Desde su formación, a principios del siglo pasado, se convirtió en el prototipo para analizar la diversidad de plantas y animales en el trópico.

Texto y fotos: Javier A. Pinzón

La isla de Barro Colorado, enclave del Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales, es quizás uno de los lugares más estudiados en el planeta Tierra, cuyo territorio ha dado lugar a más de una publicación científica por hectárea de bosque. Desde su formación, a principios del siglo pasado, se convirtió en el prototipo de cómo estudiar la diversidad de plantas y animales en el trópico.

Esta isla, cubierta por un denso bosque húmedo tropical lluvioso, fue creada durante la construcción del Canal de Panamá, hace un poco más de cien años. En efecto, para lograr la hazaña de esta conexión interoceánica, las aguas del río Chagres se desviaron y represaron, creando así el lago Gatún, el lago artificial más grande en esa época. Cuando el bosque se inundó, emergió el pico de una colina, que recibió el nombre de Isla de Barro Colorado, más conocida como BCI (por sus siglas en inglés).

Según Megan Raby, historiadora de la Universidad de Texas, en Austin, la isla llegó a ser reconocida en el mundo de las ciencias naturales no sólo por estar en la selva húmeda tropical lluviosa, sino por ser un área relativamente accesible, en donde los pioneros James Zetek y Thomas Barbour establecieron un laboratorio. En efecto, los científicos pudieron internarse en plena selva y a la vez tener ciertas comodidades, lo cual les permitió concentrarse más en sus investigaciones y menos en la logística de permanecer allí. De hecho, podían dar una corta caminata desde su lugar de estudio y tener cocina, agua potable, habitaciones, baños y ducha. Así realizaron el sueño de llevar el laboratorio al campo.

Otros factores también influyeron para que el lugar se convirtiera en un centro de investigación. Al ser una isla en medio de la cuenca del Canal de Panamá, su protección estaba garantizada y su acceso era muy restringido, casi exclusivo a los investigadores. Según Megan, esto facilitó el desarrollo de equipos científicos. Allí los investigadores no tenían que llevar ni traer todo su equipo al campo cada vez que era temporada de colectar datos, pues además de poder marcar los árboles o los nidos de hormigas a su antojo, también tenían el privilegio de poder dejar sus equipos e instrumentos e instalar cámaras sin temor de perderlos, porque sabían que al volver los encontrarían.

Estos tres elementos (la selva, las comodidades y la posibilidad de dejar los equipos en al campo) fueron la receta perfecta para crear una atmósfera académica en el laboratorio de campo ideal. Los pioneros también se tomaron su tiempo para diseñar una red de caminos bien demarcados, lo cual mejoró mucho la movilidad bajo el dosel y les dio la oportunidad de observar la fauna en su vida diaria sin molestar con su presencia, pero sobre todo sirvió para poder tomar notas de lo que había en cada uno de estos lugares. Podría ser el primer día de un investigador visitante en la isla, pero él ya podía saber qué se había observado en cada metro de cada sendero.

Desde entonces, la realidad que Barbour y Zetek construyeron ha sido aprovechada al máximo. La isla recibe a unos quinientos investigadores al año de 37 nacionalidades, muchos de ellos estudiantes. Todos vienen a enriquecer este ambiente científico que se respira bajo el húmedo dosel del bosque.

Y como es de esperarse no es una selva cualquiera. Aquí la mayoría de los árboles tienen un número identificador, los nidos de hormigas están censados y mapeados, así como las cuevas de los murciélagos y los comederos de los ñeques. Banderitas y tarjetas de identificación cuelgan por doquier en las ramas y lianas de esta isla. Se sabe con cierta exactitud cuándo florecerán los árboles o estarán listos los frutos que moldearán las poblaciones de animales que los consumen. Y, sin embargo, después de un poco más de un siglo de investigación, todavía hay preguntas por resolver sobre estas 5.600 hectáreas de bosque.

Según Egbert Leigh, científico residente de la isla, durante la primera mitad del siglo pasado los estudios se enfocaron en describir y cuantificar a los habitantes, incluyendo plantas y animales. En esa época se publicaron las primeras listas de pájaros, abejas y flora. El centro conserva con esmero los viejos catálogos de notas de Barbour y Zetek, el herbario y las colecciones de semillas e insectos. No obstante, después de las dos guerras mundiales, el enfoque original fue cambiando y aunque se estudian aspectos muy diversos, la mayoría de investigaciones giran en torno al comportamiento animal y la ecología.

El reconocido ecólogo Stephen Hubbell y Robin Foster fundaron una parcela de cincuenta hectáreas en medio del bosque de la isla, con el objetivo de realizar un exhaustivo censo y mapeo de cada árbol y arbusto con más de un centímetro de diámetro. La información obtenida forma parte de una gran base de datos de acceso público, que se remonta al primer censo de 1982. Hasta la fecha han sido censados más de 350.000 árboles. Los datos colectados han servido de soporte a varias teorías ecológicas. Gracias a esto, Hubbell pudo responder una de las preguntas más importantes en la ecológica tropical: ¿cómo pueden tantas especies de árboles coexistir en tan poco espacio? Resulta que en este bosque cada especie de árbol tiene su propia peste, las cuales se encargan de que las especies no se vuelvan dominantes y tengan relativamente pocos individuos, lo que hace que muchas especies puedan compartir un pequeño espacio y que la alta diversidad se mantenga en el tiempo.

Los datos proporcionados por esta iniciativa, que describe la dinámica del bosque con sumo detalle, animó a treinta instituciones de investigación a escala mundial y ahora existen cuarenta parcelas similares en 22 países tropicales y en los bosques subtropicales de China, generando valiosa información para que los científicos puedan revelar los misterios de la inmensa biodiversidad de los bosques y saber por qué todos sus habitantes pueden convivir bajo el mismo dosel.

Además de los datos ecológicos, allí también se monitorean datos físicos y ambientales. Los niveles de lluvia se monitorean desde 1929; la radiación solar, la temperatura ambiental, la humedad relativa, la velocidad y la dirección el viento, desde 1972, y la evaporación desde 1993.

La comunidad investigativa que soñaron Zetek y Barbour se nutre día a día mediante la relación de los científicos visitantes con sus estudiantes. Además, todos los jueves uno de ellos dicta una charla a la que no sólo son bienvenidos los científicos del STRI. Esta es la oportunidad para que gente interesada en la ciencia y la ecología tenga una noción de lo que ocurre día a día en la isla Barro Colorado. Los sábados la isla abre sus puertas a pequeños grupos escolares que vienen a conocer el bosque y el método científico de primera mano. Quizás en unos años alguno de estos jóvenes vuelva a la isla para realizar su propia investigación.

¿Cuántas especies de animales hay en las 1.500 hectáreas de la isla Barro Colorado?

Mamíferos: más de 120.

Murciélagos: 72.

Monos: 5.

Hormigas: 225.

Plantas: 1.200.

Recomendación importante: Para visitar la isla es necesario programar una visita en la página www.stri.org. Se recomienda llevar repelente para insectos, chaqueta impermeable, pantalón y camisa larga, y botas de montaña.