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Ecología

Ambiente controlado: nueva revolución agrícola

La agricultura en ambiente controlado es la respuesta del sector agrícola mundial a los retos que le plantea el cambio climático. Países como Japón, China y Holanda lideran esta nueva tecnología, pero Latinoamérica también busca entrar en la carrera y Panamá es el sitio donde se están dando los primeros pasos.

Por Juan Abelardo Carles Rosas
Fotos:: Carlos Eduardo Gómez

Circula por ahí un apunte, muy manido y además falso, de que en algún idioma chino la palabra crisis, wei-chi, se traduce como una combinación entre “peligro” y “cambio”. Valga reconocer el lugar común, pero es que resulta muy apropiado cuando hablamos de la situación actual de la agricultura. Hay “peligro”: el cambio climático hace que las siembras sean más vulnerables a calamidades naturales, como sequías, inundaciones y plagas, al tiempo que resulta cada vez más difícil sincronizar los ciclos de crecimiento con el paso de las estaciones. Además, la polución de fuentes de agua y de tierras aumenta. La población rural migra a las zonas urbanas, abandonando parcelas de cultivo que, paradójicamente, son convertidas en desarrollos inmobiliarios; entonces la población humana se concentra en megalópolis de crecimiento imparable y las fuentes de alimentos se alejan más y más de los manchones urbanos.

Pero el “cambio” parece estar gestándose, de forma más rápida y contundente de lo que muchos podrían creer. Hay emprendedores dedicados a la agricultura que están apostando por un prometedor y nuevo sistema de producción llamado agricultura en ambiente controlado. Como su nombre lo indica, se trata de reproducir en ambientes cerrados las condiciones óptimas para el cultivo de una planta útil al ser humano. Es la derivación natural del antiguo y clásico invernadero, pero actualizada con la última tecnología. En la actualidad, los emprendimientos agrológicos más destacados en este campo pueden verse en Japón, China, Holanda y algunas zonas de Estados Unidos, pero Latinoamérica también está a punto de entrar en esta carrera y los primeros pasos se están dando en Panamá.

En el país canalero se celebró, en mayo pasado, el Primer Congreso Internacional de Agricultura en Ambiente Controlado. David Proenza y Manuel Fernández, organizadores del evento y miembros de la Fundación para el Desarrollo de la Agricultura en Ambiente Controlado (FDCEA, por sus siglas en inglés), han vivido el “peligro” y son ejemplos del “cambio”. Ambos son agroexportadores y durante años se concentraron, entre otros productos, en el cultivo de sandía y melón, para colocar en mercados europeos, más que todo. “Pero luego de tres años de pérdidas, desperté y decidí actuar, buscando las nuevas tendencias en la agricultura”, recuerda Proenza. “En esa búsqueda por todo el mundo, leí un artículo sobre la Universidad de Chiba, en Japón, a la que el gobierno de ese país donó 130 millones de dólares para formar una alianza entre la industria, la academia y el estado”.

Como resultado de esa alianza surgió, en 2010, la Japan Plant Factory Association (JPFA). Su presidente, el doctor Toyoki Kozai, autoridad mundial en el tema, quien ha investigado sobre cultivos en ambientes controlados desde 1970, fue uno de los oradores más esperados del encuentro. En 1994, Kozai comenzó a desarrollar tecnologías para el manejo de semilleros, que hoy se aplican en unas trescientas fábricas de plantas (como se llaman estas instalaciones de cultivo) en Japón. Ahora investiga la iluminación artificial para los cultivos. “La iluminación, en especial con el uso de la tecnología LED (diodo emisor de luz), es uno de los aspectos que más se ha estado desarrollando en los cultivos en ambiente controlado durante los últimos años”, explica Kozai. En efecto, las combinaciones espectrales de luz perfilan los contenidos nutricionales del fruto, haciéndolo más rico en vitaminas y minerales específicos. “Otro aspecto es el mercadeo, pues esta tecnología permite atender la demanda de los consumidores en cuanto a variedad, forma y sabor de los vegetales cultivados como nunca antes se había podido hacer”, continúa el científico.

La FDCEA se vinculó con la Universidad de Chiba y la JPFA casi desde el inicio, intercambiando experiencias y ensayando sus tecnologías en ambientes tropicales. “Hoy trabajamos con el gobierno panameño y entidades internacionales. Queremos hacer alianzas con universidades y centros de investigación, para que esta tecnología sea traída a Panamá y se comience a capacitar a nuestros productores”, revela Fernández. “Antes, esta agricultura era solo conceptual, pero ahora es una realidad, y nosotros queremos aportar esos conocimientos para Panamá y Latinoamérica”. Como parte de este esfuerzo, por ejemplo, hay un acuerdo firmado entre las universidades de Chiba y Panamá para el intercambio estudiantil y docente.

