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Barbados… solo allí

Barbados, uno de los trece países insulares de las Antillas, es una nación próspera, con casi todas sus carreteras pavimentadas, con servicio de salud para todos, poca corrupción gubernamental, educación gratuita para niños y jóvenes y una fuerte industria del turismo, el mayor generador de divisas.

Por: Mónica del Pilar Uribe Marín
Fotos: Demian Colman

 

 

Los mil quinientos metros que atraviesan el vecindario de Saint Lawrence, en la costa sur de Barbados, fueron mi primer encuentro con un país de la denominada América británica. Sus calles, desembocando en esa vía principal custodiada por discotecas, restaurantes, tiendas e incluso hostales, y el colorido derroche de una singular vida nocturna, amparada en el eco de las olas, asombraron mis sentidos.

Llegué a Barbados después del mediodía. El sol caía implacable y en mi recorrido hacia el hotel apenas había prestado atención a los vastos terrenos de generoso follaje adornados con rústicas viviendas. Conducía un nativo de la isla, de palabras contadas, amable y sonriente. Era —como lo pude comprobar después— el prototipo del barbadense, en el cual navega una paradójica mezcla británica y africana, que se ve reflejada en su vida cotidiana, costumbres y tradiciones.

Poco antes de la medianoche nos llevó a Saint Lawrence Gap (“The Gap”), pues algunos de sus coterráneos querían mostrarnos las especialidades marinas de un chef que manejaba su propio restaurante. Fue un acierto, y después comprobaríamos que en Barbados se come bastante bien, sea uno turista o no, o se tenga mucho o poco dinero, porque los isleños poseen los insumos para una gran cocina: frutas, pescados, verduras y talento. Esa noche fue el comienzo de un viaje inmerso en gratos descubrimientos sobre Barbados; uno de ellos ocurrió al día siguiente. 

Tras probar el muy popular flying fish, dorado y condimentado con la exquisita sazón de los barbadenses, caminamos por las calles observando las tiendas de ron, casi todas de madera y de las cuales hay miles en la isla, pues esta es su bebida nacional (dicen los nativos, en broma, que al lado de cada iglesia hay una tienda de ron).

De pronto oímos un golpe fuerte sobre madera, seguido de otros y luego gritos entusiastas. Nos acercamos y vimos que el normalmente muy tranquilo dominó era jugado allí de una manera amistosa, pero ruidosa y algo teatral. Los golpes ocurrían cuando estrellaban el dominó sobre la mesa. Después supe que así ocurría en toda la isla y que lo jugaban bajo un árbol, o en la mesa después de comer, o en cualquier otro lugar.

Esa era Barbados, uno de los trece países insulares de las Antillas y uno de los más pequeños del mundo, en cuyos 431 kilómetros cuadrados habitan unas 287.000 personas que viven de la pesca, la agricultura, la hostelería, el turismo y la industria de la construcción. De esta última se ven fábricas de cemento en varios puntos de la isla.

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Vi una de ellas desde el catamarán que abordamos una mañana en un puerto de Bridgetown. Fue un viaje de cinco horas sumergida en la belleza de esta isla enmarcada por el mar Caribe oriental y el océano Atlántico occidental. 

Pude detenerme en las arenas suaves o, a través de las aguas nítidas, ver con exactitud las tortugas de diferentes tamaños. Nos permitieron nadar con ellas, como para que entendiéramos por qué los barbadenses se empecinan en protegerlas; de hecho, en varios puntos de la ciudad hay carteles con el número de la línea de emergencia para reportar el hallazgo de un nido o de alguna tortuga cruzando la calle, pues en las noches se confunden ante las luces citadinas.

Vi un cartel cuando caminaba por la Bahía de Carlisle, un pequeño puerto natural al suroeste de la isla, en la cual está Bridgetown, la capital y la ciudad más grande de Barbados, donde confluyen todos los negocios y viven más de 100.000 personas. El aviso estaba sobre la pared de un pulcro baño público, como parecen ser todos los de la isla. 

Seguí mi camino por un sendero paralelo a la playa y sus aguas color turquesa… Vi gente de las oficinas sentada sobre alguna piedra para almorzar o tomando una siesta. Vi niños y padres andando sobre la arena, zambulléndose en el mar o comiendo en los restaurantes que bordean la playa. Me llamó la atención que, además de los turistas, los nativos pudieran disfrutar libremente de esas playas, pero es que todas son públicas, incluso las que bordean los hoteles. 

