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Para
los poderosos
Es un gran negocio que los
mexicanos sigan pobres e ignorantes
!Gane quien gane de los candidatos!
La
sociedad civil debe crear su propia infraestrtura de
desarrollo real, organizándose y alcanzando metas
Por
LUIS LIM
Aunque para muchos de los mexicanos la esperanza de avanzar hacia una
mayor justicia social, real democracia y progreso integral, se sustenta
en la elección de quien consideren el mejor de los candidatos a
Presidente de la República, es imprescindible que los comprometidos
con el verdadero desarrollo de nuestra sociedad lo hagan bajo el propósito
de transformar el país pero poniendo en práctica la honestidad
de su política y que la población reciba los beneficios
de un país repleto de riquezas naturales, algo así como
la integración de todos hacia una evolución cultural.
Por todos es sabido que la retórica y la mentira conforman el lenguaje
de una clase polìtica decadente, cuya esencia es la corrupción
en vez de la ética, en donde el desprestigiado servicio público
de funcionarios gubernamentales y líderes de las organizaciones
que buscan el poder por el poder se presta para robar, sin tener el más
mínimo respeto a las necesidades de la gente comùn y corriente,
que a su vez se muestra desalentada por tanta demagogia y promesas incumplidas.
Independientemente de quién gane de los aspirantes presidenciales,
que por cierto gozan del derecho de la duda, lo recomendable es seguir
impulsando la verdadera transformación de la personalidad y conducta
de niños y jóvenes mexicanos, convenciéndolos de
que no deben robar ni mentir por naturaleza o costumbre, tal como lo hacen
actualmente quienes ejercen el poder, para que haya otras generaciones
que sean responsables de un futuro más promisorio, parte de una
nueva forma de vivir, reconociéndose el legítimo mérito
gracias al esfuerzo, dedicación y heroísmo.
Además de los niños y jóvenes, es preciso que los
actuales adultos ya admitan la urgencia de transformar la convivencia,
por ahora insana, de una subcultura del derroche y la corrupción
compartida por una élite sin escrúpulos dispuesta a saquear,
por ejemplo, sexenio tras sexenio los recursos y las arcas nacionales,
proclamando la concepción de servidores públicos sinceros
y decentes.
Los mexicanos pueden convertirse con educación y acostumbrados
a trabajar en los forjadores de una nación del primer mundo, obligados
en su compromiso a progresar en este mundo cada vez más globalizado,
pero entendiendo que su crecimiento en el conexto internacional sea respetando
y alentando el desarrollo interno. Esto debe lograrse forjando a hombres
y mujeres fuertes para el trabajo, preparados con nueva tecnología
y dispuestos a hacerle frente a la competitivdad. Sólo así,
siendo profesionales en el terreno que a cada quien le corresponde, podremos
aspirar a mejorar las condiciones de la familia y el progreso de un paìs
en desventaja ante otras naciones que sí están saliendo
del problema de la miseria en que viven sus habitantes y de la pobreza
mental en que se encontraban.
En esta época, a quienes se autodenominan polìticos nomás
les importan principalmente las ideologías, defender sus posturas
polìticas, proteger los intereses de grupos que han lucrado siempre
con el tráfico de influencias teniendo de por si el sistema siempre
a su favor y argumentar que les pertenece el monopolio de la verdad y
los negocios, cuando el pragmatismo de construir un puente donde debe
construirse sería lo más importante para comunicar al marginado
con los nuevos retos. Es penoso el retraso, cuyo deceso se ha postergado
por los altos intereses de una cúpula de mercenarios polìticos
sin escrúpulos y la oligarquìa que los manipula para mantener
en la ignorancia y abandono de millones de mexicanos, unos en la miseria
y otros aunque profesionistas sin empleo.
No hay planes ni metas definidas en el desarrollo económico con
justicia social. Solo politiquería barata. A estas alturas ya debieran
conformarsese comisiones independientes, organismos no gubernamentales,
que prosigan, aparte de los lineamientos oficiales de uno y otro sexenio,
la transformación socio-económica y polìtica de México.
