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Aracataca: en busca de cien mariposas amarillas

Perdido entre las plataneras del Caribe colombiano, Aracataca fue el pueblo que vio nacer en 1927 a Gabriel García Márquez y, con él, la creación de Macondo, el mítico pueblo de su novela Cien años de soledad. Panorama de las Américas lo invita a explorar este y otros lugares que inspiraron su obra, siguiendo el rastro de las mariposas amarillas inmortalizadas por el Premio Nobel fallecido en 2014.

Por: Alberto Piernas
Fotos: Margarita María Navas

“Era un pueblo construido a orillas de un río con un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. Se ubicaba al oeste de la ciudad de Riohacha, separado por una sierra casi impenetrable. Al sur, limitaba con ciénagas y pantanos cubiertos de una eterna nata vegetal, y al oeste se encontraba la Ciénaga Grande”.

Con estas palabras, Gabriel García Márquez describía Macondo, el famoso pueblo de Cien años de soledad, su libro más popular y símbolo de la historia no solo del Caribe y Colombia, sino también de toda Latinoamérica. Pero antes del éxito de su novela, Macondo era también el nombre de una finca bananera por la que pasaba el tren en el que Gabriel García Márquez viajaba desde Aracataca, su pueblo natal y lugar de inspiración directa para aquel lugar de ficción.

Situado a 84 kilómetros de Santa Marta, capital del departamento del Magdalena, en el Caribe colombiano, Aracataca es un pueblo atrapado entre la selva y el rumor del río Piedras, donde se concentra parte del mundo mágico de Gabo. Un universo que el visitante puede descubrir a través de los diferentes tours de Macondo, que se organizan desde Santa Marta a bordo de “chivas”, típicos autobuses en los que se puede comer, beber y bailar, si bien, en mi caso, preferí visitar por mi cuenta aquel pueblo que una vez descubrí en las páginas de mi libro favorito.

La casa de las historias

Llegué a Aracataca tras casi dos horas en autobús desde Santa Marta. Al llegar, un enorme cartel de letras de colores me dio la bienvenida a un pueblo de los que parecen ajenos a su mágica condición y atravesado por un riachuelo donde las familias se concentraban para preparar una parrillada. A un lado, niños que corrían entre la vegetación; en otro, un enorme cartel de Gabo inspirado en las famosas mariposas amarillas de su obra. Una referencia presente en varios lugares de la villa, incluyendo postes o fachadas de edificios que, mediante la pintura o los recortes de papel recrean los famosos insectos que “precedían las apariciones de Mauricio Babilonia”, uno de los personajes de Cien años de soledad.

Una entre muchas frases que también decoran las paredes de la casa del autor, la principal atracción a visitar durante su paso por Aracataca y convertida hoy en un coqueto museo. A pesar de una reciente reconstrucción en forma de casitas donde lucen referencias a Gabo, las antiguas estancias se mantienen, incluyendo los muebles principales. Un recorrido que permite descubrir lugares como la oficina del abuelo de Gabo, el coronel Nicolás Márquez; la casa de los indios guajiros que ayudaban a la familia o, en especial, su cuarto de cuando era niño. Fue aquí donde mascó sus primeros miedos fantasmales, en particular las muchas historias que la abuela Tranquilina le contaba, inspirando en aquel niño el arte de narrar la historia de su familia a través de los ojos de Úrsula Iguarán, la legendaria protagonista de Cien años de soledad.

Un recorrido mágico para todos los amantes de la obra de Gabriel García Márquez, donde los susurros de otro tiempo, las frases o el mobiliario transportan por completo a su universo.

La magia que aguarda al final de las calles

Cuando abandoné la casa de Gabo y me sumergí en el resto de Aracataca, comprendí que el pueblo era tal cual lo describió su mayor embajador: el calor tropical, las calles de barro y algunos lugares mencionados en sus novelas.

El mejor ejemplo es la tumba de Melquíades, el gitano que traía nuevos cambios a la familia de los Buendía, cuya lápida permanece apartada en un lado del pueblo, no lejos de otros obligados como la Casa del Telegrafista, en la que el padre de García Márquez, Gabriel Eligio, conocería a su esposa, Luisa Santiaga Márquez. También allí, en una calle tímida, yace la estatua de Remedios la Bella, descrita como “la criatura más bella que se había visto en Macondo”.

Como telón de fondo a este pueblo de calles de barro y paredes de colores, yace también una vía de tren solitaria, que nos recuerda el principal nexo de conexión entre Gabo y el resto de un Caribe colombiano salpicado de numerosas referencias.

El Caribe colombiano, según Gabo

García Márquez llegó a decir una vez que “el Caribe es una región en la que se da una perfecta simbiosis —o se da más claramente que en otras partes del mundo— entre el hombre, el medio natural y la vida cotidiana”. Un pedazo de tierra exuberante y musical que siempre fue una extensión del propio escritor.

Playas, selvas y pueblos mágicos que el autor inmortalizó, de forma directa o indirecta, en muchas de sus obras: desde la disección de los dictadores caribeños en El otoño del patriarca, hasta el pueblo costero de El coronel no tiene quien le escriba, pasando por Manaure, villa en la que aconteció el homicidio que inspiró Crónica de una muerte anunciada. Libros y páginas que su autor impregnó del aroma a coco y guayaba; de la arepa de huevo que a él tanto le gustaba.

Un recorrido fascinante que finaliza en Cartagena de Indias, ciudad donde Gabriel García Márquez poseía su residencia y cuyas calles de balcones coloniales una vez sirvieron para sumergirnos en la apasionante historia de Fermina Daza y Florentino Ariza en El amor en los tiempos del cólera, una obra que también saltaba hasta el cauce del río Magdalena y sobrevolaba en globo el norte de ese Caribe donde perderse entre cocoteros y buganvillas. El mismo al que usted también puede volver para releer su historia siguiendo el rastro de las famosas mariposas amarillas.