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Destino San Francisco

Alcatraz a vuelo de pájaro

La Isla de los Alcatraces, más conocida como Alcatraz, que se sitúa en el imaginario colectivo como la prisión más inexpugnable del mundo, es uno de los parques más populares de Estados Unidos y recibe alrededor de un millón de visitantes al año.

Texto y fotos Javier Pinzón

Hay lugares en el mundo que avivan mitos y leyendas, ya sea por su belleza o por su historia a lo largo del tiempo. Unas veces lúgubres, otras inspiradoras, lo cierto es que ese halo mítico queda impregnado en la memoria de quienes los visitan. Me encuentro a bordo de un ferry, rumbo a uno de los sitios más célebres de esta categoría.

La nave nos va acercando a la que localmente se conoce como “La Roca”. Desde cubierta podemos ver el faro más antiguo de la costa oeste de Estados Unidos aún en funcionamiento y algunos edificios en ruinas. La bienvenida está a cargo de un viejo grafiti que llama la atención: “Indians welcome” (bienvenidos indígenas). Queda por averiguar la razón de este mensaje.

Ya en la isla comenzamos nuestro recorrido por su historia. Esta se remonta al ya lejano año de 1775, cuando el explorador español Juan Manuel de Ayala navegó por la Bahía de San Francisco. Durante su expedición realizó un mapa de la bahía y le dio el nombre a esta isla, que luego se convertiría en uno de los parques más populares de Estados Unidos, pues recibe más de un millón de visitantes al año: la Isla de los Alcatraces, más conocida como Alcatraz.

Setenta y cinco años después, durante la fiebre del oro en California, en 1850, el presidente Millard Fillmore reservó la isla para uso militar. Desde entonces se ubicaron en su entorno cien cañones para proteger la bahía. Fue durante aquellos años cuando comenzó la historia de Alcatraz como prisión. Primero como prisión militar, de 1850 a 1932, fueron recluidos allí simpatizantes confederados y ciudadanos acusados de traición durante la guerra civil (1861-65). También fueron hechos prisioneros algunos “rebeldes” nativos americanos, incluyendo a 19 hopis de Arizona que fueron recluidos allí en 1895 a causa de sus desacuerdos con el gobierno federal. En 1933 los militares entregaron Alcatraz al Departamento de Justicia y se convirtió en una de las prisiones de máxima seguridad y mínimos privilegios más famosas del mundo, no solo debido a la notoriedad de los detenidos que allí llegaban sino también a los cinematográficos intentos de fuga.

Hemos caminado por la pendiente que nos llevará al interior de la prisión. Al entrar, tomamos una audio-guía e iniciamos el recorrido. En 1934, la Agencia Federal la convirtió en “prisión de prisiones”, pues fue destinada a los reclusos que se rehusaban a seguir las reglas en otras instituciones, los más violentos y peligrosos y quienes eran considerados “escapistas”. Aquí los prisioneros solo tenían derecho a comida, ropa, cama y medicina; todo lo demás era un privilegio que debían ganar con esfuerzo. Esto incluía trabajo, correspondencia, visitas de familiares, acceso a la librería y actividades de recreación, como pintura y música.

Adentro la atmósfera es lúgubre, pasamos lentamente por los largos pasillos que permiten observar las celdas (336 en total), con lugar apenas suficiente para incluir una cama, una letrina y un lavamanos. No puedo imaginar vivir en un espacio tan reducido, con una rutina monótona cada día. Con solo entrar a una de estas celdas, y más aún en una de las celdas de segregación, siento claustrofobia, asfixia. La idea era enseñar a una persona a seguir las reglas, pero luego de que se impusieron muchas cárceles de este tipo en diversos lugares del planeta, la humanidad se preguntó si eran necesarios estos límites incluso con los peores seres humanos o, más bien, si eran las circunstancias creadas por la sociedad la que producía seres de tal naturaleza a los que luego se pretendió “adoctrinar” con este tipo de extremos.

Al salir de la celda veo a lo lejos a mi sobrina Alexas, de siete años, quien escucha la audio-guía con tanta atención que llora alterada por las escalofriantes historias de los reclusos. Intento tranquilizarla, mientras me dice que no puede imaginar cómo alguien alguna vez vivió dentro de este pequeño espacio. “Se tuvo que haber portado muy mal”, dice.

