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Vistas de Panama

Bandas musicales independientes de Panamá: el tumbao que solo ellos saben tocar

En Panamá se ha creado un fenómeno popular con un mundo de posibilidades. Las bandas musicales independientes en ese país no solo son música y técnica, sino sentimiento y arte. Cada persona que entra en ese mundo no puede evitar enamorarse: no importa edad, sexo, religión, tamaño, peso, principios, profesión ni estatus social.

Por: Redacción Panorama de las Américas
Photos:  Carlos E. Gómez

Son las seis de la mañana pero en la tropical Ciudad de Panamá, el cielo ya está brillante. Aun así, el clima es incierto y en cualquier momento puede comenzar a llover. La calle 50 luce despejada, pero poco a poco, niños, mujeres, hombres y jóvenes van reuniéndose en las aceras y estacionamientos al límite de la vía. Los vendedores que gritan “¡raspa’o a 25 centavos!” o “agua, soda, jugo…” caminan al borde de la calle intentando convencer a los espectadores.

Una sola trompeta se oye a lo lejos, anunciando que se acerca la primera banda. Las personas se alistan; parecen miles de hormigas apuradas: sacan sus cámaras, preparan la botella de agua para sus hijos que desfilan… En ese instante, empieza la marcha: primero los bombos marcando el paso, luego se van uniendo todos los instrumentos, uno a uno. Un desfile clásico en las fiestas nacionales de Panamá.

A diferencia de otros países, donde los desfiles patrióticos son protagonizados por bandas musicales militares, en Panamá las bandas colegiales e independientes se encargan del show. Durante todo noviembre, más que todo los días 3, 5, 10 y 28, las delegaciones se presentan en interminables paradas, tanto en la capital como en pueblos del país. Debido a su gracia, popularidad y capacidad de distraer y divertir a la gente, las bandas tienen una gran aceptación entre los panameños.

No obstante, tras los desfiles oficiales, en los cuales participan 70 escuelas, viene la verdadera fiesta. La participación de las bandas independientes: un poco díscolas, un poco irreverentes, demasiado alegres para el severo gusto de algunos de los organizadores, pero al final, dispuestas también a hacer homenaje a la patria con su propio tumbao.

Las bandas independientes no pertenecen a una escuela o institución educativa; se conformaron, poco a poco, por jóvenes apasionados de la música, los tambores y las liras que querían seguir perteneciendo aún luego de graduarse y terminaron conformando un fenómeno cultural que pone el “toque de gracia” durante los protocolarios días patrios de Panamá.

Panorama de las Américas visitó algunas de estas agrupaciones, para tratar de comprender su razón de ser y el motivo por el cual son tan esperadas cada año. La primera pista nos la da un “barram bam barram bam barran” que suena, desde lejos, un domingo de septiembre, más o menos a las cuatro de la tarde, en una plaza del corazón de la Ciudad de Panamá. Los clarines y las liras se unen al compás de la marcha. Las batutas y los bombos vuelan por los aires, los integrantes se emocionan cada vez más y se empieza a dibujar la sonrisa de orgullo en el rostro del director. Es la práctica de la banda independiente El Hogar.

Existen 43 bandas independientes en Panamá, como Panamá 2000, Centenario Internacional de Panamá, Panamá para Cristo, Súper Banda de Colón y Banda Hispana, entre otras. Fundada en 1953, El Hogar es una de las más antiguas. El sociólogo Gilberto Toro explica que fueron creadas por recién graduados que, al dejar la escuela, deseaban continuar marchando en las paradas patrióticas. Al principio sus integrantes no pasaban de veinte años, pero se fue uniendo gente de todas las edades, incluso con diferentes creencias y gustos. El asunto es que, sin importar las diferencias, una vez tienen los instrumentos en la mano, funcionan como un gran engranaje y un solo equipo. Y en eso radica su éxito.

Las autoridades del país siempre han abordado la existencia de las bandas independientes con una mezcla de ninguneo, autoritarismo y admiración. Las autoridades educativas, muy relacionadas con los desfiles patrios, suelen hablar de controlarlos. Toro nos brinda una pista de tal dilema. “No pueden controlarlos, porque no son estudiantes, sino independientes. Como son un espacio que no responde al Ministerio de Educación, los militares u otra autoridad, hay un temor de verse relacionado directamente. Eso les da miedo a las autoridades. Hay falta de confianza. Tienen que pensar en otra figura; otro estilo de negociación. El Ministerio de Educación debe sentarse con ellos y decir claramente cómo quiere las cosas”.

De todos modos, las bandas musicales independientes tienen un misterio que atrae a cada uno de los integrantes que, con firme voluntad, practican todos los domingos. Como cuenta Tony Miller, director y fundador de Megabanda, “una de las batuteras sufrió una lesión días antes de los desfiles y me llamaron del hospital diciéndome que no podría desfilar ese año. Al día siguiente, estaba en su formación lista para empezar”.

Con ejemplos como este, el abogado panameño Javier Justiniani advirtió el poder de convocatoria que tenían las bandas independientes y concibió un sueño: utilizarlo como un mecanismo de cambio social en la comunidad. Fundó la Federación Nacional de Bandas Independientes de Panamá (FENABIP), que agrupaba a las principales exponentes de este fenómeno. Creó, además, el proyecto “Tambores de Paz”, que consistía en un plan donde los representantes de los corregimientos compraban instrumentos para que los jóvenes de la comunidad aprendieran a tocarlos en las bandas independientes, canalizando así todas sus energías en algo productivo y seguro. Aunque Justiniani murió en 2010 y sus iniciativas se debilitaron, muchas bandas siguen persiguiendo estos objetivos.