Por su parte, la Fundación abrió un Centro de Desarrollo e Investigación de la Finca Vertical en la comunidad de Río Hato, en el centro del país. Esta zona es parte de la región más castigada por los cambios climáticos en Panamá, y se podría pensar que es el peor lugar para ensayar nuevas técnicas agrícolas, pero aquí, en una instalación abandonada de empaque y exportación de frutas, hay un espacio parecido a un centro de biotecnología, donde es preciso usar bata de laboratorio, botines y guantes esterilizados. En la primera sala se agrupan cultivos de lechugas variadas, a las que se les aplican distintos tipos de iluminación, superpuestas en parrillas que alcanzan varios metros de alto.

“En la agricultura tradicional, en un metro cuadrado se pueden sembrar unas diez lechugas, mientras que en un metro de un invernadero de mediana o alta tecnología se pueden poner hasta 16 lechugas y, en ambos casos, cosecharlas para la venta tras 14 a 16 semanas. Nosotros, en una finca vertical, podemos hacer un cultivo multinivel, y en el mismo espacio logramos cerca de 420 lechugas, listas para cosecha y venta en 35 días. Podemos obtener, en mil metros cuadrados, lo que en un invernadero se logra en seis hectáreas, o veinte si es un cultivo tradicional”, comentan Proenza y Fernández, mientras recorremos el sitio.

El espacio utilizable multiplicado y la rapidez con la que germinan los cultivos contrapesan los altos costos iniciales en infraestructura y alta tecnología que estas instalaciones demandan, pero si se les ubica en ciudades, o cerca de ellas, como sucede en Japón y China, a los dos factores anteriores se les agrega el ahorro en transporte. “Si usted produce aquí”, explica Kozai, señalando un edificio, “y el destino final de compra está a solo cien metros, los costos de traslado y almacenamiento bajan de manera notable”. La ecuación ganadora se completa con el hecho de que estos vegetales no requieren agroquímicos, por crecer en ambientes controlados. “Es un vegetal saludable y libre de químicos, de una calidad tal, que podemos venderlo a mejor precio que el tradicional”, concluye el investigador japonés.

Entonces, si esta tecnología permite recrear las condiciones ambientales para cultivar vegetales y frutas en cualquier sitio, ¿qué papel cumple Panamá en su difusión? ¿Por qué no empezarla en países con mayor potencial y tradición agrícola, como Argentina o Brasil? La respuesta radica en la ya reconocida función de Panamá como como centro logístico hemisférico. El país atrae a su canal interoceánico a 144 rutas de comercio marítimo, y su parque de grúas pórtico es mayor al del resto de los países latinoamericanos juntos. Además el país tiene la mayor conectividad aérea de la región. Para Carlos Him ‚Äïcatedrático de la Universidad de Panamá y especialista en el uso agrícola de suelos y aguas‚Äï, la posibilidad es clara: “Panamá tiene todo un hub de transporte y logística disponible, un centro donde se pueden mover productos por tierra, mar y aire, y dado que la agricultura en ambientes controlados tiende a ser más vertical que horizontal, el país puede convertirse en un centro de cultivo y distribución de esos productos”.

De hecho, Panamá consolida su posición como centro de investigación, desarrollo y difusión de estas tecnologías. La FDCEA y el acuerdo inter-universitario Chiba-Panamá, comparten dicho objetivo. “La importancia del Congreso es que hemos tenido oportunidad de intercambiar con gente de China, Japón, Holanda y muchos otros países que utilizan cultivos en ambiente controlado por diversas razones, como el clima”, continúa Him. “Nosotros no tenemos el invierno o los desiertos que ellos tienen en algunos lugares, por lo que no se trata tanto de aplicar, sino de ver cuáles serían las adaptaciones que habría que hacer en nuestros países. Es una tecnología muy nueva y todos los días hay algo nuevo. Hay que estar permanentemente investigando, conociendo qué es lo que hay disponible, para llevar a cabo una mejor producción”. Y Kozai agrega que “hay muchos países en Asia, áfrica y Suramérica que tienen un clima similar al de Panamá. Si somos exitosos en lo que haremos en Panamá, desarrollaremos la tecnología y el negocio en esos países”.