Y sí, efectivamente, por aquí pasaron criminales célebres como el gangster George “Machine Gun” Kelly, famoso en la época de la prohibición; Robert Stroud, más conocido como el “pajarero de Alcatraz”, quien pasó aquí 17 de sus 52 años de presidio, cuando ya había escrito dos libros y se había estrenado una película con su historia; el mafioso Alvin “Creepy Karpis” Karpowicz, declarado “enemigo público número 1” por el FBI en la década de los 30, quien paso 25 años en Alcatraz, el mayor tiempo que recluso alguno haya estado allí, y el más conocido gangster de todos los tiempos: Al “Scarface” Capone, quien pasó cuatro años y medio en esta prisión bajo la regla de silencio, la cual implicaba que nadie hablaría a menos que un oficial lo hiciera primero.

En mi recorrido llego a la biblioteca, el único lugar donde los pocos prisioneros privilegiados que tenían acceso podían escapar de su realidad y asomarse a otra, quizás un poco más grata, mediante la lectura de un libro y tal vez por un pequeño instante sentirse libres. La audio-guía confirma mi reflexión, ya que la mayoría de reos que pasaron por Alcatraz leían en promedio de 75 a cien libros por año. Otra peculiaridad son las ventanas, ya que están ubicadas de tal modo que entre luz pero no pueda verse hacia fuera, excepto por unas pequeñas ventanas desde las que se podía ver la ciudad de San Francisco: más que un alivio, una tortura o tal vez un recordatorio de que más allá de estos muros había una vida. Lo mismo sucedía cuando salían al patio de recreo, donde podían ver por un instante las montañas y el mar que estaba más allá del muro.

Pero quizás una de las cosas que más llama la atención de este misterioso lugar son las historias de intentos de fuga. Al pasar por el lugar destinado a los guardias escucho una de ellas, que es la más violenta de todas. Se produjo el 2 de mayo de 1946, cuando seis internos intentaron escapar y ocurrió la denominada “Batalla de Alcatraz”. Otra muy célebre fue la del 12 de junio de 1962, cuando Frank Morris y los hermanos John y Clarence Anglin idearon el más complicado plan para fugarse. Durante meses, emplearon cucharas y tenedores robados del comedor para excavar un hueco en la mampostería que rodeaba los conductos de ventilación de sus celdas. Tras agujerear un muro de 16,5 centímetros de ancho pudieron huir por el sistema de ventilación. Para despistar a los guardias, dejaron en sus camas unos muñecos de papel maché a los que habían pegado cabello real, recogido en la peluquería de la prisión, y además robaron varios impermeables para usarlos como balsa en su escape.

Los responsables de Alcatraz aseguraron a la opinión pública que los reclusos no habían conseguido alcanzar el continente y habían muerto ahogados en las frías aguas de la bahía, pero los cuerpos de Morris y los Anglin jamás fueron encontrados. Esta historia se convirtió en leyenda e inspiró la famosa película Fuga de Alcatraz, protagonizada por Clint Eastwood. El caso continúa abierto y los investigadores reciben pistas del posible paradero de los prófugos, sobre los que aún pesa una orden de captura. Todo parece indicar que el destino de estos tres audaces prisioneros seguirá formando parte de la leyenda negra de la penitenciaría más famosa del mundo. Lo cierto es que cada año cientos de atletas participan en el Escape de Alcatraz Triatlón, probando que es posible nadar desde Alcatraz y sobrevivir.

Ya afuera del edificio, nos conducen a un auditorio donde presentan una película de la historia de la isla y solo al final descubro el porqué del grafiti de la entrada. Desde 1963, cuando fue cerrada la penitenciaria de Alcatraz debido al alto costo de mantenimiento, el edificio quedó abandonado hasta el 20 de noviembre de 1969, cuando fue tomada por un grupo de nativos americanos de diferentes comunidades, con la esperanza de crear un Centro Cultural Nativo Americano y un complejo de educación en la isla. Los indígenas de todas las tribus usaron este acto de desobediencia civil para ilustrar los problemas que enfrentaban. El público los apoyó, y miles de personas llegaron a la isla durante los 18 meses de ocupación. Y aunque el grupo de líderes nativos no pudo controlar la gran cantidad de personas asistentes y fueron acusados de generar daños en la infraestructura, lo cierto fue que lograron su objetivo: el presidente Richard Nixon revocó una política que había sido diseñada para poner fin al reconocimiento federal de las tribus y estableció una nueva política de autodeterminación, sin duda resultado de la publicidad y conciencia creada por los ocupantes. La ocupación terminó el 11 de junio de 1971.

Sigo tomando fotos y escuchando historias, consciente de que próximamente zarpará el último ferry hacia San Francisco. Me estremezco al imaginar cómo sería si tuviera que pasar la noche en una de estas celdas que durante años acumularon tanta ira y tristeza. Así que disparo la última foto a lo que ahora hace parte del Parque Nacional Golden Gate y dejo atrás estos muros en donde se entrelazan leyendas de escapes imposibles con las de la intrepidez de un pueblo que logró su autodeterminación.