Antes esa aplicación se fundamentaba en las universidades y centros
de estudios superiores, pero estas instituciones serias también
fueron infiltradas por la corrupción y los vicios de un sistema
decadente y obsoleto, excluyente, que exige otros modelos acordes a la
actualidad pero respondiendo al mandato de los ciudadanos. Ni los poderes
ejecutivo ni legislativos están aptos para resolver la reactivación
de una naciòn que todavía cuenta con millones de trabajadores
dispuestos a cumplir con los desafíos de incorporarse cabalmente
al primer mundo, al concierto de naciones desarrolladas, antes de que
emigren más millones de mexicanos hacia los Estados Unidos.
Ha faltado predisposición y liderazgo auténtico para representar
y dirigir exitosamente al paìs. Si acaso, la actual clase polìtica
está preocupada por favorecer al mexicano más rico de México
y Latinoamérica, a quien los ha explotado por contar con uno de
los monopolios como lo es Teléfonos de México y otras empresas
claves que le permiten controlar las estructuras del poder y manteniendo
por negocio en la ignorancia a millones de mexicanos que piensan nulas
sus posibilidades de vivir con prosperidad a no ser que pertenezcan al
cartel de las drogas de la esquina, al partido polìtico de corruptos,
a la plantel mediocre de la universidad o a cualquier tipo de gobierno.
Hay muy pocos clientes de TelMex que no hayan sufrido la suspensión
de su servicio telefónico doméstico por las excesivas tarifas,
cuando la comunicación fluida tanto residencial como comercial
entre los mexicanos dentro del paìs y de los mexicanos con el exterior
les traería mayor expansión en sus negocios personales o
relaciones mercantiles.
Las reformas estructurales son retrasadas por instrucciones de muchos
hombres del poder como el propietario de Telmex que pretende perpetuarse
como monopolio en las telecomunicaciones para encarecer este servicio
sin permitir el acceso de otras compañias que le competerían
con mejores tarifas a las actuales, siguiendo además con el espionaje
telefónico de los millones de mexicanos.
En épocas de represión militar y policial, los mexicanos
y demás víctimas del Terrorismo de Estado, tanto de México
como de toda Latinoamérica y en el resto del planeta, donde se
practicó la inhumana tortura y múltiples asesinatos con
la asesoría y sofisticadas técnicas implantadas por Estados
Unidos, los interesados en que ese genocidio terminara o se pusiera bajo
control, dicha sociedad civil inconforme se organizó en entidades
no gubernamentales hasta que esclarecieron los crímenes oficiales
contra la humanidad, y aunque sin poder erradicar esa degenerada opresión
de quienes ostentan el poder por el poder (no el poder emanado del pueblo)
de todas manera lograron reducir tales crímenes gubernamentales
y, en muy pocos casos, han podido castigar a los estrategas de las despiadadas
violaciones de los derechos civiles, como ocurre con el salvaje dictador
militar Augusto Pinochet en Chile. Los gobiernos de México, Guatemala,
El Salvador, Chile, Argentina y demás paìses del Hemisferio
exterminaron selectivamente a cientos de miles de activistas sociales
con ideas distintas, sólo porque defendían con esmero la
dignidad humana y sus genuinas tendencias polìticas, por extrañas
que parecieran. Se les mataba porque Washington decía que esos
latinoamericanos pensaban, tenían ideas propias o cierta ideología.
No hay la intención con este artículo de hacer campaña
polìtica en favor o en contra de alguna propuesta partidista en
la Carrera Electoral México 2006. Se trata de crear conciencia.
Es por éllo, gane quién gane para Presidente, la sociedad
civil tendrá que buscar su propia infraestructura de desarrollo
que le permita amortiguar los efectos negativos que vendrán todavía
más adversos en el futuro cuando cualquiera de los tres candidatos
siga favoreciendo a los grandes monopolios e ignore una vez más
el anhelado progreso de la sociedad civil compuesta también por
muchos mexicanos productivos, talentoso y honestos que esperan, no un
cambio de retórica, sino la verdadera transformación de
la vida nacional.
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