“Los sacamos del riesgo social. Hacemos que esos jóvenes dejen a un lado las pandillas, y los convertimos en profesionales”, dice el director de la banda El Hogar, Ahmed Bolívar Sánchez. El único requisito para entrar a las bandas independientes es que sean responsables, respeten a sus compañeros y tengan ganas de participar. Allí aprenden a trabajar en equipo y apoyarse mutuamente. “Cuando una persona se preocupa por ti te vuelves un mejor ser humano”, expresa Bernardo Aguilar, orgulloso ex integrante de la Megabanda, abogado y padre de familia.

Tony Miller afirma que para estar en una banda debes poseer algo que él llama “sangre tipo banda”. No importa dónde estés, si tienes esta sangre y escuchas tambores a lo lejos quieres saber dónde están y quiénes son. Joel Mendoza, capitán del batallón de tambores de El Hogar lo explica así: “Existen futbolistas y beisbolistas; bueno este es mi deporte, esta es mi banda”. Un deporte que consiste en dar amor a la música, la banda y la patria; vivir la sensación de juventud, atesorar los hermosos recuerdos por el resto de su vida, tener la pasión y superar el reto personal.

“Siempre recordaré cuando toqué la nota del silencio al morir Rommel Fernández, y todos lloraron” evoca Ahmed. Fernández fue uno de los primeros futbolistas panameños de fama internacional y murió tempranamente en un accidente vehicular. “Nunca olvidaré el cuatro de noviembre del 2008, cuando mandé a tocar el arreglo de la clásica melodía ‘Tío Caimán’, que habíamos empezado a practicar poco tiempo antes, solo con la fe y esperanza de que nadie se equivocara. Ellos empezaron a improvisar y no se equivocaron. Ese día se me salieron las lágrimas de felicidad”, rememora Tony.

Estar en una banda significa que tu primer desfile nunca se olvida, que la noche anterior no duermes por la emoción y el nerviosismo; te pasas poniéndote y quitándote el uniforme una y otra vez. Es despertar tan temprano que eres el primerito en llegar, que puede que te equivoques en pleno desfile, que tengas que arreglar algo a último minuto, que llegues a la mitad de la presentación y esperes que nadie se dé cuenta. Puede que ganes muchos trofeos o ninguno, que llueva o salga el sol, no importa: desfilar siempre será mágico.

Las bandas colegiales de Panamá tienen un estilo que ya comienzan a copiar bandas colegiales en otros países como Costa Rica, Nicaragua y Estados Unidos. Algunos de sus capitanes y directores han sido contratados en esos países para que den clases y compartan su estilo. Ellos le llaman el tumbao, una combinación de ritmos marciales con música típica nacional y géneros populares como reggae, jazz y calypso. Son originales, ese tumbao es una manifestación personal en forma de música. Pese a que la gran mayoría de las marchas que tocan son composiciones de los miembros más destacados de la banda, también aceptan sugerencias y aportes de cualquier integrante.

Ellos mismos escogen y diseñan sus uniformes con la supervisión de sus directores. “Estamos tratando con jóvenes, debemos darle supervisión a lo que van a usar para que no salgan con una minifalda o un minipantalón”, comenta Tony. En la banda Búho de Oro tienen dos uniformes diferentes para el 3 y el 4 de noviembre. El primer día usan camisilla y pantalón tradicionales, complementados con algo autóctono. El segundo día visten uniforme de gala, que rediseñan cada tres años.

La organización de la banda puede llegar a ser increíblemente complicada. La banda Búho de Oro tiene una junta directiva (conformada por el presidente, vicepresidente y secretario, entre otros) y otra junta técnica (que se completa con los capitanes de cada sección: clarines, tambores y guaripolas). Todos en la banda tienen el mismo uniforme. Para diferenciar a la junta directiva se le colocan estrellas, como a los militares; mientras que a la junta técnica se le otorga un quepis de diferente color al de la tropa.

Los nombres de las bandas son escogidos porque representan algo. Cada uno tiene su historia y su razón. Por ejemplo, la Búho de Oro empezó siendo la banda de la Escuela Nocturna Oficial, cuyo símbolo era un búho negro, debido a la oscuridad de la noche. Después de una regulación del Ministerio de Educación, se retiraron todos aquellos que no fueran alumnos de la escuela y así nació la banda independiente. Los chicos decidieron quedarse con el búho y consideraron que la amistad que habían creado era “de oro”.

Si usted está en Panamá en noviembre y escucha que se acerca un “barram bam”, salga a la calle sin temerle al sol ni a la posible lluvia. Primero vendrán los desfiles oficiales y desde la primera banda usted comenzará a sentir la tensión, la emoción y la música vibrar por todo su cuerpo. Pero deberá tener un poco de paciencia. Luego de los característicos desfiles oficiales desde el horizonte se verán los bombos volar más alto, las caderas bambolearse más rítmicamente, los uniformes brillar un poco más. Se acercan las bandas independientes. Y de pronto, usted se sentirá contagiado de ese característico tumbao que no es solo una melodía o una mezcla de sonidos; es ese espíritu incontenible que está dentro de cada uno de los integrantes de una banda independiente y es la razón por la cual empezaron y se mantienen; es lo que guarda sus mejores recuerdos, sentimientos e ilusiones. El tumbao que ellos tocan en los desfiles patrios cada año es la fusión de todas sus almas y nadie más sabe hacerlo como ellos.