Al otro día el recorrido sucedió en medio de una exuberante y variada vegetación, de palmas y árboles frutales, de algunas plantaciones de caña de azúcar, destilerías, arrecifes, calles y callejuelas, edificaciones fastuosas y también modestas… Nos dirigimos a los barrios. Allí sentí esa amabilidad y afecto genuinos que comparten los barbadenses entre sí y con los turistas. También sentí los lazos fuertes entre niños, padres y abuelos. Sentí su alegría y optimismo.

Conocí las denominadas chattel houses, muy del lugar, casas de madera movibles donde, en general, vive la clase trabajadora. Quedan una junto a la otra y son una construcción propia de los tiempos de las plantaciones, en las cuales vivían los esclavos que al no ser dueños de la tierra debían levantarlas e irse. Son mucho más baratas que las casas de cemento —que suelen estar separadas de las otras—, están pintadas de colores vivaces y en sus porches se sientan los vecinos a tomar ron o compartir anécdotas. 

En todas partes hay vida y ritmo, como lo advierto en Westbury New Road, la calle cuyo nombre fue cambiado por Rihanna Drive, pues en ella pasó su niñez, de pies descalzos y bicicleta, la hoy famosa cantante.

Después, en otra calle, “tropezamos” con una mesa de unos diez metros por tres, dibujada en el pavimento. Una mezcla de tenis y ping-pong. Y allí donde normalmente va una red había una franja de unos veinte centímetros. Jugaban dos isleños sosteniendo unas grandes raquetas… de madera, con la que le daban a una pelota que, si bien era de tenis, estaba despojada de su cubierta. 

Uno de los vecinos que celebraban cada lanzamiento me explicó que se trataba del road tennis, un deporte muy barbadense y popular que surgió en los años 30 porque los pobres no tenían espacio ni dinero para jugar tenis en el césped. En la isla hay miles de canchas y se juega sin importar sexo, edad, raza, religión ni clase social.

Allí es donde la palabra “bajan” adquiere sentido, pues define un estilo de vida, una idiosincrasia, si bien el término hace referencia a un dialecto producto de la combinación de inglés británico y de África occidental, dos culturas que se fundieron en la historia hace siglos.

En 1625, cuando llegaron a la isla los británicos y la encontraron deshabitada, John Powell la reclamó en nombre del rey Jacobo I de Inglaterra. Pero fue dos años después cuando cerca de una centena de ingleses arribó en compañía de diez esclavos africanos a ese lugar que hoy se llama Holetown. Claro, los historiadores cuentan que inicialmente hubo aborígenes como los arahuacos y los caribes, y que luego pasaron los españoles pero no echaron raíces. Luego llegaron los portugueses y tampoco se quedaron, aunque fue por ellos que Barbados recibió su nombre, ya que las higueras del lugar así lo parecían.

Desde entonces y hasta 1966, la isla fue colonia británica. Demasiados años como para que la cultura anglosajona no quedara en su sangre; pero su herencia africana es fuerte. Se siente en la alegría, la calidez familiar, en ser trabajadores e ingeniosos, en ciertos rasgos conservadores como el asistir a la iglesia ataviados formalmente, en ser capaces de montar negocios que puedan prosperar de la nada, en ser protectores del medio ambiente y sentirse orgullosos de su isla, donde un 97% son afrodescendientes y el resto son ingleses, europeos, del este de la India, orientales y del Medio Oriente.

De los ingleses tienen su idioma, su arquitectura colonial (expresada en Bridgetown con su Trafalgar Square y sus estilos victorianos), su sistema de medidas, su modelo de seguridad social, el conducir por la izquierda, el Parlamento, las dos Cámaras y su primera ministra, su religión anglicana y el tener a Isabel II como monarca, aunque políticamente sean independientes; pero también tienen el polo, el golf, el cricket y las carreras de caballos. 

El cricket lo llevan en el alma, es el deporte nacional. Descubrí que erigieron una estatua a sir Garfield Sobers, el mejor jugador de cricket del mundo. Es barbadense, está vivo y la suya es una de las diez estatuas que han levantado a sus héroes en Barbados. 

Sí, esto es Barbados, una nación próspera, con casi todas sus carreteras pavimentadas, con servicio de salud para todos, poca corrupción gubernamental, educación gratuita para niños y jóvenes y una fuerte industria del turismo, el mayor generador de divisas. 

El turismo, el ron y algo de agricultura, es lo de ahora. Lo veo, lo palpo. Hay mucho que ver, mucho por contar… El paraíso queda en esta parte…

 

Cómo llegar

Desde Norte, Centro, Suramérica y el Caribe, Copa Airlines le ofrece dos vuelos semanales desde y hacia Bridgetown (Barbados), a través del Hubo de las Américas, en Ciudad de Panamá. 

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